Lunes, 16 de julio de 2018

Por decisión propia

En mi anterior artículo, reflexionaba sobre mi condición de naturalizado mexicano… Y como Joe Rigoli… “yo sigo”.

Apuntaba el otro día que considero ofensivo, grotesco y discriminatorio cada vez que un pobre diablo expresa frases como “primero los mexicanos” o una opinión tan poco respetable como que no deben ir naturalizados a la selección… como si los naturalizados, por ley, no fuesen mexicanos.

Por desgracia, ese tipo de frases las profieren colegas, es decir, futbolistas cuyo único mérito es estar en algún equipo de cierto renombre en este país, o periodistas que lo son porque cuentan con un papelito que reza: “Título...”, de una de esas universidades privadísimas, carísimas y sólo para elegidos; estos últimos, y últimas, hasta se dicen comunicólogos, y a veces “comunican” con palabras como “recepcionar” o alabando goles “de bella manufactura”, cuando en México el balonmano es un deporte poco habitual...

No entienden, insisto, que quienes, como yo, tenemos una carta de naturalización, somos también mexicanos; que ya nos discrimina la Constitución, y así lo aceptamos, no permitiéndonos ser presidentes y creo, ni electos —esto no lo sé a ciencia cierta, pero si así fuere, permítanme comentar que hay países en los que, hasta los extranjeros residentes en ellos pueden votar en determinadas elecciones, como las municipales—; excepto eso, tenemos todos los derechos, somos iguales, tan mexicanos como el Pípila, el mole y la china poblana. Y, como reza el título, porque así lo decidimos.

Sin embargo, yo tengo la suerte de sentir algo cuando suena el himno —el mexicano y el español—; y, a la vez, de sentir lo contrario, porque nunca he sido muy de himnos o banderas; ojo, hablo de sentir, no de faltarle al respeto ni nada parecido.

Ayúdenme a hacerles darse cuenta de la incoherencia: porque quienes nos discriminan, no muy conscientemente, lo sé, suelen criticar a quienes, en el extranjero, hacen lo mismo y discriminan a quienes van en busca de oportunidades.

Y pues resulta que, si lo piensan bien, en el extranjero, por ejemplo Trump y los suyos, Le Pen y los suyos, lo único que hacen es manejar valores parecidos, ser egoístas e insolidarios: los masiosares que en el mundo son se aprovechan del que llega a su país, si les conviene, o lo expulsan sin muchos miramientos, si sienten, o les hacen creer, que pone en peligro su modo de vida, sus privilegios; a veces, hasta construyen muros... O los proponen.

Ojo, ellos están en su casa, ahí es donde son egoístas. Y mi queja es hacia quienes nos consideran ajenos, siendo propios. Porque México es mi casa.

No parece muy coherente pedir valores humanos fuera cuando dentro no los practicamos.

¿Discriminación o desconocimiento? ¿O reflejo, uno más, del desprecio que muchos sienten por la Ley, con mayúscula, por el Estado de Derecho?

Cuánto peligro encierra la ignorancia...

 

@ignacio_martins

 

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