Miércoles, 22 de noviembre de 2017

Mil páginas

Sí, entre los dos tomos, Homo Sapiens y Homo Deus, son mil páginas y casi quinientas notas. Es la obra del historiador judío Yuval N. Harari que ha arrasado en ventas en medio mundo. Como dato curioso y algo revelador, es la obra en la que en su apartado bibliográfico he encontrado más páginas http que en todas mis lecturas hasta ahora. Debo confesar que, aunque los he leído en tiempo récord su lectura es pesada, su contenido resulta a veces circular y repetitivo, su supuesta argumentación desazonadora, su actitud intelectualmente insultante y su atractivo poderoso.

El autor es profesor de Historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén, es de raza judía y se confiesa ateo. Y efectivamente de ese supuesto parte, no hay Dios y, casi por lo tanto, tampoco hay propiamente ser humano en cuanto tal, no existe el yo ni el individuo, no hay conciencia ni diferencia real entre humanos y animales. La neurobiología lo decide todo. No hay por lo tanto racionalidad ni demostrabilidad para ninguna religión. Y llegará un día en que los llamados hoy humanos queden relegados a una situación de dependencia como están hoy los animales. Es nuestro futuro. Este resumen es injusto y lamentable y cuesta dejarlo así, pero nos vale para poder entender lo que viene. Las dos obras, una más como historia y la segunda como profecía, recogen una ya larga y reincidente trayectoria de pensamiento que se extiende con cierta celeridad entre muchos colectivos de determinadas características.

Así nace y crece la opinión de que los animales tienen alma, aunque luego cueste definir su perfil, por eso necesariamente se llega a la consecuencia de que no hay diferencia entre animal y ser humano. Es una cuestión de evolución. Y la similitud/igualdad llega más lejos en cuanto se concluye que ninguno de los dos la tiene realmente. Y esto es claro porque en ningún experimento de neurobiología se ha encontrado jamás ni un rastro ni un resto de esa supuesta realidad llamada alma ni siquiera de lo que se llama conciencia. En bastantes momentos de la lectura me he preguntado por las razones por las que el autor no ha dado el paso hasta los vegetales, que también tendrían sensibilidades y una historia “personal” y un alma verdadera si acordamos que los seres animales la tengan. No hace mucho escribí en este mismo lugar las memorias de una acelga en un momento difícil y mortal de su corta vida, por lo tanto no soy tan sospechoso y a lo mejor también yo estoy en la pomada, quiero decir en la movida.

Lógicamente tampoco hay libertad ni individuo siquiera; sólo se mantiene el colectivo humano que se hizo con el poder cuando dio el salto a cazador-recolector y sobrepasó a los demás seres vivos, de esta forma pudo acabar con los grandes animales vivientes y dio los primeros pasos mortales hacia la destrucción del planeta. Y en eso sigue. Pero no tiene futuro, la evolución desde la neurobiología acabará con él en el bajo nivel de existencia de donde pretendió ascender hace miles de años. Será un esclavo de los datos y acabará siendo un Homo/Dios, aunque quizás sólo ocasional y pasajero, para el resto de la realidad.

Porque el amo, el dios verdadero, lo que convertirá al sapiens en Deus es la información. Y este último peldaño queda rematado en sólo 30 páginas después de las 900 recorridas. O sea, el sistema cósmico de procesamiento de datos será como Dios y eso será cuando se implante el Internet de Todas las Cosas y será entonces cuando el Sapiens desaparezca y aparecerá el Homo Deus.

Silicon Walley será quien, a través de algoritmos y genes, traerá la salvación y la felicidad. Esta nueva revolución cognitiva lo hará posible y todo ese flujo inmenso de información será la fuente del bien y del mal, culminando así la evolución de la especie humana. El Homo es por fin Deus y una feliz tecnoreligón dirigirá los caminos del mundo.

La obra es a veces de una simpleza aplastante, en otros casos impone por la abundancia de información y sorprende al lector con recursos constantes a todas las áreas del conocimiento, sobre todo a la historia, se le nota su especialidad de Macrohistoria, y a la neurobiología. Deslumbra en algunas páginas por su brillantez expositiva y desespera en otras por las cojeras de su dialéctica; hace sonreír benévolamente en capítulos enteros y hace pensar y mucho en otros. Se deja admirar por la novedad de sus recursos y se lee con cierta expectación, aunque no es fácil mantenerla despierta en tantas páginas.

El libro tiene aciertos especiales sobre todo desde la macrohisoria y su interpretación; pero sus afirmaciones más decisivas las hace como primer paso de acercamiento a un hecho, sin de mostración alguna, y luego desde ahí, saca consecuencias extremas y definitorias para la condición humana y para su futuro. Y así todo el edificio de cientos de páginas queda sin demostración que apoye el análisis del pasado y sin síntomas que avalen el futuro que se describe. En todo caso es un ejercicio muy atractivo al que personalmente yo lo veo más como ensayo, en el sentido más estricto y etimológico de mover y empujar una cosa a ver si sale…

Y a mí me parece que este enorme empujón de casi mil páginas es sobresaliente y animo a leerlo a quien se atreva y tenga algún bagaje de historia, de religión y de historia de la ciencia. Pero pienso también que es insuficiente el intento, que le sobran muchas páginas y que la conclusión es precipitada, que le falta rigor científico y sin una lógica que honestamente la avale.

En todo caso estos dos tomos son una base, más argumental que intelectual pero interesante, en la que el interesado puede intentar apoyar muchos criterios de valor y de conducta que ya son prevalentes en muchos grupos de ciudadanos, desde la igualdad total de género y sexo hasta la igualdad de derechos entre humanos y los llamados animales; para convertir en nueva religión de masas movimientos como el antinuclear radical, el ecológico extremo o la vida marginal y antisistema; para dejar por fin a Dios fuera de todo y del todo y para descalificar a todas las religiones sin excepciones ni matices. Y para hacer de los datos de la estadística la nueva fuente de la nueva moral futura.

Sin individuo ni conciencia, el ser humano queda enriquecido y avalado para siempre por Nuestro Señor Internet de Todas las cosas (sic). Y Silicon Walley es su santuario. ¡Viva el Homo convertido por fin en Deus!, podría decirse como resumen final.