Sábado, 22 de julio de 2017

El porvenir es un niño desnudo

El porvenir estaba en ellos, desnudo y sin vergüenza
RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN,  El rumbo de las islas perdidas, 1969.

 

Mientras decenas de inmigrantes mueren ahogados no más anteayer en un mar-cementerio, de playas rebosantes de ociosos en cuanto sale el sol; mientras cientos de refugiados perecen de enfermedades de fácil curación, y de frío y angustia y pura tristeza en infectos campamentos indignos hasta de las mismas ratas que desprecian las toneladas de basura de las ciudades; mientras cada minuto mueren de hambre cientos de personas (preciso será repetirlo: de hambre... Otra vez: de hambre), en las hambrunas de Nigeria, de Yemen, de Sudán del Sur o de Somalia, y se retransmite su agonía en los programas informativos que brillan en las enormes pantallas de los saciantes comederos humanos de Nueva York, junto a otras pantallas que transmite al tiempo los deslumbrantes concursos de chefs, la por sí misma denominada “comunidad internacional”, pretende lavarse la cara de una conciencia de que carece con mesas petitorias callejeras, jóvenes acosadores urbanos con carpetas ‘solidarias’ a la caza del donativo, sorteos y festivales, carreras, shows, actuaciones, recaudaciones y huchas de todo tipo que no hacen sino dejar en evidencia la levedad y hasta la falsedad de una solidaridad indigna por hipócrita, insuficiente por ridículamente escasa y mentira por... mentira.

Dejando en manos de ONG,s, -cuya misma existencia denuncia ya la incompetencia y negligencia (incapacidad, ignorancia, desatención, incultura, desprecio...) de los gobiernos para ejercer la solidaridad y la ayuda humanitaria-, las labores de atención (siempre insuficiente, mediatizada, obstaculizada y puesta al servicio de intereses político-comerciales) de los inmensos dramas de la exclusión, el hambre, la desigualdad, la enfermedad y la marginación que provoca la existencia de un mundo de exceso y desprecio (el exceso engendra la escasez), los dirigentes de la cada vez peor llamada “comunidad internacional”, prestos a unir sus fuerzas bélicas y archidestructivas contra quienes amenacen sus status de gordos corbatones, pero incapaces de mirar a los ojos a un somalí que agoniza, están demostrando que el mundo retrocede, si es que alguna vez salió de esa cueva podrida de la indiferencia, a territorios del más alevoso de los individualismos.

A esta vil realidad viene a unirse una educación publicitaria global de la más baja estofa consumista, una enseñanza escolar generalizada centrada en el individualismo gregario de la autoalabanza y una concepción de la convivencia ciudadana que no hace más que ampliar la grieta de la indiferencia y la molicie mental, sembrando una competitividad falsa entre semejantes, vendiendo afanes por imagen, cambiando humo de iglesia por salvación eterna y engañando (es decir, engañándonos) con la existencia de un mundo que no existe; un mundo hecho de frases lapidarias, citas, fotos tiernas y lágrimas falsas que cubre el mundo real, el mundo en el que son las sombras del sufrimiento y los muros de la incomprensión (y los muros reales y las sombras del estupor de la ignorancia) los que definen las fronteras de la misma hipocresía.