Viernes, 24 de noviembre de 2017

Li Xia Nian

     Ser presidente de China significa gobernar sobre uno de cada cuatro habitantes del planeta, tener la máxima responsabilidad sobre una nación cuyo territorio es casi veinte veces el de la España peninsular, y representar a un pueblo que inventó –entre otras cosas– la brújula, la pólvora, la imprenta (no la de caracteres móviles, pero sí la de tipos fijos de madera), el papel y el billete de banco. Li Xia Nian (nacido el 18 de junio de 1933 y fallecido el 8 de abril de 1988) fue presidente de la República Popular China los últimos cinco años de su vida. La revista Semana de Colombia trazó así la reacción internacional a su nombramiento: "La nominación y posterior elección de Li Xia Nian como nuevo Presidente chino no dejó de causar sorpresa, pues ya se le consideraba relegado del poder; catalogado como un auténtico 'zorro político', tiene una largo historial al servicio de su país, tanto en la lucha revolucionaria como en el desempeño del gobierno". En ese currículum figuraban su anterior actividad en el Ejército, en el Partido Comunista y en los distintos órganos de poder del enrevesado organigrama de aquel inmenso y populoso país. Reproduzco la página que le dediqué en Más allá del personaje.

     Tuve ocasión de ver a Li Xiá Nián en el transcurso de su viaje a España en 1984. Antes de acudir a los actos del programa oficial en Madrid, Nián pasó  unos días, del 10 al 12 de noviembre, en la isla de Mallorca. Era la primera vez que un jefe de Estado chino visitaba no ya España, sino Europa, y también el primer viaje que hacía al extranjero Li Xiá Nián desde su designación como presidente. Apenas había transcurrido un lustro desde que los dirigentes chinos condenasen la llamada "revolución cultural" de Mao, que había costado millones de vidas y un caos socioeconómico inconmensurable en nombre de la dictadura comunista del proletariado. China inició en 1978 una política de apertura hacia el Oeste, mientras en el interior reformaba paulatinamente sus estructuras socioeconómicas, que admitían ciertas fórmulas del capitalismo en la agricultura y los planes de industrialización. Pero la modernización no implica un cambio en la concepción de vida ni en los usos y tradiciones más arraigados. Una anécdota de ese viaje, un detalle sin duda nimio, es buena prueba de ello.

     Pese a que su presencia en Mallorca no formaba parte del programa oficial de su viaje a España, en el aeropuerto de Son San Juan le esperaban las autoridades de Baleares para cumplimentar a tan relevante huésped. Al descender del avión (después de veinte horas de viaje) le fueron presentados al mandatario chino los responsables de la comunidad autónoma, de la isla, del ayuntamiento... A todos ellos saludó con una amplia sonrisa y efusivos apretones de manos. Cuando le llegó el turno al delegado del gobierno en Baleares, Carlos Martín Plasencia, de 34 años de edad Li Xiá Nián, igualmente cortés y afectuoso, pronunció las únicas palabras que quedaron registradas en un magnetófono a lo largo de su estancia mallorquina, pues no concedió declaraciones. Esas palabras, traducidas por un no menos sonriente intérprete, fueron: "Es muy joven". Se las oí decir personalmente. Lo que para nuestra mentalidad aparece como un cumplido admirativo, era para el concepto chino de la autoridad una amable recriminación: la tradición china exige que el mando, el cargo, la autoridad, vayan ineludiblemente unidos a la experiencia. Li Xiá Nián, que tenía a la sazón  75 años, era un vivo reflejo. Un indicio más del valor de la experiencia. La sangrienta época de la "revolución cultural" fue una experiencia que la inmensa mayoría del pueblo no quería repetir, una página excepcional en el libro milenario de la historia china, en el que los honores y las glorias los escriben personas de su edad o más veteranas, más ancianas; en suma, más respetables.

    La sonrisa amable del jefe de Estado chino solamente se quebró durante unos minutos en su estancia mallorquina. Fue al día siguiente de su llegada a la isla, mientras asistía a un concierto de obras de Chopin en Valldemossa, a cargo del pianista Joan Moll: el ilustre visitante se sintió indispuesto y se retiró  un cuarto de hora a una sala contigua para ser atendido por su médico particular. No era más que un corte de digestión que no le impidió proseguir su plan de turismo y descanso en Mallorca ni el posterior viaje oficial en Madrid, donde sería recibido por el rey Juan Carlos.