Martes, 26 de septiembre de 2017

Fátima y la paz

En este año centenario de las apariciones de la Virgen María  en  Fátima se recordará una y otra vez su mensaje. En el marco de la primera guerra mundial, en Cova de Iría, ella dirigía un mensaje de paz a los tres pastorcitos de Aljustrel: Lucía, Francisco y Jacinta.
Al cumplirse los cincuenta años de las apariciones, Pablo VI viajó como peregrino a aquel santuario. En la homilía que pronunció aquel 13 de mayo de 1967 manifestó las intenciones que quería presentar a los pies de la Reina de la Paz.
 En primer lugar quería rogar por la paz interna de la Iglesia. A menos de año y medio de la clausura del Concilio temía él que algunos tratasen de sustituir la tradición teológica de la Iglesia por diversas interpretaciones de la fe. Temía también que el ejercicio de la caridad fuera sustituido por otras prácticas profanas.
   Ese afán de una pretendida modernidad no sólo dañaría a la Iglesia misma, sino que dificultaría el diálogo con los cristianos no católicos. Y además defraudaría las esperanzas de la humanidad que, a veces sin saberlo, espera de la Iglesia una palabra de verdad y un gesto de amor.
Así que el Papa pedía a María que preservara a la comunidad como una Iglesia viva, verdadera, unida y santa, llena de los frutos del Espíritu Santo.
En segundo lugar, el Papa llevaba a los pies de la Virgen de Fátima otra petición: la paz del mundo, amenazada por una carrera de armamentos que mantenía en un temor incesante el clima de la llamada “guerra fría”.
Pablo VI era consciente de la situación que vivían muchos fieles en los países en los que se pensaba que la negación de Dios era la condición indispensable para alcanzar la liberación de los pueblos. Así que pedía, además, la libertad religiosa en aquellos países que promovían el ateísmo y perseguían a los cristianos.
Tampoco olvidaba las enormes bolsas de pobreza y la plaga del hambre  que afectaba a una gran parte de la humanidad.
En consecuencia el Papa pedía el don de la paz, que solo Dios puede conceder. Y, al mismo tiempo, pedía a los hombres de todo el mundo que olvidasen sus intereses particulares y comenzaran a acercarse los unos a los otros con la intención de construir un mundo nuevo y más solidario.
Aquella interpelación tan poética como vigorosa es una de las piezas maestras del magisterio de Pablo VI. Con ella se hacía eco tembloroso de la voz de María, que había pedido a los pastorcitos orar por la paz y ejercitarse en la oración y la penitencia.
A cincuenta años de aquella visita, y al celebrar ahora el centenario de las apariciones de la Virgen María en Fátima, es este un buen momento para reflexionar sobre aquel mensaje profético de Pablo VI.  
                                                                                        José-Román Flecha Andrés
 
CREED
 
“La Palabra de Dios iba cundiendo y en Jerusalén crecía mucho el número de los discípulos; incluso muchos sacerdote aceptaban la fe” (Hech 6,7). El libro de los Hechos de los Apóstoles da cuenta de la elección de los siete “diáconos” de lengua griega para que atiendan a los hermanos procedentes de esa cultura. Una apertura totalmente necesaria.
A continuación se incluye esa nota sobre el crecimiento de la comunidad de Jerusalén. No solo aumenta gracias a los griegos. Entre los hebreos hay también muchos sacerdotes que han llegado a creer en Jesús como el Mesías de Dios.
El redactor del libro parece maravillado por lo que ha sucedido. Su narración suscita la acción de gracias por la misericordia de Dios, que se alaba en el salmo responsorial (Sal 32).
La primera carta de Pedro, que seguimos leyendo en este tiempo pascual, nos dice que todos los que reconozcan al Señor como la piedra angular, no quedarán defraudados. Para los creyentes es una piedra de gran precio (1Pe 2,4-9).
 
LA META Y EL CAMINO
 
El evangelio de este 5º domingo de Pascua nos sitúa en el cenáculo para recordarnos una solemne invitación de Jesús a sus discípulos: “No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí” (Jn 14,1).  Ante estas palabras dos discípulos se atreven a dirigirse a Jesús con unas palabras que bien podrían ser las nuestras.
• Tomás confiesa que no sabe adónde va Jesús y, por tanto tampoco puede conocer el camino. También nosotros damos la impresión de haber olvidado el horizonte al que Cristo nos conduce. Demasiadas veces parecemos perdidos y descaminados. Ignoramos que solo él es el camino, la verdad y la vida.
• Felipe solo desea que Jesús les muestre al Padre. También en ese anhelo nos sentimos representados nosotros. Rezamos al Padre si nos vemos agobiados. Pero no reconocemos la paternidad de Dios si las cosas nos van mal. No hemos descubierto aún la necesidad de arrepentirnos y regresar a su casa. No hemos visto en Jesús el rostro misericordioso del Padre.
 
LA FE Y LAS OBRAS
 
 Así pues, la invitación a creer es el tema clave en este domingo. Es también la clave de toda nuestra vida cristiana. Esta es la promesa de Jesús: “En verdad en verdad os digo: el que cree en mí, también el hará las obras que yo hago, y aún mayores”.
• “Creer en Jesús”. Ese ideal de vida implica aceptarlo como nuestro Maestro y nuestro Salvador. Jesús es el Señor. Acogemos su palabra y damos gracias por su ejemplo. Creemos que él vive y camina con nosotros.
• “Hacer las obras de Jesús”. Esa es nuestra vocación y es también nuestro mejor deseo. Sabemos que, por brillantes y eficaces que parezcan a simple vista, nuestras obras son bien poca cosa si no coinciden con las suyas  
• “Hacer obras mayores que las suyas”. Esa promesa nos parece poco probable.  Y, en efecto, solo será posible gracias a la exaltación de Jesús (Jn 12,31), que, una vez levantado en alto, reunirá a los hijos de Dios dispersos (Jn 11,52).  
- Señor Jesús, no queremos olvidar esa exhortación con la que tú nos invitas cada día a creer en Dios y a creer también en ti. Te rogamos que mantengas viva nuestra fe y nuestra confianza. Y que nos envíes tu Espíritu para que podamos suscitar esa fe en medio de nuestro mundo. Amén. Aleluya.               
                                                                                                    José-Román Flecha Andrés