Lunes, 21 de agosto de 2017

Playas y comunicación

Las playas pueden ser lugar de encuentro y comunicación

Faro de ChipionaEs la primera vez en mi vida que puedo gozar de unas vacaciones, y concretamente de unas vacaciones en la playa. En este caso en la playa de Chipiona (Cádiz). Venimos un grupo de personas de la Residencia Diocesana de Salamanca. Tenemos previsto gozar de las excelencias de esta playa a lo largo de diez días.

La playa tiene una extensión de kilómetro y medio de larga y de unos cincuenta metros de anchura. Con una arena finísima que hace las delicias de los que allí acuden incluso para caminar, sea por el espacio seco de la playa o por el humedecido por las aguas en su continuo flujo y reflujo según el fluir de las mareas, alta o baja.

Por ser todavía la segunda quincena de mayo, aún no hay mucha gente. Parecen gentes locales y algunas de paso temporal como nosotros.

A mí me da la impresión, en el breve tiempo que llevamos gozando de este cuasiparadisíaco espacio en las costas atlánticas del Estrecho de Gibraltar la base militar de Rota está a unos diez kilómetros de aquí y por el oeste el río Guadalquivir nos separa del Coto de Doñana--, de que las playas pueden ser un lugar de encuentro y comunicación. Con todo, quienes acuden a esta playa ahora son parejas jóvenes o mayores, familias con niños, y pequeños grupos como el nuestro.

Parecería que estas parejas y grupos vienen para disfrutar juntos del agua y sol de la playa, pero en muchos casos, da la impresión de que cada uno sigue su ritmo, entra y sale del agua cuando le apetece y, en muchos casos, hasta siguen con sus teléfonos móviles hablando largamente con no se sabe quiénes.

Así resulta que, lo que podrían ser espacios de encuentro y comunicación, como es el caso de nuestras playas, parecen no ser más que proyección de la incomunicación ordinaria de nuestras ciudades, pueblos o lugares de trabajo.

Por qué resultará tan difícil comunicarnos en este tiempo nuestro. Pareciera que el individualismo nos puede y levanta altos muros entre nosotros. Ojalá pudiéramos encontrar espacios abiertos abundantes, como es nuestro caso en España, para aprovecharlos pasando largos ratos de intercambio y comunicación.

Hablar es propio de hombres. Comunicarse es lo más específico de la raza humana. Si no aprovechamos los pocos espacios vitales que nos dejan nuestras múltiples tareas para compartir pensamientos y sentimientos, terminaremos sin vivir como personas, mientras nos convertimos en puros animales de gustos y disgustos que nos unen o nos separan eventualmente de los demás, rebajándonos en nuestra dignidad de personas humanas y de seres relacionales que, en ese encuentro con los otros, alcanzamos nuestra realización humana y la compartimos con nuestros propios congéneres.

Esto es lo que por el momento me están sugiriendo las playas de Chipiona en la primera experiencia de vacaciones que puedo pasar en esta espléndida playa. Aprovecharé para interrelacionarme con mis compañeros de residencia, con los que apenas puedo compartir noticias, comunicaciones o juegos en la residencia misma, y en cambio espero poder suplirlo en estos maravillosos días que Dios y la suerte nos han regalado.

Dulce primavera que adelanta el tiempo normal de las vacaciones de verano, cuando todavía las playas carecen de los apretones de las fechas fuertes del estío.

El gran faro que tenemos próximo –dicen que el más alto en construcción de España-- y, sobre todo, la luz esplendente de la Virgen de Regla, que acompañaba a los misioneros agustinos que se preparaban para ir a evangelizar a América, partiendo del puerto de la cercana Sanlúcar de Barrameda, situada en la desembocadura del río Guadalquivir, cuando éste ya había dejado Sevilla, creemos que han de alumbrar nuestras vidas en los cortos días que pasaremos a su sombra.

Acogidos a la amabilidad de los padres franciscanos de Tierra Santa, la Virgen de Regla nos ayudará a reencontrar, si lo habíamos perdido, nuestra capacidad y compromiso de comunicación con nuestros hermanos cercanos y lejanos, como nos sugieren los misioneros que de aquí, o de otros lugares cercanos salieron. Buen verano y felices playas a los que puedan gozar de ellas.