Lunes, 18 de diciembre de 2017

El cerezo

Es un cerezo temprano.

Entretejiendo mis manos entres sus ramas.

Se piensa en quién plantó este árbol, ahora enorme. Copa gran parte de una de las terrazas, comparte pupitre con un nogal.

Alguien, abuelo, pariente desconocido, dejó su simiente para otros, para nosotros. Es un acto de extrema generosidad sembrar sabiendo que el fruto será para otros.

Bajo su sombra, escudriñando bajo las hojas las cerezas maduras eres consciente de la inmensa y sabia naturaleza. Tres ramales vuelcan por los lados, unas, aún son rojo intenso, no están maduras, otros racimos de picotas arquean las ramas por su peso.

Algunas han sido degustadas por los pájaros, es normal pienso, tienen derecho a saciar su hambre.

Este año las tormentas recientes han respetado al árbol, un solo cerezo que vale por todos los cerezos del mundo, porque mi padre me llevó hasta él, porque con un gancho, una cuerda y un cubo trepamos por sus ramas, “esto es muy entretenido” seleccionando una a una por su color maduro esa delicia que de vez en cuando se va a la boca.

Pero es más que la picota, es algo más, la sensación de estar con él, en el mismo sitio, la ilusión de llevar a la mesa de la familia su fruto y su recuerdo.

El otro día hablé con Laura, le expliqué que antes no valoraba el campo, que es difícil que ella lo entienda ahora por ser niña, pero que algún día espero que también ella pueda recoger estas cerezas que la estarán esperando.