Martes, 12 de diciembre de 2017

¿Tú tienes orgasmo?

Manuela y Josefina, dos mujeres de avanzada edad, están en el  patio de casa de Josefina. Manuela alaba la cantidad y calidad de sus flores.  Después de un largo silencio, Josefina se atreve a hacerle una pregunta íntima: “Manuela, ¿tu tienes orgasmos?”. Manuela contesta: “Luego miro y te lo digo, lo que sí tengo son gladiolos”.

No sé si Manuela estaba sorda, entendió mal la pregunta, no sabía lo que es el orgasmo o simplemente creyó que se trataba de una flor que no conocía. Para un número significativo de personas de avanzada edad, más mujeres que hombres, la sexualidad ha dejado de ser una cosa importante e incluso puede que no le interese en absoluto. Los motivos pueden ser muy diversos: represión, prejuicios sobre la sexualidad en la vejez, falta de deseo, experiencias insatisfactorias, relaciones rutinarias o insatisfactorias, disfunciones sexuales, problemas de salud, no tener pareja, etc.

¿Debemos considerar las relaciones sexuales una condición necesaria para la salud y hacerlas obligatorias, como hace hoy la publicidad o algunos profesionales desorientados? ¿Hemos de decirles que no son obligatorias pero sí muy aconsejables? O ¿hemos de considerar que es un asunto privado de las personas, del cual no hay que hablar?

Creemos que todas estas formas de intervenir son erróneas. Los profesionales debemos abrir la puerta de la comunicación a estos temas, salvo que la persona prefiera no hablar, pero no podemos cometer el error de considerar la actividad sexual necesaria para la salud, ni siquiera aconsejarle que es muy conveniente que tengan actividad sexual. Tampoco tratarla como si fuera un ejercicio para mantener la forma. Una clínica americana llega a decir: “lo usas o lo pierdes”

¿Y entonces que podemos hacer? (a) Ofrecer conocimientos, que además de rechazar las falsas creencias sobre la sexualidad, les permitan tener un concepto positivo y bien fundamentado sobre la sexualidad y sus posibilidades, también en la vejez. (b) Favorecer condiciones para la libertad, para que las personas decidan sin prejuicios, sin mitos viejos o mitos nuevos, sin sentirse presionado por creencias erróneas, sin resistencias de los hijos o por el aislamiento o moralidad de determinadas residencias, sin cerrar la vida entre muros.

“Y  luego, amor, y luego, ver que la vida avanza

plena de abiertos años y plena de colores,

sin final, no cerrada al sol por ningún muro.

Tú sabes bien que en mí no muere la esperanza,

que los años en mí no son hojas, son flores,

que nunca soy pasado, sino siempre futuro

(R. Alberti)