Martes, 12 de diciembre de 2017

Diario de un actorcillo ilusionado

(“Que por mayo era por mayo, cuando hace la calor, cuando los trigos encañan y están los campos en flor…”)

Me suelo levantar pronto. Me siento en el trono, me tiro dos pedos y cojo el guión que siempre está al lado, junto a algún libro-tocho, que leo en sentadas intermitentes para no pensar en otras cosas que me subyugan y ponen triste. Pero leo el guión de la obra por enésima vez y me vengo arriba. Lo cierro, lo memorizo, lo repito y me vengo más arriba todavía. Cuando bajo en el ascensor intento repetirlo y ya no me acuerdo, entonces me doy con la cabeza en el techo. Cojo el coche  y cuando estoy saliendo del garaje, ¡cóño, ya me acuerdo!. Y lo recito en voz alta. Como tengo la ventanilla bajada pasa al lado del coche una vecina y me mira…la verdad es que no sabría describir como me mira. Pero raro, eso fijo.

 A estas alturas ya habrán reparado ustedes que hago teatro, aficionado, pero teatro, al fin y al cabo. Es duro esto, no crean. Yo tengo mi trabajillo para sobrevivir a duras penas. Y hombre con el teatro un chalet no me compro pero las penas, aunque son duras parecen más blanditas. Porque el teatro, aunque te jode a ratos, te espanta mucho agobio y luego, como te aplauden, pues te crees alguien. Y eso mola.

 Tengo cuatro guiones, uno en el wáter, otro en el salón, otro en el currro y otro en el coche para cuando paro en los semáforos. Total que si no me lo aprendo es que soy gilipollas. Y hombre un poco vaina sí que soy pero a tanto no llego. Me hace ilusión el teatro sí.

(Nota: la frase de la introducción no viene mucho a cuento pero como es mayo…)