Domingo, 23 de julio de 2017

Votantes en la encrucijada

No es ningún secreto la precariedad de esta legislatura. Precariedad ya para la investidura de Presidente y precariedad para sacar adelante las leyes que presenta el Gobierno. Después de algún revolcón en el Congreso, el PP está ensayando fórmulas, siempre costosas, tratando de sacar adelante los Presupuestos de 2017. En contra de lo que predican algunos partidos, aquí no se trata de hacer propuestas tendentes a mejorar nuestra actual situación. Olvidando que esa es la meta a la que deberían aspirar, poco les importan las decisiones que supongan un peligroso retroceso. Parece que la única aspiración –más bien obsesión-  de algunos consiste en “echar” al PP, como sea y por encima de quien sea. No es preciso dar tantos rodeos, es tan sencillo como rechazar los Presupuestos. Cuando hay partidos que parecen aborrecer el capital - ese ente tan desagradable del que nace la riqueza, el empleo y el bienestar, y al que se acogen otros países tan demócratas como el nuestro-, un Gobierno convencido de la eficacia de su política, debería disolver las Cortes antes de proponer algo con lo que no comulga.

Antes de que alguien me salte a la yugular, soy el primero que abomina de la corrupción que está envolviendo al partido del gobierno. Creo haber manifestado en más de una ocasión que, a la hora de ejercer mi derecho al voto, lo hago pensando en el partido cuyo programa encaja mejor en mi forma de pensar, nunca en las caras de los carteles electorales. Por supuesto,  me gusta que quienes tengan responsabilidades de gobierno sean eficaces, sinceros y, sobre todo, honrados. Cuando esta confianza se ve defraudada, como es el caso, yo no tengo por qué cambiar de forma de pensar. Lo que  pide el votante a su partido es que sea consecuente con lo que predica y, a la vez, inflexible con quien defrauda la confianza depositada en sus cuadros. Aquí no valen las medias tintas; es imposible que todos los dirigentes toleren la corrupción, y los honrados deberán imponerse a los corruptos El votante fiel quiere ver renacer a su partido y está deseando comprobar  cómo se extirpan todos los miembros podridos por la corrupción, incluidos los dirigentes  que no han sido capaces de impedirlo y, especialmente, los que, sabiéndolo, han mirado para otro lado  Afortunadamente, ese partido –y todos los demás- cuentan con personas honradas que reúnen las cualidades que cada uno exige para los suyos. Si no fuera así, tendríamos que admitir el fin de nuestra democracia. Por eso, para tratar de solucionar el problema, ningún elector debería votar a un partido que, de entrada, lleve en su programa propuestas contrarias a los propios ideales. El ciudadano que tenga muy claro lo que significa la unidad de España, cuál es el papel que debe desempeñar en el mundo,  qué política social debe llevar a cabo el Gobierno, y cuáles las prioridades que deben establecerse para alcanzar un buen grado de bienestar social, sabe muy bien a qué partidos puede votar, y a cuáles no. Desde que nuestra democracia se hizo realidad, los partidos constitucionalistas de ámbito nacional fueron capaces de consensuar las decisiones que, por razón de Estado, consideraban imprescindibles. Desgraciadamente, los siguen con el mismo propósito, están comprobando cómo alguno de esos partidos se aleja peligrosamente de sus principios, dejándolos escasas alternativas.

Lo que pueda parecer una visión catastrofista de la situación actual, son ganas de no reconocer la realidad. Esa corrupción, que ha visitado a todos los partidos que de alguna forma han manejado fondos o influencias, está desmoronando a un  PP remolón, obtuso y confiado, al creer que cada escándalo descubierto será el último. Ya no valen las disculpas. Los millones de votantes que le han abandonado lo han hecho avergonzados de la profusión de depravaciones, pero están deseando que vuelvan los políticos  eficientes, comprometidos y honrados. El PSOE, por su parte, que pasó por etapas hegemónicas en un pasado reciente, que tampoco ha podido librarse del cáncer de la corrupción –por mucho que intente taparlo con iniciativas  descafeinadas-,  se encuentra inmerso en un peligroso proceso de ruptura interna. No sabe, no puede o no quiere evitar la debacle que se le viene encima. Sus expectativas llegan a mínimos históricos y, si el sentido común no lo remedia, llegará a convertirse en un residuo con tintes frente-populistas. No quiero pensar que la mayoría de socialistas españoles que recuerden el papel que desempeñó el PSOE de los años 80, sea de esa opinión. En cuanto a los dirigentes de Podemos, sólo han necesitado acceder al poder para abandonar la máscara que les proporcionó su inicial piel de cordero, la curiosidad de los insatisfechos, la osadía de los antisistema, el descarado apoyo de algunos medios de comunicación y, sobre todo, los dólares de Irán y Venezuela. Donde tienen responsabilidades de gobierno, son el máximo exponente de la ineptitud. No les ha importado que su lenguaje y sus modales estén presididos por lo soez o la ofensa, pero se niegan a condenar  el terrorismo etarra, los nacionalismos secesionistas o los regímenes dictatoriales. Es curioso su afán de calificar como “casta” a quien  no piense como ellos, y luego practicar el nepotismo en cada momento. Así entienden “su” democracia. Los  responsables de C´s, a juzgar por los hechos consumados, han inventado el partido de una de cal y otra de arena. Sus decisiones nunca son unívocas. Las razonas esgrimidas para negar su apoyo a un partido en determinado espacio, no le impiden dárselo en otro. Su menguada aceptación  les obliga a asumir el papel de bisagra, y no acaban de digerirlo. El resto de partidos tienen implantación local y, salvo contadas excepciones, llevan en su adn el rechazo a la Constitución o un trasfondo independentista.

Con estos mimbres tenemos que confeccionar nuestro futuro voto; y, como no es aventurado suponer que el horizonte de unas nuevas elecciones generales puede estar a la vuelta de la esquina, debemos estar preparados para ejercer nuestro deber con responsabilidad. En cualquier caso, o mucho cambian las cosas o habrá nuevas dificultades a la hora de elegir Presidente. Si en los temas esenciales para la buena marcha de nuestra democracia y el necesario bienestar social, no existe el consenso necesario entre los partidos constitucionalistas, nuestro porvenir no es nada halagüeño. Lo único que debemos exigir los electores es que nuestro voto no sirva para investir a personas que no piensan como nosotros. Que nadie pretenda mercadear con nuestra papeleta, a base de unir la fuerza de sus electores a la de quien presente un programa muy distinto y distante, porque ya hay pocos ciudadanos que se dejen engañar más de una vez.