Sábado, 27 de mayo de 2017

El derrotado

Disfruto mucho con los partidos de tenis sobre tierra batida. La superficie, que amortigua la violencia con que la pelota sale despedida de la raqueta, favorece que los intercambios se alarguen y los encuentros, disputados muchos de ellos bajo un sol que cae de plano, adquieran tintes épicos. La arcilla pulverizada mitiga el efecto de los servicios de los grandes sacadores, la eficacia de las derechas planas de los brazos más fuertes del circuito. Ello convierte a la resistencia en el principal valor. La contienda se resuelve en el plano psicológico: gana el que golpea una bola más, el que más veces encuentra los puntos débiles del otro. El que no se impacienta.

 

Y alguien pierde. A pesar de haber realizado idéntico esfuerzo, de haber estado las mismas horas en la pista y haber pasado el invierno mejorando la velocidad de sus piernas, la fortaleza de su musculatura y puliendo innumerables detalles técnicos. Un punto clave resuelto por los milímetros que determinan si una bola entró o no, una decisión controvertida de un juez de silla o un golpe fallado del rival que por efecto del azar encontró un ángulo imposible pueden ser los detonantes de un colapso en los indicadores de confianza o la capacidad de sacrificio, la antesala de una derrota anunciada.

 

Llegado ese momento mi atención se centra en esta figura, la única que en un recinto con más de diez mil personas actúa sin fingimientos, desprovista de la máscara que nos acomodamos a diario para poder actuar en sociedad. No se me escapa la mirada de condescendencia del recogepelotas, la exigencia de lucha de un público que quiere hacer buena su entrada, la falta de clemencia por parte de un rival que simplemente quiere avanzar a la siguiente ronda y que no piensa desaprovechar la debilidad de su oponente. Tampoco pasan desapercibidos los esfuerzos de su palco por devolverlo a la vida, por recordarle que, a pesar de todo, sigue sabiendo jugar al tenis. Eso y que sobre sus hombros carga la responsabilidad de alimentar a esa pequeña familia formada por representantes, preparadores físicos y entrenadores. Allí está también su pareja, descubriendo en esa figura que se tambalea sobre la arcilla una nueva persona, diferente de la que conoció en aquella sala de fiesta o aquel encuentro social. Tan afable, tan cortés, tan seguro de sí mismo.

 

Para entonces el jugador de tenis ya ha perdido su identidad, se ha despojado de su nombre y apellidos para pasar a representar la figura del derrotado, ese papel universal sobre el que tanto se ha escrito y filmado. Nada de lo recogido en los libros de caballería le es útil en esos momentos: tira la raqueta, incurre en blasfemias y perjurios, ignora toda belleza que pueda encerrar la existencia. Entre otras cosas porque toda esa belleza se concentra en sus facciones y gestos, en cada gota de sudor que golpea en balde la arena, segundos antes de evaporarse, mientras el mundo admira las habilidades del ganador y yo lo miro a él como a un hermano.