Viernes, 26 de mayo de 2017

Sevicia

Con los consabidos pataleos, insultos y descalificaciones con que suelen enfrentar el debate quienes carecen de argumentos, los’ taurinos’ de este país (es decir, los defensores de las celebraciones taurinas), han reaccionado como acostumbran (o sea, con el exabrupto y el matonismo), a la convocatoria de otra concentración- manifestación (hoy en Madrid), que se pronunciará contra la salvaje celebración de las corridas de toros y otros españolísimos festejos de maltrato animal; festejos que, al parecer, a algunos les causan un placer tan irresistible que son capaces de escribir y decir a su favor cosas tan sonrojantes como las que hemos podido leer y oír estos días (cultura lo llaman sin que se les altere el gesto), y que ya no son más que los restos (eso sí, aguerridos y belicosos)de la defensa de una brutalidad a la que queda poco tiempo de ofender la sensibilidad y la inteligencia.

A pesar de la complicidad de la mayor parte de los cargos públicos (con poquísimas excepciones) y la casi unanimidad de los medios de comunicación con más audiencia, la llamada Tauromaquia (un ejercicio de crueldad pública con liturgias de tortura y sanguinarias celebraciones finales), no es capaz de argumentar seriamente la defensa racional de su misma existencia, por mucho que sus adalides y voceros utilicen la pueril circunstancia de que artistas de renombre militen o hayan militado en ese extraño gusto por el maltrato animal que es la celebración de corridas de toros.

Ni la vigencia de una ley absurda que declara a semejante salvada patrimonio cultural, ni las abstrusas teorías estéticas o sentimentales –mucho menos artísticas- , que la floritura argumentativa vacía, el sofisma cansino y la aberración lingüística inventan para intentar justificar un espectáculo bochornosamente insultante, pueden mantener durante mucho tiempo la existencia de unas celebraciones (las corridas de toros y los festejos de maltrato animal), que constituyen una vergüenza a nivel internacional, un insulto para buena parte de españoles a los que se califica, por extensión, y gratuitamente, devotos de la sevicia taurina que en este país todavía se permite, que nos identifican con la bestialidad y lo incivil, que nos aíslan de la comunidad cultural inteligente (han sido suprimidas las ayudas europeas para semejante fin) y que lastran el cabal desarrollo de una cultura popular sana, creativa, integrada y moderna.

Que todavía haya que recurrir a manifestaciones (cada vez más numerosas) para protestar contra la aberración de los festejos taurinos, da noticia de la molicie, la incompetencia y la vagancia mental –y cierto grado de anquilosamiento en el pensar- de quienes tienen en sus manos la decisión (y la obligación) de proteger a la comunidad de cualquier forma de salvajismo y de la indignidad que conlleva de la crueldad legalizada, y evitar la existencia de ritos, costumbres o celebraciones que insultan gravemente la sensibilidad y la inteligencia y hacen a esa misma sociedad, también indigna. El argumento de que a semejantes festejos no acudan aquellos a quienes moleste, es tan insostenible como pueril su enunciado. Que, además, quiera convertirse la enseñanza de semejante atrocidad en asignatura de infantes o material pedagógico en cualquier nivel de formación, es tan deprimente para el pensamiento y para el futuro como lacerante para la inteligencia.