Domingo, 19 de noviembre de 2017
Ciudad Rodrigo al día

Intervención de Ángel Iglesias en el acto cívico por la retirada del medallón de Franco

Texto completo previsto para el acto cívico del pasado domingo 28 de mayo, que fue aligerado en una tercera parte por imperativos de tiempo

Es para mí un honor, inmerecido, tomar la palabra en este acto cívico para compartir con vosotros la satisfacción por la aprobación de retirar este famoso e infame medallón de Franco. También para exigir su pronta retirada, porque mientras siga en el espacio que usurpa seguirá siendo una permanente exhibición de impunidad y una ofensa para las víctimas del personaje y para sus familias. Con este objeto ofrezco un testimonio recibido. 

Personalmente, me considero portador de la memoria de mi familia y, por expreso encargo desde 1973, de los recuerdos de mi madre y también de los de mi padre, que en el verano sangriento de 1936 se libró de una saca fallida en Valdespino de Arriba (La Encina).  Repito lo dicho en una de las “cartas de los lectores”, titulada “exhibición de impunidad” y publicada en La Crónica de Salamanca (19/01/2017) cuando hace unos meses la ASMJ llevó a cabo una campaña de apoyo para la retirada de este medallón (“Secuelas”, 25/01/17).

En la familia de mi madre, María Antonia Ovejero García (vecina de Robleda), victimarios conocidos, con la venia o delegación de responsables militares de la zona de Ciudad Rodrigo, por vía extrajudicial ejecutaron a su primer marido y a tres de sus hermanos. Estas ejecuciones fueron siempre oficialmente silenciadas, aunque en dos de ellas hubo testigos ajenos a los asesinatos y la misma estadística de guerra “nacional” de la 7ª Región Militar (Valladolid) les daría esa calificación (“asesinato”), sin que hubiera diligencia alguna para esclarecer el hecho, sin nombres de agentes y pacientes. Las condiciones de vida que dimanaron de estos crímenes (“delitos cometidos en acto de servicio”, en la misma terminología procesal militarista), el miedo permanente, los malos tratos, las injurias, el aislamiento, la enfermedad, la pobreza y el hambre se llevaron por delante a varios miembros de la familia de Mª Antonia: una hija nacida después del asesinato del padre (1937), una hermana y el marido de ésta a escasos días de intervalo (1938), un sobrino, hijo de esta pareja (1939), y su propia madre, ya mayor (1941).

Los milagros que, para mantener a cuatro a huérfanos menores y a sus propios padres mayores, tuvo que hacer María Antonia en los cinco años que permaneció viuda no han sido reconocidos en el martirologio romano ni en ninguna otra parte. Hubo bastantes viudas en una situación parecida de desamparo. Y por ello, la solidaridad con la recuperación de la memoria histórica me ha llevado a buscar y encontrar otros casos de “exterminios parciales” entre las familias de la veintena de personas asesinadas en Robleda (sin contar forasteros), así como en Ciudad Rodrigo y su comarca, donde a consecuencia de la represión fallecieron 284 personas, entre las 971 que resultaron afectadas por 1.117 actuaciones represivas en 67 localidades (totales provisionales). De todo esto, como de todos los estragos de la guerra y la represión, es responsable en primer lugar el general Franco, que, desde que se autoproclamó Jefe del Estado, precisamente en Salamanca,  en octubre de 1936, hasta que murió en 1975 firmó numerosas condenas a muerte.

Hasta ahora no he recibido delegación de mi familia ni de ninguna otra para perdonar ni olvidar “los crímenes franquistas”, como tampoco las secuelas de la limpieza política de la Dictadura, todavía vigentes. Por consiguiente, pienso seguir ejercitando el derecho que me concede la Ley de Memoria Histórica sobre el reconocimiento y la reparación, al menos moral, de las víctimas republicanas (porque las “nacionales” ya hace tiempo que han sido reconocidas, celebradas e incluso santificadas muchas de ellas). Y al obrar así no me mueve el odio ni pretendo “agitar viejos rencores o abrir heridas cerradas” (una frase al parecer alusiva a las actividades en favor de la memoria histórica que, por decirla quien la dijo y dadas las circunstancias, resulta de una real y cruel ironía), como también he dicho con anterioridad (Jornadas del Centro de Estudios Mirobrigenses, 21 a 23 de octubre de 2016, en Carnaval 2017: 417-422).

Modestia aparte, creo que en mi familia se ha dado ejemplo de esa “reconciliación”, a la que oficialmente se aspira, sin poner medio alguno para conseguirla. En 1955, mi hermano materno Anastasio Mateos Ovejero (fallecido en el pasado mes de enero), hijo de un ejecutado extrajudicial, se casó con una sobrina y prima de varios conocidos victimarios de Robleda; fue un enlace duradero y sin fallos, entre 1955 y 2015, hasta el fallecimiento de esta persona aceptada y querida como nuera y cuñada. Nunca fue necesario perdonar ni olvidar nada.

La deuda de la democracia monárquica con la memoria republicana sigue como el primer día. No hay constancia de que quienes elaboraron la Ley de Amnistía (1977) o los gobernantes que después practicaron la política del  silencio y los que hasta hoy promueven la ley no escrita del olvido, consultaran a los represaliados del franquismo o a los familiares afectados por los estragos antes evocados, cuyo principal responsable (repito) fue el general Franco. Pero éste, a diferencia de otros dictadores de su calaña (Hitler, Mussolini, Pétain), lejos de ser juzgado y castigado, se celebra todavía en lugares emblemáticos como esta Plaza y casi se venera en la basílica del Valle de los Caídos, donde yacen sus restos al pie del altar. Su nombre y el de otros responsables de la represión figuran en topónimos y en el callejero de muchas localidades, al tiempo que las “cruces de los caídos”, exaltadoras del triunfo militar nacional-católico, pululan por doquier, con listas nominales encabezadas generalmente por José Antonio Primo de Rivera, el fundador de la Falange, cuyo símbolo del yugo y las flechas forma parte de la parafernalia conmemorativa triunfalista.

Cerca de mi rincón natal, el alcalde de una pedanía de Ciudad Rodrigo, llamada “Águeda del Caudillo”, está dispuesto a acoger allí los restos mortales del Dictador, en el caso improbable de que el Gobierno lleve a efecto la propuesta presentada por el PSOE y aprobada en el Congreso para que se retiren de la famosa Basílica. Según ha repercutido la prensa digital mirobrigense, el edil proyecta la instalación de un museo de la memoria histórica (franquista), donde se reciclarían todas las placas y símbolos ilegales retirados en otros sitios de España, entre los cuales deberían figurar los paneles con el nombre y la placa de la “Plaza de Franco” en el pueblo, todavía exhibidos en total ilegalidad (“Secuelas”, 18/05/17). El  personaje no se ha acordado de aquellas personas cuyos restos mortales yacen en fosas no alejadas de Águeda ni de las ejecutadas por sentencias de consejos de guerra aprobadas por Franco. Pero los medios de comunicación de la provincia y de todo el país, que nunca se habían desplazado para los pequeños homenajes de las citadas víctimas, ahora lo han hecho para oír las morbosas manifestaciones de este profeta de mal agüero.

Es un excelente (mal) ejemplo de la mentalidad dominante en España, y particularmente en la Comunidad de Castilla y León, sobre los temas relacionados con la memoria histórica y la retirada de los símbolos y nombres mencionados. Este y otros franquistas confesos o solapados argumentan que ha pasado mucho tiempo: “es historia”, repiten de forma dogmática y cansina. Olvidan que lo realmente histórico es la  permanencia de la exaltación franquista y de la exhibición de impunidad durante ochenta años, como ha sucedido con este medallón. Pero el hecho de haber soportado tanto tiempo esas ofensas y humillaciones no obliga a las víctimas y a sus descendientes, o los demócratas en general, a seguir sufriéndolas para siempre. Esa es la historia de verdad, y lo demás propaganda.

Y para terminar, permítaseme citar un refrán que viene como anillo al dedo ahora mismo: “Hasta que no acabes, no te alabes”; porque el infamante medallón todavía no se ha quitado. Habrá que seguir luchando.

Dicho esto, en nombre de mi familia agradezco los esfuerzos que personas y entidades han llevado a cabo para limpiar esta plaza y otros lugares de la contaminación simbólica franquista.

Gracias a todos ellos, y a vosotros por vuestra presencia y por haberme escuchado.