Miércoles, 22 de noviembre de 2017

Barómetros

Profesor de Derecho Penal de la Usal
GRÁFICO TVE

Según el barómetro del CIS del mes de abril, la encuesta de intención de voto para unas elecciones generales se mantiene prácticamente inalterable en relación a los últimos sondeos que viene elaborando el centro, porque, aunque el PSOE vuelva a superar a Podemos, la diferencia es insignificante. Es cierto que Ciudadanos sigue creciendo, pero no al ritmo que sus líderes políticos quisieran.

Pero lo sorprendente es que el PP, a pesar de los graves escándalos de corrupción que se están destapando, investigando y juzgando en sus filas (el último de hace tan sólo unos días, en el que la Delegada del Gobierno en Madrid, Concepción Dancausa está siendo investigada por un presunto delito societario de Administración desleal o fraudulenta relacionado con una ruinosa operación de Mercamadrid, cuando era alcaldesa de la capital de España, Ana Botella), siga liderando las encuestas y sin apenas descenso en relación a los resultados electorales del pasado 26 de junio. Incluso tiene más apoyo que en las generales de diciembre de 2015 y mayor diferencia con respecto al segundo partido, el PSOE, que tenía entonces.

Estos datos tienen muchas y diversas lecturas. La primera y más importante es que los partidos de la oposición (incluido Ciudadanos, a pesar de su subida) no han tenido la cintura política de superar a un partido (el PP) apestado de corrupción, que ha gestionado la crisis económica generando más desigualdades sociales, incrementando el porcentaje de personas que se encuentran en el umbral de la pobreza y aprobando una legislación laboral que promueve empleos precarios y salarios tercermundistas. Es cierto que hay menos parados que hace unos años, pero tampoco es menos cierto que se ha incrementado el número de jóvenes que emigran al extranjero para buscarse un primer empleo acorde con su formación académica, porque en España no tienen futuro laboral a corto y medio plazo.  

El PSOE es un partido que está gravemente fragmentado, con una gestora creada después de un “golpe de estado” contra el anterior secretario general y con unos candidatos que se “despellejan” públicamente. No es de recibo que dentro de una misma organización política se acusen unos a otros como lo están haciendo los partidarios de cada uno de los tres aspirantes a secretario general, que los militantes decidirán en elecciones primarias el próximo 21 de mayo. Un partido político es una organización democrática, es cierto, pero con estos mimbres es muy difícil que el electorado apoye mayoritariamente a una formación en la que las disputas internas son la seña de identidad en los últimos años. Sobre todo, cuando las peleas no son por cuestiones programáticas (la crítica siempre tiene que ser constructiva y es bueno discutir cuando el objetivo es la mejora de la gestión de los intereses colectivos), sino por una desmedida ambición de poder, sobre todo en alguno/a  de los candidatos.

Es cierto que ha crecido el apoyo electoral que tiene Ciudadanos, pero tampoco hay demasiado entusiasmo en la ciudadanía hacia esta formación, máxime cuando está consintiendo algunos desmanes en la gestión política que está realizando el PP, tanto en el gobierno como en el Parlamento. Creo que a los simpatizantes de Ciudadanos no les deben hacer mucha gracia las negociaciones a las que ha llegado el grupo parlamentario del PP con el PNV para que éste apoye los presupuestos generales del Estado de 2017, ni que Rajoy haya cambiado la acusación que hacía al gobierno de Zapatero de “bajarse los pantalones” por el cacareado “sentido de Estado” al que apela en estos momentos por las negociaciones con los nacionalistas vascos. Si Ciudadanos se tapa la nariz, cierra los ojos y pasa por alto esta situación, estará comenzando a cavar su propia fosa, o dicho de otra manera, posibilitará que el PP siga “campando a sus anchas”.

Por su parte, Podemos tampoco rompe su techo electoral porque, aunque en principio parecía que iban a hacer una oposición constructiva, sus salidas de tono, sus extravagancias, sus incoherencias (no apoyar un gobierno social liberal como el que pretendían PSOE y Ciudadanos tras las elecciones de diciembre de 2015, presentando, en cambio, una moción de censura un año después contra Rajoy para que sea apoyada por todas las fuerzas políticas excepto el PP) y sus “no condenas” a regímenes políticos abominables como el de Maduro en Venezuela, son un lastre que les impide crecer.

Por otro lado, la izquierda sigue padeciendo los mismos males que le hicieron perder la guerra civil contra la intransigencia y el fascismo en 1939, es decir, su desunión y sus guerras fratricidas.

Rajoy, por todas la consideraciones realizadas en las líneas precedentes, no merece seguir gobernando España ni un días más.