Domingo, 17 de diciembre de 2017

El gol, grito colectivo

No sé ustedes, pero el pasado sábado tuve la impresión de que la victoria del Madrid fue la menos celebrada de todas las recientes. Al menos en mi barrio, el sonido de los cláxones no fue tan estentóreo como en otras noches de gloria del Real o del Barcelona, equipos que por diferentes motivos aglutinan el mayor porcentaje de seguidores. En un momento de lucidez me dio por pensar que la agenda de prioridades había cambiado, que la miseria empezaba a consumir no solo los nervios y la salud coronaria de los habitantes de este modesto rincón de Salamanca y que esta había hecho una nueva parada en su entusiasmo, minando el habitual fervor con el que tradicionalmente se recibían los triunfos del equipo.

 

Aun así, compañeros y amigos me hicieron saber, a los pocos minutos del pitido final del encuentro, que el centro se había convertido ya en una auténtica jauría humana, que las huestes del ejército blanco abarrotaban fuentes y plazas al ritmo de diferentes cánticos de guerra y que la cerveza brotaba de los surtidores como salida de un géiser activo. Las imágenes televisivas confirmaron este extremo. Las entradas a Cibeles por Alcalá, Recoletos o El Prado estaban recorridas por un caudaloso torrente humano, por individuos mimetizados con la masa deseosos de compartir las mieles del éxito.

 

Concluí que el fútbol es la preocupación número uno de los ciudadanos y que, si no es así en la encuesta del CIS, es porque no se incluye entre las posibles respuestas. Hasta uno de los malditos yihadistas que atentaron esa misma noche en Londres quiso quedar retratado con su camiseta del Arsenal, convirtiéndola en un símbolo superior, incluso, a su adscripción religiosa, de la que a buen seguro supuso no tendríamos la menor duda. El gol es el principal grito colectivo de nuestros días, por encima de cualquier llamada a la oración o a las armas, el único sonido con capacidad para despertarnos del letargo comunitario en el que nos hallamos sumidos.

 

Esta realidad, que conduce a recurrentes lamentos entre las filas de quienes consideran el deporte como una manifestación menor y vulgar de la cultura occidental, es ante todo un hecho sociológico, una certeza estadística. Ante ella, como ante cualquier otro asunto de este tipo, dos opciones: renegar de su existencia invocando sus defectos o aceptarla como es y tratar de encontrar elementos que nos permitan emplearla en pos de un objetivo, si se quiere, superior. Honestamente, creo que el potencial del fútbol en cuanto “movilizador” de voluntades está infrautilizado. Muchos equipos emplean sus fundaciones para fidelizar seguidores alrededor del globo y, de paso, realizan una labor formativa que, estoy seguro, es de alto nivel. Sin embargo, creo que aún es posible demandarles más implicación efectiva en programas educativos o en la ejecución de planes para evitar la exclusión social en sus propios países. Una mayor actividad filantrópica, en definitiva, que no se termina en el papel de “opio del pueblo” o circo romano, que debe abarcar diferentes ámbitos de la vida social y cultural de las sociedades en las que se enmarcan y de la que tantos réditos sacan en forma de privilegios fiscales, consumo irracional y seguimiento religioso.