Jueves, 27 de julio de 2017

 Luis Landero, elogio del maestro escuela

Poderoso Landero. Su sonrisa, su grandeza, su voz profunda de tenor, las manos expresivas que un día fueron las de un guitarrista profesional. Su leve, leve y constante acento extremeño es el eco del campo cercano a Alburquerque de donde salió la familia Landero a instalarse en el Madrid del barrio de la Prosperidad para buscar precisamente eso, como cuenta el autor en ese libro magistral que es El balcón en invierno. Pero este sábado de Feria del Libro estamos en Salamanca y junto a la estatua de Torrente Ballester en el mítico café Novelty, Landero se encuentra a la nieta de su primer maestro y desgrana una historia bellísima: su abuela Francisca, analfabeta, le instaba a aplicarse y aprender a leer para no tener que salir en busca de un vecino que le dijera lo que ponía en las cartas, a lo que el nieto, apenas cinco años le decía “Claro abuela, Don Pedro me va a enseñar a leer”. Maestros de pueblo, hombres y mujeres que suponían el primer acercamiento al mundo después de la familia. Aquellos que incluso pasaban por todos… un hermano tras otro, rosario de cartillas y pizarrines, cuadernos de Rubio y pinturas de Alpino. Mi hija también tuvo un maestro escuela extremeño que le enseñó el amor por el conocimiento. Porque Julián, el maestro de Torrejoncillo, como Don Pedro, el de Alburquerque, eran, son hombres sabios rectos y cabales, dispuestos a enseñar desde el respeto y el amor, el rigor y la vida entera. No olvidaré a Julián no solo enseñándole a los niños la diferencia entre un cubo y una pirámide, sino insistiéndole a las madres en la necesidad de leer con los niños aunque sean los carteles de las calles, hacer la cuenta en la tienda, enseñarles a no decir palabrotas por el mero hecho de no decirlas. El aprendizaje, en suma, de la vida, no solo de la tabla y los palotes. La vida con su ejemplo diario de esfuerzo.

         Luis Landero no solo habla de sus novelas cuando se entrega a un público entregado. Sus palabras recorren la vida concreta, la vida misma, por eso se duele de la falta de consenso entre la escuela y la sociedad, una sociedad que ha pasado de reverenciar al maestro a cuestionarle. Una sociedad convulsiva, ebria de velocidad que, según el autor de La vida negociable, tiene que respetar el ritmo y la singularidad de cada uno de nosotros, respetar la lentitud con la que se tienen que hacer las cosas. El aprendizaje es lento, sin concentración no hay fruto, afirma Landero, por eso la escuela, el aprendizaje choca con el interés de los niños inmersos en un mundo rápido, inmediato… palabra de reposado Landero.

         Recuerdo la morosidad de los deberes en la mesa camilla, lejos ya el vaso de leche y las galletas con mantequilla de la merienda, cuando había clase por la tarde y la casa era el reducto cálido donde reposar la escuela. Mi maestra, Doña Pepita, también nos enseñaba a escribir y a leer nada más llegar a párvulos, como Don Julián le enseñó a mi hija. No hay mejor pedagogía que el esfuerzo, el afecto y el conocimiento. Por eso hoy, recordando la visita de Landero, no pienso en sus libros, ni en su altura literaria de titán cervantino, no, pienso en el cariño con el que saludó a la nieta de su maestro escuela y como, entre sus palabras sabias, tuvo un recuerdo para esa docencia tantas veces cuestionada y que no tiene cabida en ningún debate político. Sin embargo, si yo escribo ahora lo que ustedes tienen a bien leer, es por ese maestro escuela que nos enseñó las primeras letras. Renglones del corazón, sabiduría agradecida. Grande Landero, maestro.

Charo Alonso.

Fotografías: Carmen Borrego.