Sábado, 24 de junio de 2017

Tres pecados tenía la Iglesia... Salir del castillo en la cueva, vivir en libertad de amor 

 

Quiero seguir comentando el evangelio de la Octava de Pascua. Ciclo C. Jn 20, 19--31.

Tres pecados tenía la Iglesia de Juan, y tres sigue teniendo la nuestra, según este evangelio de Pascua:
-- El pecado de hacerse castillo en la cueva cerrada, por miedo
-- El pecado de salir sólo a lo libre, sin confianza y comunión de amor
-- El pecado de olvidarse de las víctimas (fuera o dentro del castillo)

‒ El primero es el miedo: “Estaban con la puertas cerradas, por miedo a los judíos…”, como un castillo en la cueva (doble miedo). Ciertamente, en el mundo hay gente peligrosa que va y fastidia, y la Iglesia debe crear sus propios "espacios seguros" de militancia creyente. Pero ella no está hecha para cerrarse en sus colores y banderas, tras grandes muros (imagen 1: Castillo de Predjama, Eslovenia), sino para salir a la calle y ofrecer a cuerpo su mensaje y esperanza.

El segundo es el pecado de Tomás: Andar solo por libre , salir del castillo, pero a solas. Buena es la libertad eclesial, que dice a cada uno "tú eres Cristo". Pero está el riesgo de aislarse como Tomas. Mientras los demás se encierran, él va por ahí, a lo piadoso, sin comunidad, sin compromiso social, dedicado a su mística privada de cualquier guru de última generación. Ha muerto Jesús, pero no le importan sus llagas, ni el sufrimiento de los otros, sino sólo su mística particular. Tomás, el francotirador espiritual, alejado de los suyos, es el segundo pecado.

El tercero es el pecado de olvidarse de las víctimas. No se trata de cultivar un victimismo enfermizo y resentido, sino de mantener la comunión de vida con los expulsados de todos los castillos, de recordar las llagas de los heridos, no para condenar al resto del mundo, sino para crear formas de vida. No basta recordar a Jesús como un ser puramente espiritual, separado de la vida y de la entrega hasta la muerte. Es olvidarse de la herida de los pobres, de la muerte de los oprimidos… es…. Hay que asumir la historia de Jesús y de los pobres, para recrear desde ella el mundo

Pero siga leyendo quien quiera situarse ante los pecados de la Iglesia de Juan y de Tomás, que son en gran medida los pecados la nuestra. Siga leyendo y vea cómo puede superarse el "cerrojazo" de la Iglesia, que aparece ya al principio de su historia, según el Evangelio de Juan.

Que la Iglesia abra su puerta a Tomás (a los nuevos tomases místicos y libres...); que la Gran Iglesia sea espacio abierto y sin miedo, para todos los pobres llagados y los espíritus libres, como Tomas.

Y que Tomás, hermano casi gemelo del discípulo amado, primer Apóstol y Testigo de Jesús, según una potente tradición antigua, vuelva de Oriente y Occidente a la Gran Iglesia Abierta.

Texto… Tomas y la iglesia de puertas cerradas

A la tarde de aquel día primero de la semana,
y estando cerradas las puertas del lugar donde estaban los discípulos,
por el medio a los judíos, vino Jesús…

Y ocho días después, estaban de nuevo sus discípulos en casa
y Tomás con ellos;
llegó Jesús, estando las puertas cerradas,se puso en medio y dijo:
-- ¡Paz a vosotros!
Luego dijo a Tomás:Trae tu dedo aquí y mira mis manos,
trae tu mano y métela en mi costado
y no seas incrédulo sino fiel!
Respondió Tomás y dijo:
¡Señor mío y Dios mío!
Y Jesús le dijo: Porque has visto has creído.
¡Felices los que no han visto y han creído! (20, 26--29).

Pecado y conversión de Tomás y de la Iglesia

Este evangelio presenta la más honda experiencia pascual de la Iglesia desde la perspectiva de la “conversión de Tomas”, que es el signo del creyente “espiritual” (gnóstico) que acepta en la resurrección de Jesús, pero la entiende como una experiencia sólo interior, sin compromiso de comunión (comunidad) y sin solidaridad con los pobres (como si Jesús no hubiera sufrido y no llevara en sus llagas las llagas de la Iglesia).

Muchos seguimos buscando una iglesia bella, de gloria cerrada en sí misma, de espacios sin aire de libertad… Tenemos miedo de compartir la vida en perdón y de “tocar” la herida de Jesús, que son sus llagas, las llagas de la iglesia y de la humanidad. Dos son las cosas que nos pide este evanvelio de octava de Pascua, el Domingo Blanco (de las blancas vestiduras) de los que celebran y recuerdan el bautismo:

‒ Que abramos las puertas de la Iglesia, para que se vea lo que hay dentro, para que veamos lo que somos, de manera que podamos ofrecer y compartir el perdón, sin miedos, ni complejos.

‒ Que vivamos en comunión… Que permitamos que Tomas (el libre-pensador) vuelva a la Iglesia, pues se ha ido porque le gusta andar por libre y porque le fastidian algunas cosas de la Iglesia. Será bueno que cambie la Iglesia… y que cambie Tomás, que es también necesario para que el evangelio sea Evangelio.

Que Tomás y todos toquemos el costado abierto de Jesús y sus manos heridas, de manera que el contacto con el sufrimiento del mundo nos transforme y nos haga capaces de expandir la vida de Dios.

‒ Éste es l signo de Tomás. En medio de la comunidad reunida, como símbolo de separación elitista, ha destacado el Cuarto Evangelio la figura de Tomás, elaborando en torno a él esta bellísima escena pascual.

Tomás es aquel a quien le cuesta creer o cree sólo de un modo “espiritualista”, con una fe de tipo gnóstico (de pura experiencia interior, sin la visibilidad de un cuerpo muerto, sin la necesitad de seguir tocando la llagas de aquel que ha muerto por los demás, las llagas de todos los muertos).

Tomás es el que va de libre..., como un místico separada, porque así lo quiere, y porque la Iglesia cerrada en su miedo no le quiere. La conversión de Tomás implica también una conversión de la Iglesia, que le acoger y ofrece un lugar desde Jesús crucificado (no desde teorías, pues Tomás seguirá teniendo las suyas, como sabemos por la historia).

Tomar al Logos de Dios, tocar a los crucificados

El tema y problema de Tomás es “tocar al Logos de Dios”, como sabe la primera carta de Juan: “Lo que existía desde el principio, lo que oímos, lo que vieron nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos sobre la Palabra de la Vida, y la Vida se ha manifestado y hemos visto y damos testimonio... Eso que vimos y oímos os lo anunciamos ahora” (1 Jn 1, 1--3).

Tomás (por lo que sabemos de su historia en la primera iglesia, y sabemos muchos, es un hombre libre, un lider místico, al que le cuesta entrar en la Iglesia real: Por el Evangelio de su nombre y por otros textos gnósticos y judeo-cristiano)… podría tocar las huellas del Logos de Dios, para eso era místico. Pero le costaba tocar las huellas y heridas de Jerús crucificado.

Tocar a Dios, tocando las llagas de los crucificados. Ese es el tema. Eso es lo que “debemos hacer todos”, tocar a Dios, y así lo podemos y debemos hacer, tocándole en las llagas de los crucificados, como Jesús. Por otros testimonios de la literatura cristiana antigua, sabemos que Tomás quería tocar a Jesús sólo de un modo espiritual, creando un tipo de comunidad de tipo “casi angélico”, cerrada en sus liturgias de cielo, pero separada de la comunidad de los pobres.

Este Tomás, falso místico, cree en la resurrección general del espíritu, pero no en la resurrección de los torturados y asesinados como Jesús. Él ha creado una iglesia mística, de buenos contemplativos (en la línea de lo que será su evangelio, llamado de Tomás), pero no necesita contacto “real” con los otros creyentes, con la comunidad real, con los pobres de la tierra. Posiblemente Tomás tiene una fe “gnóstica”, de tipo “new age”, de puras melodías interiores.

‒ Pero la fe pascual no es pura melodía interior, un caminar a solas, en visiones y revelaciones intimistas… La fe pascual es compromiso con los hermanos (con los demás hombres y mujeres), compromiso con los que mueren… La Iglesia es más que Tomás, pero necesita a Tomas. Una Iglesia sin Tomás termina siendo una Iglesia seca, de miedos y leyes, sin Cristo.

-- Y Tomás necesita a la Iglesia... Puede andar por libre, pero debe volver también a la comunidad, para encontrar a Jesús (con) los hermanos, al Jesús de las heridas de la historia... Un Tomás sin Iglesia real acaba perdiéndose en un espiritualismo desnudo de vida.

Ciertamente, los cristianos podemos y debemos afirmar que tocamos a Jesús resucitado con las manos de la fe, en un espacio nuevo de corporalidad mística. Pero no podemos tocarle sólo en un plano de “ideas”, de bellas experiencias interiores, sino en la realidad de la carne, de la vida concreta: tenemos que tocarle las llagas de los crucificados, en la vida concreta de los rechazados de la sociedad. Allí está Jesús, no como un fantasma, sino como un hombre que nos sale al encuentro como promesa de vida.

Riesgo de una mística sin llagas de Jesús, conversión de la mística

He dicho que Tomás podía ser el “discípulo gnóstico”, que sólo cree en visiones interiores, sin preocuparse del mundo externo, de la comunidad de los discípulos, de las llagas de los enfermos y oprimidos. Pues bien, mirada desde aquí, esta escena de pascua puede entenderse como “escena de conversión”, que se sitúa y nos sitúa muy cerca de la experiencia de Pablo, cuando encuentra a Jesús resucitado en la vida y sufrimiento de aquellos a los que está persiguiendo: Éste es el Jesús que le muestra sus llagas y le dice: ¡Saulo, Saulo! ¿por qué me persigues? (cf. Hechos 9, 4).

‒ Las llagas de Jesús, en su costado y en sus manos, son las llagas de un perseguido y condenado por la “justicia” del mundo. Eso significa que el Jesús resucitado no es un “fantasma”, sino el mismo Jesús que ha sido crucificado. Si esto se olvida, se olvida la pascua.

‒ A hacer que Tomás toque “las llagas de Jesús” (que haga experiencia de su muerte), el Evangelio de Juan nos está mostrando su más alto mensaje: allí donde más elevada resulta la Palabra (la experiencia interior, la sublimidad de la mística), más fuete tiene que se la experiencia de la corporalidad concreta, del dolor de los hombres. Sin llagas de Jesús no hay Pascua. Sin corporalidad del Resucitado no existe cristianismo.

Ya sé que son muchos los que “sienten el escándalo” de este evangelio: ¿Pero es que Jesús resucitado tiene llagas externas? ¿Es que se le puede tocar como se tocan las heridas sangrantes de un torturado, las manos hirvientes y frías de un moribundo? ¡Ciertamente, Jesús resucitado no tiene ya las llagas externas que tenía cuando le crucificaron! Pero sigue siendo el mismo crucificado. Por eso es necesario “tocarle” allí donde él sufre en los que sufren.

La fe pascual viene a expresarse de esa forma como experiencia mística (pero realísima) del sufrimiento y muerte del Mesías, que sigue muriendo en los crucificados y enfermos del mundo. Los mismos signos de muerte (clavos que han atado a Jesús de pies y manos al madero, lanza que ha cortado su costado) vienen a mostrarse ya como señal de vida, pero no para olvidarnos de ellos, sino para tenerlos siempre presentes en la vida de la comunidad, en la experiencia de amor activo que nos lleva a descubrir el camino pascual en todos los que sufren en el mundo.

Jesús ha respondido mostrando la herida: mete tu dedo aquí, mete tu mano... (Jn. 20, 27).

Sólo así, en contacto de corporalidad a corporalidad, en encuentro con la Vida triunfante del Cristo, puede realizarse la experiencia de la pascua. Lo que importa de verdad no es el aspecto externo de la herida, la forma en que Jesús ofrece pecho y manos en nivel de carne antigua. Nueva es la experiencia de corporalidad trasformada: el cuerpo de muerte se ha vuelto principio de pascua.

Más allá de los tres pecados… La tarea de la Iglesia

Éste es el evangelio de la conversión de Tomás y de la Iglesia… que no puede tener miedo ni cerrarse, sino que debe acoger a Tomás y cambiar (cambiar todos) para que se posible la misión real del Cristo resucitado.

Tomás tiene que volver… y la iglesia debe acogerle, acogernos a todos, en especial a los que hemos podido dar la impresión de andar por libre

La Iglesia tiene que abrirse, con todos… Abrirse al mundo, con el mensaje de Tomás (también él es necesario), con el mensaje de todos…

El mismo viejo cuerpo del amor concreto y de la entrega, el cuerpo al que han matado (con heridas de lanza y clavos), se convierte así en un signo de resurrección, signo que sigue en la realidad de los hombres. Frente a los riesgos de un falso espiritualismo gnóstico que quiere olvidarse de la carne, frente a todos los intentos de entender la pascua como puro cambio de conciencia (algo que sucede en el nivel interna de la transformación mental), el Evangelio de Juan ha querido poner de relieve la corporalidad mística del Cristo de la pascua, que nos lleva a seguir encontrando a Jesús en las llagas de todos los hombres.

De esa forma ha combatido el evangelio de Juan la herejía de aquellos que afirmaban: Cristo no ha venido en carne, es sólo un mero espíritu (cf 1 Jn 4, 2--3). El evangelio supera también la herejía de aquellos que añaden: Cristo fue carne cuando estaba sobre el mundo, pero ahora, en su gloria pascual, es puro espíritu; ha dejado atrás las ataduras y miserias de su cuerpo. Pues bien, en contra de eso, nuestro texto ha querido resaltar la corporalidad de la resurrección y lo ha hecho de esta forma, destacando el valor concreto de las llagas de manos y costado.

La muerte de Jesús no ha sido un puro accidente del pasado, no es algo que se olvida, señal de pura imperfección y vida baja de la tierra. Por eso, el Señor resucitado sigue siendo aquel que lleva en sus manos y costado las heridas de su entrega, los signos de su amor crucificado en favor de los hombres. El Señor resucitado sigue siendo aquel que sufre en todos los que sufren sobre el mundo, como sabe y dice, en perspectiva convergente Mt 25, 31--46.