Sábado, 21 de octubre de 2017

Comida de Jesús, fiesta de los panes

En uno de los contextos más hermosos de Salamanca (en la Iglesia de San Juan de Barbalos, por deseo del Foro Efeta, pronuncié el pasado 16 una pequeña charla sobre la fiesta cristiana, centrada en el pan compartido
(fotos de la charla en la Iglesia de los Caballeros del Hospitalde San Juan de Jerusalén, del siglo XII),

Fueron muchos los temas expuestos, hermosa la reunión orante en la iglesia, y hermoso el momento de la comida posterior en el atrio antiguo. Hubo para todos, fraternidad y fuesta, palabra y pan, con bebidas, chorizo, empanada, pasteles.

Una fiesta de verdad... en la que se recoge ante todo el recuerdo de las fiestas de Jesús, centradas en la multiplicación de los panes. De ese tema quiero presentar hoy el motivo principal de mi conferencia, con algunas fotos del acto.

Tema especial para J. M. Miñambres y el grupo de amigos de Effeta de la diócesis de Salamanca, pero tomado básicamente de mis libros Fiesta del Pan, Fiesta del Vino (2005) y de Comentario al Evangelio de Marcos (2013), ambos de Verbo Divino, Estella.
 

1. Primera multiplicación Mc 6, 30-46.

Al bajar de barco, vio un gran gentío y sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas. Como se hacía tarde, los discípulos se acercaron a decirle: El lugar está despoblado y ya es muy tarde. Manda que vayan a los campos y aldeas del entorno y compren algo de comer.
Pero él les dijo: Dadles vosotros de comer. Ellos le contestaron: ¿cómo podremos comprar nosotros pan, por valor de doscientos denarios, para darles de comer? El les preguntó: ¿Cuántos panes tenéis? Id a ver.
Cuando lo averiguaron, le dijeron: Cinco panes y dos peces. Y les mandó que se reclinaran todos por grupos de comida sobre la hierba verde, y se sentaron en corros de cien y de cincuenta. El tomó entonces los cinco panes y los dos peces,
levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los fue dando a los discípulos para que los distribuyeran. Y también repartió los dos peces para todos.
Comieron todos hasta saciarse y recogieron doce canastos de pan y de sobras del pescado. Los que comieron los panes eran cinco mil hombres (cf. 6, 30-46)

Hay un banquete de muerte (Mc 6, 14-29)

Frente al banquete de Herodes, donde se decide la muerte de Juan, se eleva aquí el banquete de los discípulos de Jesús, que ofrecen su comida a los hambrientos. Éstas son las notas del banquete de Hereodes:

-- Es la comida de algunos privilegiados: el Rey, sus ministros y sus ricos.
-- Es un banquete donde tiene que matarse al profeta (que critica al Rey y rechaza su conducta, centrada en el robo de mujeres y en la muerte de los inocentes
-- Es como el banquete actual de una parte de la población del mundo que vive derrochando aquello que debía ser comida para todos.

La economía y la fiesta del siglo XXI es también un banquete de muerte:

-- Es banquete de algunos, que comen el pan de todos, mientras millones y millores pasan hambre (y unos 40 mil mueren cada día).

-- Es el banquete marcado por el dinero, por las grandes firmas y marcas de vestidos, de música, de diversiones... Es una fiesta organizada en el gran mercado de la diversión, al servicio del capital anti-Dios.

-- Es lo contrario a la comida en el campo... donde vienen todos. Es comida en lugares especiales para algunos que pueden...

Jesús, en cambio ofrece un banquete para todos:

En contra del banquete de Herodes Antipas, donde se decide la muerte del profeta Bautista..., en en contra del banquete de los ricos del siglo XXI que sigue condenando a muerte a millones de personas... Jesús ofrece un banquete de palabra y vida sobre el campo abierto... no en un templo de algunos, ni en un palacio de otros... sino la tierra entera, entendida como espacio para el lencuentro, la palabra y la comida.

– Empieza siendo un "Banquete de Palabra" en libertad, de enseñanza para todos, en el campo abierto, donde se encuentra con ellos No les trata como si ellos no entendieran y tuvieran que callarse, sino de forma activa: enseñándoles la nueva y verdadera ley del reino, a cielo abierto, sin limitaciones. Había por entonces diversas escuelas judías, pero tendían a ser elitistas, propias de los puros (esenios, fariseos...). Jesús, en cambio, educa en la “universidad de la vida y de la calle”. Lógicamente, toda fiesta cristiana empieza con una liturgia de la palabra, que no es enseñanza impositiva sino iluminación creadora del pan y peces compartidos.

– Es un banquete de comida real, en el campo. No tienen que ir a ningún santuario o campo famoso, sino que se reúnen en el campo abierto, al lado del camino por el que pasan todos. Éste es al banquete de la fiesta de Jesús, concretado en la mesa universal, en la palabra que se abre a la comunión del pan, al descampado, en un lugar desierto, es decir, abierto para todos, sobre la hierba del campo que es patrimonio de vida universal.

3. Comida de pan y de peces, con el agua del río o del lago.

Según Marcos, Jesús hizo a sus discípulos pescadores (cf. Mc 1,16-20) y tabién agricultores (cf. Mc 4,3-9) del reino: les puso al servicio de la siembra y cosecha escatológica. Él aparece ahora como pastor de multitudes "porque son como ovejas perdidas” (cf. Mc 6, 34). Pero no les ofrece carne o leche de corderos, en clave sacrificial, sino peces de la pesca y panes de la siembra. De esa forma recoge y expande los motivos anteriores de la tarea final, condensándolos aquí, en el signo del banquete. Desde este fondo podemos evocar algunos rasgos de esta primera y más honda eucaristía cristiana.

4. Rasgos de la fiesta de Jesús, en el santuario del mundo (del campo):

1. Más que el perdón de Jesús a los pecadores, esta comida acentúa su banquete para todos los presentes.
Ya no se distinguen unos de otros: todos los que vienen están necesitados de palabra y comida; de esa forma, pecadores y justos se vinculan comiendo pan y peces. Así se expresa el “jubileo” cristiano de la abundancia: no se trata simplemente de volver a repartir las tierras, para que cada uno posea y cultive en exclusiva lo suyo, sino de compartir fraternamente todo.

Esta es la comida “de cada día”, con pan y peces, es decir, con los alimentos normales de la gente del entorno. Jesús no empieza centrando su mensaje en un rito selectivo, propio de los purificados (como hacen esenios y fariseos), sino que ofrece su comida a los que vienen, sobre el campo abierto, que es ámbito de encuentro para todos los humanos.

Los discípulos van a ser “anfitriones” del banquete del reino. Jesús, pastor misericordioso, que les ha llamado antes pescadores y les ha asociado a su siembra, les nombra servidores de la comida final. Ciertamente, no disponen de dinero (harían falta doscientos denarios: 6, 37), pero tienen cinco panes y dos peces que bendecidos y repartidos (compartidos) son suficientes. Han sido o son pescadores del lago y así ponen a disposición de Jesús (de su reino) el producto de la pesca; se trata de un producto natural, no cultivado (lo mismo que los saltamontes del Bautista); pero está preparado o salado (curado), pues el texto supone que se puede partir y comer crudo.

Ellos están en relación con los agricultores del entorno, y así traen provisión de grandes panes, de trigo cultivado y preparado (bien cocido), aceptando (en contra del Bautista) el ritmo y vida cultural de los labradores del entorno. Ellos, discípulos de Jesús, no son representantes de un puro movimiento contra-cultural (sin pan ni vino), asumen la cultura de su entorno e interpretan la enseñanza del maestro (liturgia y banquete de palabra) a modo de comida fraterna, peces y panes que pueden repartirse a todos... No establecen un banquete de lujo y muerte, baile y seducción, como el de Herodes, sino una asamblea y comida de campo, a la que están invitados los que pasan, sin distinción de purezas rituales o razas religiosas.

2. Es comida histórica y pascual.
Ciertamente, el texto recoge y relata un recuerdo de la historia de Jesús, que comparte lo que tienen (él y sus discípulos) con todos los que han ido a su encuentro, en gesto generoso de abundancia, de palabra y comida fraterna. Pero, al mismo tiempo, este recuerdo ha sido recreado desde la experiencia pascual, de la que luego trataremos: los cristianos han proyectado sobre la historia de Jesús la experiencia más honda de su encuentro con el resucitado, en la fracción del pan.

Hoy es difícil distinguir los dos (o tres) niveles: el influjo de las “multiplicaciones” o comidas históricas de Jesús en la formulación de la Última Cena y en las experiencias pascuales de la iglesia; el influjo de la Última Cena en el relato de las multiplicaciones; finalmente, la aplicación de la pascua y de la vida de la iglesia en la formulación de la historia de Jesús (multiplicaciones y cena). Es normal que sea así, porque se trata de una historia viva, donde los diversos momentos se enriquecen y fecundan mutuamente. Muchos historiadores han hablado (y siguen hablando) de dos eucaristías: una galilea, centrada en el pan-pescado de la comida diaria de Jesús; otra jerosolimitana y luego misionera, con el pan y el vino del recuerdo de su muerte. Es posible que esas dos eucaristía hayan existido un tiempo separadas, pero la tradición actual de los evangelios las integra, de manera que sólo pueden entenderse en referencia mutua.

3. Es banquete en pleno campo.
Es lugar despoblado, donde puede iniciarse una experiencia de fraternidad y vida comunitaria: lugar de paso, vinculado al recuerdo de Juan el Bautista (Mc.1,3.4) y a las tentaciones de Jesús (Mc 1,12). No es casa preparada, donde se toma el pan y vino de la celebración ritual (Última Cena), sino campo abierto (mundo) que evoca y asume los valores de la primavera del paraíso original (se sientan sobre la hierba verde).

– Es lugar de prueba para un nuevo nacimiento, como el paraíso original de Eva/Adán, como el desierto de Satán que ofrece pan de triunfo (cf. Mt 4 y Lc 4). Jesús rechaza ese pan de imposición, pero reparte y comparte por la iglesia el pan de la fraternidad. Hombres y mujeres no tienen la vida ya fijada; no están condenados a repetir siempre los mismos errores, sino que pueden iniciar un camino de vida comunitaria.

– Es lugar donde Jesús aparece como auténtico Moisés, que vincula a los humanos en torno a la fiesta del pan y peces compartidos. Hemos evocado ya Is 40,3 (cf. 1 QS 8,14; Mc 1, 2-3;: "En el desierto preparad el camino..." Pues bien, ahora, el desierto ha cumplido su función: no es lugar donde aparecen y perturban al pueblo los falsos mesías (cf. Flavio Josefo, Ant. 20,188; BJ 2,59), sino templo universal para todos los humanos.

4. Es comida de gracia y “milagro”, que supera la ley de propiedad egoísta y dinero, entendido como medio para comprar y vender todo.
Según Mt 6, 24 par, lo contrario al reino de Dios es la mamona o capital, que es rey del mundo y de la historia. Los discípulos empiezan poniéndose al nivel de esa mamona y se descubren incapaces de alimentar a tanta gente: haría falta muchísimo dinero... Por eso, quieren despedir a todos: ¡que se vayan, que compren quienes puedan!. Ellos, los representantes de una iglesia que se identifica pronto con el mundo pretenden resolver el tema de la humanidad (el hambre) acudiendo a la lógica del capital y salario: todo se vende, todo puede comprarse con dinero. Pues bien, en contra de eso, Jesús les conduce al lugar de la gratuidad: Dadles vosotros... ¿cuántos panes tenéis?... (Mc 6, 37-38). De esa forma supera el talión económico (ojo por ojo, pan por dinero), introduciendo en la iglesia el principio de la donación y gratuidad activa (dar).

El problema de la humanidad antigua y moderna no es la carencia (falta de producción), sino el reparto y comunión de bienes y vida. Los humanos actuales (siglo XXI) han aprendido a producir lo suficiente: la tierra ofrece bienes para todos. Pero no saben y/o no quieren a compartir: se siguen encerrando en los bienes que poseen, cada uno, cada grupo; no saben multiplicarlos al servicio de todos los humanos.

5. El banquete de las as multiplicaciones es, por tanto, una señal de gratuidad.
Lógicamente, ellas se narran en forma de “milagro”, utilizando un género literario que proviene de las tradiciones de Israel, como son: el maná y las codornices del éxodo (cf. Ex 16; Num 11), el pan y carne del cuervo de Elías, con la harina y aceite de la mujer que le acoge (1 Re 17,1-16), los alimentos de Eliseo (2 Re 4,1-7; 4,42-44) etc. La primera iglesia ha entendido la historia de Jesús, sus comidas en el campo al trasluz de los relatos de su pueblo: las historias de Moisés, de Elías y Eliseo. Los que hoy destacan sólo el aspecto milagrero “externo” de las multiplicaciones, proyectando sobre ellas problemas de biología o física (ampliación o producción instantánea de nuevos alimentos), olvidan el auténtico tema: los evangelios no hablan de física, sino de solidaridad humana y esperanza mesiánica.

6. Es comida laica y cultual al mismo tiempo. Es laica, en sentido originario: alimento del laos o pueblo formado por los necesitados que acuden buscando palabra y pan. Todo resulta natural en ella, no hay nada sagrado en su despliegue: no hacen falta sacerdotes especiales, ni ceremonias de pureza, ni templos ni ritos cultuales, a no ser que digamos que el rito es la misma vida, comunicación humana, a nivel de palabra y alimento.
Por eso, los relatos de multiplicaciones, superando la barrera de la diferencia israelita, nos conducen a un lugar y donde pueden encontrarse todos los humanos, judíos y gentiles, cristianos y no cristianos, creyentes religiosos y simples hambrientos de pan y palabra, sobre el ancho campo de la vida. Religiones y ritos nacionales les separan, ideologías y políticas sacrales les distinguen, conforme a las diversas escuelas y templos donde acuden para cultivar sus distinciones. Pues bien, Jesús les reúne o, más bien, les acoge en el ancho campo, sin preguntarles por su origen y creencias especiales.

Allí les ofrece la palabra de la universalidad humana (la esperanza del reino) y el pan y peces que a todos sirve de alimento. En ese sentido, su gesto es laico o humano, en el sentido radical de la palabra.

Pero, al mismo tiempo, siendo totalmente laica, esta es una comida de fiesta sacral, porque en ella y sólo en ella se puede bendecir a Dios en plenitud, dándole gracias por el don de la existencia y comunión alimenticia. Normalmente, los humanos han buscado y cultivado oraciones en los grandes momentos: las fiestas sagradas, los templos... Pues bien, Jesús ha orado precisamente aquí, iniciando un rito básico de comunión universal: Y tomando lo cinco panes y los dos peces, mirando hacia el Cielo, bendijo y partió lo panes y los dio a los discípulos para que los repartieran... (Mc 6, 41). A lo largo de este libro, hemos ido destacando las diversas bendiciones de sacerdotes y pueblo, sobre el pan y el vino, en las comidas sagradas. Pero sólo ahora se cumple y expresa la oración suprema, en sus dos momentos esenciales: Jesús bendice a Dios (línea de ascenso), repartiendo los panes y peces a la multitud, que los comparte (plano de descenso y comunión). Este es el rito cristiano, el culto laical y sagrado de la vida.

7. Esta es la comida de fiesta cristiana.
Evidentemente, está relacionada con los alimentos y celebraciones que hemos ido señalando en capítulos anteriores; por eso, en sentido radical, ella sigue siendo una comida israelita. Pero ofrece rasgos especiales que la diferencian de los ritos esenios y fariseos, sapienciales y apocalípticos, donde resulta básica la pureza del grupo, la experiencia interior, la separación respecto a los de fuera. Jesús ha querido situarse y situarnos al principio de la historia humana, en un lugar de paso y encuentro universal, al descampado (cf. 6, 32), en territorio de todos y nadie, sobre la hierba verde (6, 39) que es signo de primavera y nuevo nacimiento; por eso, su comida es mesiánica, es decir, universal y se realiza en Galilea, lugar abierto a las naciones, no en el templo especial del judaísmo (Jerusalén).

Ciertamente, sobre esta comida mesiánica (=cristiana) pueden proyectarse imágenes y rasgos de fiestas sacrales (pascua, pentecostés, tabernáculos), como más tarde iremos indicando. Pero ahora, en la raíz del evangelio empiezan siendo secundarias esas fiestas. Jesús ha hecho algo mucho más sencillo y profundo: ha querido situarnos en la base y fuente de la fiesta de la vida, del pan y los peces compartidos, bendiciendo a Dios, en fraternidad.

Otros judíos destacaban a la sacralidad nacional, el orden del templo, la estructura de los varios ritos (normas de comida, circuncisión), acabando así por separarse de los pueblos del entorno. Pues bien, los discípulos de Jesús sólo consideran esencial este rito real de la comida compartida: no necesitan días especiales para reunirse y celebrar, ni templos santos exclusivos, ni cultos separados para descubrir la grandeza de Dios. A ellos les bastan unos peces y unos panes, para compartirlos, en comunión dirigida hacia todos los pueblos de la tierra. Lógicamente, si llevan consigo ese signo del pan mesiánico, sin mala levadura de imposición política (Herodes) o pureza ritualista (fariseos), ellos podrán embarcarse sobre el mar de la historia, sin miedo a perderse, como sabe Mc 8, 14-21.

8. Siendo mesiánica,ésta es una fiesta comida universal. A través de sus discípulos (a quienes hizo pescadores de humanos: cf. Mc 1, 16-20), Jesús quiere extender una mesa universal. Por eso, ellos no preparan una comida exclusivista, no se reúnen en torno a un pan y vino de pureza, para separarse de los transgresores de la ley (como en Qumrán), sino al contrario: ofrecen a todos los que vienen sus panes y sus peces. Estos judíos mesiánicos (cristianos de Galilea), seguidores del profeta nazareno, les acogen y distribuyen, sobre la hierba verde, bajo el ancho cielo, en grupos de cincuenta o cien (Mc 6, 39-40), prasiaí, prasiaí, en corros de comunicación humana, para que así pueda conocerse, compartir la mesa y dialogar desde el reino. Son multitud (cinco mil, contando sólo los varones adultos), pero se vinculan en comunidades menores, para comer y compartir el pan, de un modo personal, formando la iglesia del campo abierto de la vida.

De esta forma emerge la abundancia: hay panes y peces para todos. La tradición judía había elaborado la leyenda del maná, para indicar la bendición y providencia de Dios sobre el pueblo, en el desierto. Pues bien, ese maná se expresa por los panes y peces que la comunidad de Jesús pone al servicio de los humanos. No hace falta maná externo, milagros de panes que caen del cielo. El auténtico maná es experiencia gozosa y abundante de panes y peces compartidos.