Lunes, 20 de noviembre de 2017

Escuchar el himno

Muchos (cada vez son más) sostienen que nada hay detrás de una bandera, un himno o un territorio. Que todos ciudadanos del mundo exclusivamente y otras zarandajas semejantes. Que todos también ilusoriamente iguales. Y otros pensamientos ingenuamente idílicos por el estilo. Por eso les deja impávidos escuchar unas notas musicales que en el devenir de la historia hicieron significar como himno. A lo sumo (y sin embargo) se sienten más y mejor representados bajo un himno de carácter deportivo o un soniquete de canto más popular.

                  Yo confieso sentirme agraviado cuando en un recinto deportivo se interpreta el que considero mío y me lo silban o abuchean masivamente. Eso me duele. Por eso me reconfortó hace bien poco escucharlo aquí, en el CAEM, con el público y la orquesta en pie, con el debido respeto y consideración hacia algo que nos había unido hasta hace muy poco. Claro que el concierto era ofrecido por una banda militar (el Inmemorial nº 1) y el público que llenaba el lugar tenía una edad media ya considerable (un refugio de nostálgicos que diría un iconoclasta). Aquello de la todavía  cercana tarde me reconfortó (además de con las buenas músicas sobre marchas) con la añeja idea de sentir orgullo y emocionada pertenencia a algo. A unos símbolos, a una idea, a una geografía y una historia, una historia con altibajos (o claroscuros), asumidos desde bien antiguo.

                Cuando escribo esto se acerca la fecha de la final deportiva en que sonará el himno de nuevo que nos unía, y estoy convencido que volverá a ser silbado por bastantes aficionados. Es el sino ahora de esa música. No sé si todos los aficionados que silben se habrán convencido hace mucho o poco tiempo de la conveniencia de hacer eso, ni lo significativo de su edad. Y tampoco sé si sentirán escalofrío cuando suene el himno de su equipo. Pero en su intención de dañar algo tan simbólico y representativo hay mucho de cruel, insolidario, y que rebasa límites. Cuando menos el límite del desconocimiento de la historia común y de una buena educación. Aunque ambas cosas parezcan brillar con demasiada luz propia a día de hoy.