Sábado, 27 de mayo de 2017

Destructor de los dioses. El Cristianismo en el mundo antiguo.

     Así se titula y subtitula un libro editado por Sígueme, aquí, en Salamanca, cuyo autor es Larry W. Hurtado, cristiano de la Iglesia pentecostal y profesor de la Universidad de Edimburgo (Escocia), aunque nacido en Kansas City hace 73 años. Me lo han regalado unos amigos junto con otro, mucho más voluminoso, sobre las “enfermedades espirituales”; de momento no me dan muchas ganas de abrir este segundo libro, no por el tamaño, sino porque no me mola regodearme en lo malo y mucho menos deprimirme, aunque sé que acabaré leyéndolo, porque no es bueno huir de la verdad, manque nos duela. Una lectura crítica de cualquier libro nos puede enseñar mucho, pues siempre tiene algo que ver con la realidad y no es nada moderno huir de ella, digo de la realidad.

     Es difícil sacar tiempo para leer, pero aunque solo sea en honor del Día del Libro, he encontrado ratitos que me han permitido adentrarme en esa época apasionante que es el surgimiento del Cristianismo. ¿Cómo pudo una religión mal vista por los intelectuales y las “fuerzas vivas” del Mundo Antiguo, e incluso perseguida por las autoridades políticas de la época, expandirse tan rápidamente? Dice Hurtado: “…Haciendo uso de una serie de cálculos propuestos por los estudiosos, podría haber unos mil cristianos hacia el año 40 después de Cristo, se siete a diez mil en torno al 100 d. C. y aproximadamente doscientos mil…hacia el 200 d. C., llegando quizá a unos cinco o seis millones en torno al 300 d. C.”. Trece años antes de que Constantino la apoyara…

     Hurtado apunta varias causas: una de ellas es la pluralidad interna del Cristianismo, que nunca ha estado libre de herejías, aunque estas han ido cediendo paso ante las versiones “católicas” y más abiertas de la fe. Un ejemplo claro: el Cristianismo actual reconoce cuatro evangelios, no uno solo; los cuatro se parecen entre sí, pero también difieren en muchos aspectos.

     Otra de las causas apuntadas es aparentemente contradictoria y viene muy bien descrita en un famoso escrito cristiano de finales del Siglo I, la Carta a Diogneto; en ella se dice, con toda claridad, que los cristianos no se distinguen en nada del resto de los ciudadanos, ni en el comer, ni en el vestir, ni en muchos otros aspectos culturales; pero por otra parte, “están en el mundo, pero no son del mundo”, indicando con ello que, los que iban conociéndoles, los vecinos, veían en ellos unas singularidades en el pensar y en el vivir, que les hacían particularmente atrayentes para sus contemporáneos.

     Una peculiaridad muy interesante –y muy actual- es que la fe cristiana primitiva estaba indisolublemente pegada a la vida y tenía consecuencias prácticas, por ejemplo, en la conducta sexual y reproductiva, siempre tan importante. A este respecto, no nos podemos ni imaginar alguna de las costumbres romanas de la época, como era la de, simplemente, abandonar a los recién nacidos si eran no deseados. O la pederastia, que, en muchos sectores del mundo antiguo, no solo no era mal vista, sino alabada e impulsada. Para intentar comprender esta costumbre desde dentro del pensamiento y sentimiento del mundo antiguo, es muy ilustrativo leer la excelente novela Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar.

     No he terminado aún el libro, me queda adentrarme en la parte más teológica, pero me da que me va a decepcionar, pues el autor, protestante, es demasiado racionalista y no sé si va a profundizar suficientemente en las singularidades teológicas y religiosas del Cristianismo.

     El tema es actual, pues los “dioses” del dinero, la globalización, el poder a cualquier precio, el disfrute como dogma indiscutible, las posibilidades de “control” de las masas a través de las redes sociales y el marketing cultural, la ingeniería social programada, la violencia estructural –siempre tan atractiva para muchos-, el laicismo y el ateísmo impuestos desde el poder o, por el contrario, la fe impuesta por el terror y la propaganda ideológica manipuladora de las conciencias libres, amenazan con imponerse. El triunfo del Cristianismo sobre los dioses del mundo antiguo no asegura su pervivencia actual…A no ser que imitemos a aquellos cristianos.