Viernes, 24 de noviembre de 2017

La bofetada

Uno podía recurrir, para cargarse de razón, a las escalofriantes cifras que hablan de los desastres que el cambio climático, o, por decirlo de otro modo, nuestro inconsciente modo de vivir, han provocado ya sin posibilidad de vuelta atrás en la vida y la muerte de los seres que pueblan este malhadado planeta. Uno podría también lamentarse de la hipocresía que significan esos números que hablan de los porcentajes de contaminación que los países se conceden a sí mismos, comprados con limosnas que, también dádivas a sí mismos, se otorgan para ensordecer unas conciencias sordas y estúpidas. Uno podría indignarse por la atroz desatención al hábitat de la humanidad que, paradójicamente, la misma humanidad deshumanizada ejerce para con su propia casa. Y uno, en fin, podría hasta dejarse llevar por la ira, insultar a ese Trump mamarracho, a esos dirigentes chinos caricaturas de políticos, a ese Putin marioneta de las petroleras, a esos corbatones dirigentes europeos –todos ellos- que una y otra vez, en fotografías de grupo en sus cumbres, que cada día dan más vergüenza ajena, prometen y saben que en vano, y vuelven a prometer y aplazar para de nuevo incumplir ampulosas medidas que mucho dicen y nada contienen para paliar, aminorar o siquiera ralentizar el cercano final de las condiciones mínimas de vida en la Tierra...

Pero uno está cansado... más de intentarlo que de lamentarlo. Uno ya no confía en promesa alguna y ni siquiera en las santas indignaciones de tanto activista de salón impaciente por salvar un árbol e inconsciente de que el absurdo desgaste generado por su lucha habrá impedido salvar diez mil... Y uno ya no lucha contra esa pléyade de negligentes que dirigen los países... porque uno no ha aprendido a luchar contra la insensatez ni la ignorancia; ni tiene ganas de predicarle a esa masa de inconscientes capaces de votar a esta chusma de figurones, cabestros y miserables cuyas prioridades no van más allá de su propio espejo; ni contra la idiotez de la indiferencia social a un calentamiento global que mata cada día cientos de personas y enferma a miles, en un mundo a la medida de la codicia, de espaldas a la inteligencia y con una inescondible cara de memo.

Pero uno está vivo, y se siente agredido por las políticas dictadas por incapaces elegidos en las urnas, como Trump, Merkel o Xi Jinping (o el ínclito Rajoy imitador y correveidile de todos ellos); y uno no quiere permanecer indiferente ante la intolerable agresión que significa abandonar los (raquíticos) programas de lucha contra la contaminación ambiental y el cambio climático, como va a hacer el país más contaminante del mundo y como están haciendo poco a poco los gobiernos de otros países llamados ‘desarrollados’. Por eso uno ya no lucha contra los insensatos, sino que labora sin alharacas para contribuir a lo que tanto poderoso desprecia. Por eso uno, habitante de la Tierra, ciudadano del mundo, miembro de la Humanidad y consciente de sus obligaciones como tal, pero también de sus derechos, sin otro poder que el de su palabra y su actitud, deja constancia en cada acción solidaria en que se embarca contra el calentamiento global, el efecto invernadero o el cambio climático, de su desprecio y absoluta enemistad por quienes hacen, apoyan, votan, consienten, ayudan o toleran semejante crimen colectivo como es esa indiferencia criminal frente a la progresiva destrucción del hábitat terrestre, que en las altas esferas se practica y en las masas de inconscientes se imita. Por eso ya no lucha. Actúa. Alguien dijo: “No hay mejor bofetada que la que no se da”. Pues eso.