Miércoles, 22 de noviembre de 2017

¿Tiene precio estar sano?

Pues desgraciadamente sí, y en ocasiones imposible de asumir. 

La salud no lo es todo; pero sin ella, todo lo demás es nada”, esta acertada sentencia parece que fue pronunciada por Schopenhauer, sesudo pensador considerado unos de los filósofos más influyentes y brillantes del siglo XIX, cuyo ideario compartieron personajes de la talla de Tolstói, Nietzsche, Freud, Einstein Thomas Mann, Borgesm o Pío Baroja.

Cierto es que en una parte importante, tener una buena salud está en nuestras manos, dieta sana, ejercicio, etc.; pero ¿y cuándo no lo está? Cuando la enfermedad se hace presente en nuestras vidas sin avisar o nuestra genética nos regala alguna sin que podamos hacer nada por evitarlo. Cuando eso sucede, nuestra única preocupación, sobre todo cuando se trata de una dolencia seria, es recuperar nuestra salud lo antes posible, pero en muchos casos, poder acceder a los medicamentos necesarios resulta excesivamente difícil dado sus elevados precios. ¿Por qué resultan tan caros ciertos medicamentos, como el ejemplo reciente del sofosbuvir, un fármaco clave para combatir la hepatitis C, cuando más de 80 millones de personas en todo el mundo la padecen?

El problema es que un medicamento que cuesta 10 euros tiene un precio de 400 o que un medicamento que cuesta 300, tiene un precio de 20.000 euros. Vacunas, antivirales, anticoagulantes, antineoplásicos, antidiabéticos o anti-inflamatorios, se venden a precios exorbitantes[1]. El precio es el principal problema para Fernando Lamata, licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad de Valencia y experto en Salud Pública y Políticas de Salud, con más de 25 años de experiencia en planificación sanitaria y gestión a nivel regional. Pero si ese es el problema, la pregunta es ¿por qué se venden esos medicamentos a unos precisos tan elevados cuyo coste no es asumible para millones de enfermos?

En primer lugar porque las farmacéuticas disfrutan de un escandaloso régimen de monopolio para fijar sus precios y una absoluta falta de transparencia a la hora de difundir sus costes en Investigación y Desarrollo (I+D) de nuevos fármacos. En segundo lugar porque se benefician de una legislación sobre uso y disfrute de patentes a todas luces injusta.

En tercero porque el actual modelo de investigación y desarrollo de medicamentos no funciona, está roto. Roto porque impide que una de cada tres personas tenga acceso a los fármacos que necesita para enfermedades tan graves como el cáncer, el sida o la hepatitis C; porque no invierte en investigar enfermedades que no son rentables, porque pone en peligro la sostenibilidad de los sistemas de salud; y porque desarrolla fármacos de escaso valor terapéutico que suponen un despilfarro de recursos públicos y de conocimiento científico. Es un modelo ineficaz, injusto e insostenible, basado en proteger la propiedad intelectual por encima del derecho a la salud, opaco y secuestrado por los intereses privados de las grandes compañías farmacéuticas[2]. Y por último, porque todo lo anterior es conocido por la Comunidad Internacional que no parece tener interés alguno de introducir cambios para que millones de personas puedan ejercer su derecho fundamental a la salud, un derecho que día tras día es violado impunemente.

Lo cierto es que poco más se puede decir sobre este gravísimo problema que a todos nos afecta, o nos puede llegar a afectar, porque todos lidiamos a diario con nuestra salud. Pero se puede hacer mucho para que las cosas cambien. Se pueden hacer cosas que, aunque muchos no lo crean, funcionan[3]. Millones de personas enferman y mueren en todo el mundo por causas que, en su mayoría, serían evitables y eso no es justo.