Sábado, 27 de mayo de 2017

Quién vive del orgullo muere en soledad...

Hanna Arendt hacía la distinción entre conocer y pensar. Para ella conocer consistía en la acumulación de conocimientos, teorías e ideas, asociada a una capacidad resolutiva de los problemas técnicos, mientras que pensar era una suerte de diálogo interior con uno mismo. Este diálogo interior favorece el juicio y nuestra conciencia moral, y evita el olvido de nuestros valores. Se dice en Castilla que “valiente no es la persona que no tiene miedo, sino la que a pesar de sentir miedo sigue adelante, pues quién vive del orgullo muere en soledad”.

En la mente de un psicópata es brutal la sensación de impunidad. El pensamiento lo tienen mandado de vacaciones. Las personas con rasgos psicopáticos, que viven la mayoría en libertad, no sienten culpa, ni empatía, pero racionalmente son capaces de discernir el bien y el mal.

Entre los psicópatas primarios, según la definición clásica, vemos que sus rasgos se basan en la falta de empatía y remordimientos, pero también en la facilidad de palabra, el narcisismo, la mentira patológica, la manipulación de los afectos superficiales, y la incapacidad para aceptar la responsabilidad de sus actos. Perfil del que todos conocemos ejemplos día tras día en los telediarios. Además son capaces de tomar decisiones en situaciones de riesgo.

En cuanto a los psicópatas secundarios podemos señalar que suelen necesitar estímulos fuertes, se aburren con facilidad, son más impulsivos, irresponsables y tienen un pobre autocontrol. Son delincuentes reincidentes, no sienten miedo al castigo, pero tienen empatía hacia sí mismos. Las malas personas no pueden ser profesionales excelentes. No llegan a serlo nunca. Tal vez tengan pericia técnica, pero no son excelentes. Los mejores profesionales son siempre excelentes, comprometidos y éticos.

Por eso muchas veces se comete un error en política y socialmente, además de en nuestras vidas, de intentar comprender los problemas con una mentalidad normal. Cada sociedad y persona entiende lo que quiere entender. La vida es andar y ver. Pienso mientras camino, y mi propio pensamiento quiere ser o es la misma vida en su solitaria marcha. La vida hay que vivirla, que hacerla, con un imperativo de autenticidad, y ese imperativo es un vehemente y ardoso deber de creación.

 

Somos quienes somos porque estamos condenados a serlo. Así que con la propia identidad no se juega, ni con la colectiva. Ni podemos permitirles a los otros que jueguen con ella, ni a nosotros mismos ceder en este terreno. Sin embargo, no debemos olvidar nunca que mantener la identidad no equivale a imponerla sobre los demás.

Por ello no debemos confundir a la jovialidad con la tontería. El hombre jovial lo es porque disfruta del momento, tiene verdadero conocimiento de la tradición y de sus raíces, de lo que fue y va a ser, y coge la flor del día y agarra su destino con ambas manos sabiendo que es más difícil de montar que un potro salvaje. 

 

Como dice el Evangelio: “No hay árbol bueno que de mal fruto, ni tampoco árbol malo que de buen fruto; no se recogen higos de los espinos, ni se cosechan uvas del zarzal. El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca cosas buenas, y el malo de su mal saca cosas malas; porque de la abundancia del corazón habla la boca”.

Todo lo que escuchamos es una opinión, no un hecho. Todo lo que vemos es una perspectiva, no es la verdad. El que roba sólo está a robar, y no por hacer el bien a los demás. Su tiempo lo dedica a eso. Por ello cada vez que ayudas a alguien te ayudas a ti mismo; y cada vez que desprecias a alguien te desprecias a ti mismo. Cada persona es diferente, y tiene su propio talento. Pero el modo de evaluar condena a algunos al fracaso. El mediocre critica aunque no comprende, envidia aunque no se atreve, y reivindica aunque no lo merezca. Al final el tiempo va demostrando quién vale y quién no, lo difícil es tener paciencia para esperar.