Martes, 21 de noviembre de 2017
Las Arribes al día

Más de un millar de personas acuden a la protección de la Virgen ‘chica’

PEREÑA DE LA RIBERA | La ermita del Castillo volvió a llenarse de fieles para celebrar el 14 de mayo junto a los mayordomos Ángel Flores Glez., Rosa María Arroyo Gonzalo y Diana Flores Martín

Decenas de pañuelos y cadenas volvieron a acariciar la reja guardiana de la piedra blanca, buscando parte de esa magia que se extendió por toda la provincia charra hace casi cuatro siglos. Desde la Sierra hasta Las Arribes, e incluso al otro lado del Duero, los milagros del polvo blanco que desprendía aquel pedazo de piedra, surgida del interior de la peana de Nuestra Señora de los Ángeles, fueron poco a poco haciéndose un sitio en el corazón de las gentes.

Así, desde que el 14 de mayo de 1721 aquella peana de granito descubriera su tesoro, la Virgen del Castillo deslumbra a toda la Ribera, haciendo buena la leyenda escrita de los sueños de un pastor, que marcó el lugar de un descanso de siete siglos entre las ruinas del castillo y así impedir el sacrilegio morisco.

Desde entonces, milagro tras milagro en gargantas y pulmones, han hecho la historia de esta fiesta pereñana, a la que acuden fieles fervorosos creyentes que esperan en sus pañuelos los favores de la Virgen ‘chica’, pero que lo mismo que pequeña es su reliquia, es tan grande su veneración en toda La Ribera.

Tras la verbena prevista la noche anterior con el grupo SMS, este 14 de mayo se celebraban en la ermita del Castillo los actos de exaltación a la Patrona de los pereñanos, con más fervor si cabe dado que la lluvia había dado una tregua el día antes y los tenues rayos del sol se iban haciendo hueco entre las nubes, invitando así a comer la tradicional merienda bajo la sombras de esta atalaya que vigila el Duero.

Pero antes, el párroco local, José Ramón Mateos, ayudado por un sacerdote procedente del otro lado del gran río, se dirigía a los fieles para agradecer la presencia de cientos de personas procedentes de todos  los rincones de la Raya, que de esta manera rendía devoción a nuestra Señora del Castillo y acompañaban a los mayordomos, en esta ocasión Ángel Flores Glez., Rosa María Arroyo Gonzalo y Diana Flores Martín, que al finalizar los actos religiosos ofrecían un convite de pastas, dulces, chochos y aceitunas, y vino a todo aquel que se acercó por la casa del ermitaño. Esta será la penúltima vez que empuñen las varas, pues su próxima aparición en público, allá por el mes de septiembre, será para entregárselas a los nuevos mayordomos.    

Pero sin duda, uno de los momentos de mayor religiosidad de esta fiesta comienza con el beso a la reliquia de la Virgen ‘chica’, instantes en los que los cofrades flanquean el altar del templo con sus dorados medallones colgados del cuello y las mujeres alzan la voz en cánticos a la Virgen. Es entonces cuando decenas de mujeres pasan por la sacristía para impregnar pañuelos, cadenas y fotografías de la magia que la reja guarda bajo los pies de Nuestra Señora, pasando tres veces sus objetos entre los desgastados y ya finos barrotes que hacen de custodia, un rito que se repite una y otra vez, año tras año, esperando el favor de la Virgen del Castillo.  

Y mientras la religiosidad exhibía todo su fervor, los mayordomos daban el convite ayudados por un buen grupo de colaboradores, mientras en otro lado del teso, el grupo de tamborileros de Fermoselle, Juan del Enzina, ponía la nota tradicional con charros, jotas, danzas sayaguesas y de Aliste, para así amenizar el reparto de 800 raciones de paella adornadas con unos apetitosos gambones y mejillones de Galicia.

EN BREVES MINUTOS PUBLICAREMOS UN VÍDEO DE LOS ACTOS MATINALES

  • Cientos de fieles acudieron a besar la reliquia de la virgen "chica"
  • Vista del Duero desde el teso de la ermita del Castillo