Miércoles, 22 de noviembre de 2017

Capitalismo, patriarcado y vientres de alquiler

Artículo de Yolanda Rodríguez González. Coportavoz del área de mujer de IU-CyL

El capitalismo y el patriarcado se retroalimentan y se abrazan en su planteamiento de que todo absolutamente todo es susceptible de ser comprado y vendido, sobre todo si se trata del cuerpo de las mujeres. Tanto la maternidad como la paternidad son un deseo que nunca pueden estar por encima de los derechos reproductivos de las mujeres.

Que la llamada maternidad subrogada este ahora de actualidad mediática y existan grupos de presión que lo venden como un derecho tiene su origen en el nicho de negocio que supone el cuerpo de las mujeres para el capitalismo y para el patriarcado. Con los vientres de alquiler hay dos caras: por una están las miles de mujeres gestantes, mujeres pobres, mujeres de India, Ucrania y también de EE.UU. (no olvidemos que esta potencia mundial es uno de los países del mundo donde existen más desigualdades) por lo tanto mujeres que harían todo lo que estuviera en sus manos para sacar adelante a sus hijas e hijos, y, en la otra cara estarían las personas o familias de clase media alta cuyo deseo de propagar y perpetuar sus genes les hace creerse con el derecho de pagar a una mujer para que geste su bebe que luego se llevará. Por lo tanto se trata de que alguien tiene un deseo (que no un derecho) y cuenta con el dinero, y una mujer que tiene una necesidad económica y se convierte en una vasija.

La gestación no se produce en una maquina de parir donde existen placentas artificiales; se produce en el cuerpo de una mujer con los riesgos que conlleva el embarazo, el parto, el posparto y que afecta a la integridad física, psíquica y moral de la gestante. Es un contrato donde la parte contratante (las personas pudientes económicamente) son las que fijan las condiciones del mismo, condiciones que incluyen muchas veces el parto por cesárea para evitar posibles complicaciones y “contaminación de fluidos”. Un contrato que exige la renuncia a un derecho fundamental como es el de modificar o variar el objeto del mismo, por lo tanto una coacción, y, no nos engañemos, cuando se habla de “altruismo” “generosidad” se está llevando a cabo un proceso de manipulación. 

La llamada maternidad subrogada es la mercantilización de los cuerpos de las mujeres y al igual que sucede con el mercado de la prostitución cuando se habilitan mecanismos legales para el proxenetismo reproductivo también se habilitan reclamos para el ilegal. Ya existen redes de trata de personas que han ampliado su negocio al de la explotación reproductiva (como Tailandia y Nigeria). Los seres humanos no pueden considerarse una mercancía, por lo tanto los cuerpos de las mujeres no pueden comprarse por mucho que haya quien los pueda pagar o los desee. No existe la libre elección ni el libre consentimiento; para que se dé el libre consentimiento se requiere un yo autónomo no mediado por la supervivencia o la subordinación.

Vivimos en una sociedad capitalista y patriarcal donde no se dan los requisitos éticos que garanticen la autonomía entre iguales. En nuestro país la gestación por sustitución ya está regulada, en concreto está prohibida, ya que quebraría la custodia y filiación por parto, que es la única maternidad reconocida. Al igual que no existe el derecho al tráfico de órganos por mucho que esté en juego la vida, no existe el derecho a ser padre o madre por mucho que se desee. La legalización de la gestación comercial impugna valores consensuados como la dignidad y la integridad física y moral de las personas y convierte la capacidad reproductora de las mujeres en un nuevo modo de producción.

Por lo tanto, llamemos a las cosas por su nombre: está práctica no es una técnica de reproducción asistida, sino la compraventa y el alquiler del útero, del cuerpo, de las emociones y los vínculos de un ser humano, de una mujer siempre pobre y vulnerable. Vivimos una época donde el machismo se refunda, aumenta la violencia contra las mujeres; la falta de trabajo digno es el origen de la práctica totalidad de las desigualdades. La llamada “maternidad subrogada” es un ataque frontal a los derechos humanos y la conquista de los derechos de las mujeres. Como mujeres trabajadoras y feministas nos oponemos frontalmente a la mercantilización de nuestros cuerpos.