Domingo, 23 de julio de 2017

Ni lo uno, ni lo otro

Hace unos días, al entrar en la plaza Mayor, me detuvo, un instante, la imagen lejana de una escultura, que, de pronto, no distinguía. Me fui acercando y me percaté de que se trataba  de un elefante hincado en el suelo de una plataforma.  A mi lado, un señor la contemplaba al unísono conmigo, y se atrevió a preguntarme: “¿qué le parece la pieza?”

-Original en su forma, porque nunca, en mi vida, he visto un elefante haciendo equilibrios con su trompa, con el hechizo de que toda ella es un músculo sin hueso. Además, me da la sensación de que carece de vida y semeja más a una momia antediluviana, exhumada de las entrañas de la tierra, que a un símbolo de vitalidad, como dicen. No le veo la vitalidad por ningún costado.

Y seguí camino a mis cosas, pero mi mente seguía dando vueltas a la estatua. Y me preguntaba ¿qué tropelía habrá cometido este pobre animal, para mantenerlo en esa postura, sofocante, soportando, día y noche y todo el tiempo, con tan solo su trompa, el peso de su voluminoso y rugoso cuerpo, desgreñado y cargado de años? Tiene que estar pasando las de Caín, y así lo evidencia la necesidad de aliviarse, el pobre, a cada hora de reloj. Y, dentro de las miles de opiniones y críticas, que se verterán sobre esta gran obra creativa de Miquel Barceló, a mí me incomoda y me retrotrae a aquellos años, en que el maestro de mi pueblo me ponía de rodillas y con los brazos en cruz, porque había realizado una trastada o no había hecho los deberes o había hecho novillos, y, al final de la reprimenda del maestro, le rogaba que no se lo dijera a mi padre; y esta impresión saco, al contemplar esa figura, y así lo manifiesto, sin dañar un ápice la perfección de una obra creativa e innovadora, que tildan de modernista de moda los entendidos.

Y siguiendo al hilo de los castigos, ¡hay que ver lo que han cambiado las cosas!  Me parece que ha sido un logro muy loable el que hayan desaparecido, de nuestras aulas, los castigos físicos y psíquicos; en cambio, a su buen pesar, el propósito de enmienda tiene que prevalecer, y no  se puede calificar una simple amonestación, como una acción frustrante para un niño o adolescente;  pues mimar, en demasía, a una criatura, y no advertirla de lo que hace mal y de su infelicidad, no es educarla adecuadamente, y además de hacerle un flaco favor, que va a incidir, muy negativamente, en su formación como persona y ser social; permitir, a un niño, que obre a su antojo y, encima se le sobreproteja y se rían sus gracias, es acostumbrarle mal cara a ese mundo, que nada tiene que ver con el que le sobreguarda y apoya en el hogar.

Y, ya comienzan a verse los frutos de esa permisividad, a medida que los muchachos van creciendo y haciéndose adolescentes y más mozos; y así se coteja, cuando no les importa, a algunos, enfrentarse al profesor e, incluso, agredirlo si le suspende o le expulsa de clase o le llama al orden o le recomienda más seriedad en su comportamiento; y si no consiguen lo que les apetece, son capaces de estirarse y amenazar a sus propios padres o a cualquier persona que le reprenda o le llame la atención;  ignoran las buenas costumbres y el lenguaje honesto de la disculpa; y, ante esta arrogancia tan soez, pertinaz y bravucona, el personal se acobarda y se calla; y piensa, en sus adentros: “como esa forma de educar siga reinando, esta sociedad nuestra lo tiene crudo.