Sábado, 20 de enero de 2018

...y ser sin rumbo cierto...

En varias ocasiones, sobre todo después de que me otorgaron la calidad de mexicano “por naturalización”, me he sentido poco mexicano…

No reniego de mi nacionalidad de adopción, la que elegí sin que nadie me obligara, pero sí debo decir que, siendo mexicano, muchos de mis compatriotas, sobre todo algunos que tienen acceso a los medios de comunicación, me hacen sentir mexicano de segunda.

En el mundo del “periodismo” futbolero, esta ignorancia, que raya en lo supino, suele ser muy evidente: aunque no se debe diferenciar entre mexicanos y naturalizados, porque ambos grupos son uno, el de los mexicanos, sí nos diferencian, hasta con gráficas.

De nuevo esto se exacerbó porque acaba de ganar la Liga MX un equipo que siempre ha jugado “con puros mexicanos”. Bien por las Chivas… en las que podrían jugar naturalizados, pero no lo han hecho ni creo que lo hagan nunca…

En mi caso, aunque fue un tanto doloroso que me obligasen a renunciar a mi anterior nacionalidad y a cualquiera otra, o que me hiciesen firmar un papel en el que renunciaba a cualquier título de nobleza o reconocimiento otorgado por un país extranjero, como quien estaba atestiguando esa firma, a la vez me estaba devolviendo mi pasaporte español…

Sé que es algo formal, pero, como dice el tópico, a veces la forma es fondo.

Eso del reconocimiento, entiendo que se podría subsanar con un permiso del Senado, o algo así, vamos, que si alguna vez, mi trabajo me hace merecedor de un premio, dependería de personas algunas de las cuales, por desgracia, muchas veces dan la sensación —no me consta, claro— de no saber hilar tres palabras seguidas. O al menos de no ser capaces de construir una frase que incluya “algunas de las cuales”.

Sin embargo, como me siento dentro del grupo estadístico de los optimistas informados, mejor no hago corajes, cuando menos, prematuros.

Y la suerte que tengo es que, al menos, pude dejarlo escrito en un poema:

 

Desnaturalizado

 

Ya lo escribí hace tiempo:

este es mi lugar en el mundo.

 

Pero no el único.

 

Haya o no haya papeles,

los afectos no saben de notarios ni leyes.

 

Sin embargo, sí sienten;

sin embargo, son muchos sinembargos;

como los que me quieren sin embargo;

en el fondo

–otros ni eso–

me consideran cuate, sí,

y bueno,  sí, pero no suyo, ajeno.

 

Eres de aquí, no te hagas, sí,

pero poquito,

 no del todo.

De lejitos.

Y al fin ni comes chile.

 

Las palabras pesan aunque no lo parezca.

 

¿Solo hay una manera de estarlo o serlo?

No lo olviden:

las palabras tienen vida propia.

 

Recuerden a Niemöller.

 

Que si se dice que somos diferentes,

se está diciendo lo que se está diciendo.

 

Se está doliendo lo que está doliendo;

y con todo el dolor,

se está excluyendo...

 

Yo renuncié al pasado,

en un papel al menos;

o decidí que aquí fuera el futuro.

 

Ya ven:

antes de los papeles,

durante varios años

fui mexicano de alma y de corazón...

 

Y ora, con los papeles, resulta

que soy un mexicano de segunda.

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