Viernes, 26 de mayo de 2017

Un diamante que no tiene precio

Hace unos días un amigo ha publicado aquí un bello artículo titulado “Hoy, amigo lector, no escribo”. El autor describe con esa autenticidad que sale de las entrañas esa naturaleza sencilla que nos rodea: la lluvia que contempla por la ventana de casa y  vivifica su  huerta, la plantita que acaba de nacer, acariciada por las gotas de lluvia, los colores del campo ondulado de la Armuña, su sensación de ser vivo, bien ubicado y orientado en medio de esa naturaleza amiga (leerlo)…y las imágenes que le vienen de la mayoría de los habitantes de la ciudad, perdidos entre sus calles, entre sus deseos, sus consumos, sus miedos, sin saber dónde dirigirse.

Antes de leer su artículo, yo había tomado la decisión de escribir el mío de este martes dedicado a mi “diamante”, el pajarito que vive en el patio de mi casa cantando de la mañana a la noche, necesitando apenas un grano de alimento  y unas gotas de agua para vivir. Y nada más. El resto de su vida es cantar, sin “motivos”, sin finalidad, sin perseguir recompensas, solo para expresar la alegría de vivir. Cuando lo comparo inevitablemente con nuestra especie, con los seres humanos, máquinas de deseos, siempre insatisfechos, siempre huyendo del dolor, o del placer, o de nosotros mismos, tengo la tentación de elevarlo a la categoría de ideal, de un ser por encima de los humanos. Le llamo “Scarlatti”, como el gran músico hispano-italiano y hace nacer en mi esa admiración contemplativa, que describe en su artículo tan próximo a los versos  de Fray Luis de León, mi amigo “que se disculpa ante sus lectores, por no escribir ese día”.

“Cuanto más conozco al ser humano, más amo a  los animales”, es el dicho que resume esa decepción siempre presente en nuestras historias humanas y esas lecciones que nos dan la mayoría de las especies; una de las más valiosas, su relación directa con la naturaleza, su ausencia de ambigüedad.

El artículo de mi amigo y éste tienen de común el sentimiento lúcido de no desear perder el tiempo de nuestra vida con los deseos e intereses de otros. ¿Qué me importa quién ganará las primarias del Psoe, si sé que de ninguna manera va a cambiar en nada mi vida? ¿Qué gano comprando otra chaqueta u otro coche si mi vuelta a Ítaca va a ser la  misma? ¿Qué comerciante se alegrará de mi alegría si no le compro? ¿Qué empresario se alegrará de contratarme si no le duplico sus beneficios?

Dejadme contemplar la lluvia desde la ventana, dejad que me emocione viendo cómo las fresas están naciendo de la tierra mojada, dejadme escuchar mi diamante, que no tiene precio, que nunca ganará Eurovisión y que tampoco dará una nota en falso.