Domingo, 23 de julio de 2017

El elefante boca abajo

Es el protagonista de la Feria del Libro; no sé si eso es bueno, como dijo el mimo Barceló hablando de lo del humo expelido a cada hora. Y desata inevitablemente muchos comentarios de todo tipo; estos dos son los últimos que oí ayer por la tarde: Esto es una tontería y Pues algo querrá decir, aunque no se entienda. Prevalece la ironía y la extrañeza y es muy raro que pase alguien sin decir nada.

Quizás por eso me atrevo a opinar yo también.

Este elefante en posición invertida, sospechosamente parecido en tamaño y posición a otro anterior de Daniel Fridman con la diferencia de los colmillos, es una obra importante de Miquel Barceló, aunque ya superada me parece a mí en el camino de la escultura moderna. Más interesantes y actuales son otras obras, escultura o pintura, expuestas también en Salamanca.

En todo caso encaja bien dentro de la larga vida de producción del artista, sobre todo desde su permanencia en los Acantilados de Mali, de donde vuelve, como le pasó con Altamira, más sumergido si cabe en lo primigenio, en lo original. Es un primitivismo elegido como signo de la “desintoxicación de Occidente” que él buscaba y que intentó reflejar en sus obras.

Y entre otras varias y sin querer dogmatizar en absoluto me digo estas cuatro o cinco cosas mientras contemplo el elephant dret, bien derecho como el título indica, pero boca abajo y en riguroso equilibrio.

Las arrugas de su piel y las orejas caídas son lo único que da cuenta de que sigue vigente la ley de la gravedad, mientras todo está al revés y boca abajo con sus diecisiete piezas de bronce ensambladas y soldadas. Puede ser una desautorización de la visión clásica de lo derecho o recto y lo torcido o desequilibrado, quizás sea la descalificación de toda clasificación moral o existencial. El elefante sigue siéndolo con la misma calidad esté como esté, por muy absurda y contra la ley natural de las cosas que parezca su posición. Cada uno es como es y puede ser como quiera. Y si le parece bien puede ponerse boca abajo y vivir así todos los días de su vida, o sólo los días impares si así lo prefiere. Puedes ir bien asentado por la vida o puedes salirte de la fila y caminar boca abajo. Da igual. Nada es bello ni feo y el arte como tal desaparece. Ah, según las viejas filosofías si desaparece lo bello también desaparece lo bueno, lo verdadero y lo uno. Nada menos.

Este derrocamiento del orden establecido está presente en muchas obras de Barceló. Pero esto no iba a ser obstáculo para subirse al sistema y vivir de él; bueno, como que acepta ser nombrado Doctor honoris causa por la Universidad y crear el logo del Centenario.

Por otro lado y tirando del mismo hilo bien pudiera verse en este mundo al revés, en esta realidad boca abajo, la imagen de la sociedad actual, que el artista rechaza, simbólicamente al menos, cuando se marcha al taller que crea y mantiene desde hace veinte años en los famosos Acantilados en Mali. Es una cura de occidentalidad, como él mismo dice,  y una voluntad de volver a lo fundamental, a lo primero y original, más allá de las pobres realidades de una sociedad opulenta y a la vez terminal, secundaria y acabada. Otra cosa es que este elefante sea una muestra clara y real de esa voluntad.

Tampoco hay que negarle una franja de juego y de ironía; al final parece una obra bufa con la que el autor toma el pelo a los espectadores. Basta observar el alborozo de grandes y pequeños al ver la estatua y los miles y miles de autofotos que se lleva el elefante, del que también se puede decir, en ese caso como dato cierto por confesado, que es a su vez la representación del propio artista. Que no es poco atrevimiento y que se da también en todas sus representaciones de animales. Quizás es el bufón que se ríe de sí mismo mientras se ríe a su vez de todo lo que le rodea, tan fútil, tan superficial y tan perecedero sin remedio alguno. Nada menos. O quizás mucho menos, quién sabe. Eso pasa siempre con el arte. En esta dirección de lo perecedero, es interesante repasar las gigantescas cerillas en diferentes puntos de combustión del Patio de Escuelas Menores o la poderosa representación de la pintura efímera del Acto de inauguración.

Y quizás lo que no pueda callarse es que cuando el arte va tan allá, pierde su referencia humana, se deshumaniza. Y, atreviéndome a una cita tan larga y tan antigua, sucede lo que ya denunciaba Ortega y Gasset en su Deshumanización del arte ¡allá en 1925!: El artista de ahora nos invita a que contemplemos un arte que es una broma, que es, esencialmente, la burla de sí mismo… En vez de reírse de alguien o de algo determinado -sin víctima no hay comedia-, el arte ridiculiza al arte… Nunca demuestra mejor el arte su mágico don como en esta burla de sí mismo. Porque al hacer ademán de aniquilarse… su negación es su conservación y triunfo”

Ah, para terminar, me ha sorprendido el rechazo que siempre ha provocado y todavía provoca Barceló, sobre todo entre los artistas y gentes de mundo artístico. Es innegable y sobrepasa en esto a cualquier otro artista, incluido Julián Schnabel. Quizás se deba a que, además de ser él mismo no poco provocador y siempre con una punta de soberbia, ha sido capaz de llegar al éxito sin pasar por los canales habituales y ha logrado, por veredas marginales, ser Premio Príncipe de Asturias o el único pintor vivo que, lo afirmo sin asegurar del todo el dato, ha logrado exponer en el Louvre. Lógicamente todo esto crea envidias y rivalidades.

En todo caso ahí está el elefante, en medio de nuestra Pala Mayor, para sorpresa y admiración de chicos y grandes.