Viernes, 26 de mayo de 2017

La patria en la palabra

Este artículo lo escribí hace tiempo; sin embargo, he vuelto a él porque estoy tomando un curso en la actual sede del Ateneo Español de México, que comparte con la UNED. Sirva como humilde homenaje a quienes tuvieron que dejar atrás una España que se les quedó grabada en el acento.

A la vez que Martí, o Porfirio Díaz habían dicho aquello de: “pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”, Miguel de Unamuno, en la España decadente de 1898, también dejaba una frase lapidaria: “Me duele España”.

Ambas frases son reflejo de un nacionalismo crítico, consciente y, a mi modo de ver, incluyente. Esta manera de entender el nacionalismo es la que va a caracterizar a los intelectuales españoles del primer tercio del siglo XX. Esa visión de la patria es la que va a tener que replantearse, repensarse, tras la guerra civil, o incivil, que concluyó en 1939.

La efervescencia del pensamiento y la creación artística que caracterizó a los años veinte en España, y sobre todo a la II República Española (1931-39) se ve truncada con la llegada al poder de Francisco Franco. De un paraíso literario, de la nueva edad de oro que supuso la Generación del 27, se pasa a un páramo, a un desierto, a un vacío total. Es significativo que el primer premio Nadal se otorgara, en 1945, a una novela titulada Nada, de Carmen Laforet. Antes de Nada, solo La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela, había roto un poco el vacío. Claro, estaban los escritores del régimen, pero la mayoría eran de un nivel literario menor y, además, también estaban saliendo, apenas, de los horrores de la guerra.

Así pues, la guerra, el vacío, la búsqueda de nuevos caminos, para los de dentro y para los de fuera. Sobre todo para los de fuera. El exilio, la nueva patria.

Pedro Garfias, poeta nacido en Salamanca pero que creció en Andalucía, escribió “Entre España y México”, poema que vio la luz a bordo del Sinaia; este es un fragmento muy significativo:

 

Qué hilo tan fino, qué delgado junco

—de acero fiel— nos une y nos separa

con España presente en el recuerdo

con México presente en la esperanza.

Por eso México adquiere una especial relevancia. Porque se convirtió en esa segunda patria, en esa tierra de adopción para muchos de ellos. El Sinaia primero, y otros después, fueron barcos que trajeron personas, pero también ideas, afanes, conocimientos. El primer lugar de encuentro fue la Casa de España que, en palabras de Antonio Alatorre, fue “casa de poetas y pintores, de críticos y filólogos, de historiadores y sociólogos. Después cada uno fue cayendo en su propio sitio: cátedra universitaria, gabinete de investigación, círculo literario, casa editorial, redacción de periódico o revista”. Esos lugares fueron, por ejemplo,  la UNAM, el Colegio de México, por mencionar solo dos instituciones, que no serían las mismas sin la presencia de los refugiados españoles. Qué decir del colegio Madrid, el Luis Vives, o las editoriales Siglo XXI, Joaquín Mortiz o el propio Fondo de Cultura Económica. Todas ellas, y otras muchas son instituciones que dinamizaron la sociedad mexicana, que le dieron nuevos bríos a la vida intelectual y cultural. Todas ellas son instituciones que tienen plena vigencia en la actualidad.

En esas instituciones encontraron refugio grandes nombres, ahí pudieron transmitir, compartir todo lo que sabían. También ahí se formaron nuevos escritores, nuevos intelectuales, en un maravilloso mestizaje cultural.

Esos nombres aparecen en todas las disciplinas artísticas y del pensamiento. En la plástica, encontramos autores de la talla de Remedios Varo o Vicente Rojo. En el pensamiento, figuras como Ramón Xirau, José Gaos, Álvaro de Albornoz o Adolfo Sánchez Vázquez apuntalaron la filosofía, poniéndola a la vanguardia de los países de habla hispana.

Y, por supuesto, la literatura, de creación y ensayística. José Moreno Villa, Manuel Altolaguirre, Juan José Domenchina, Luis Cernuda, Juan Rejano, Francisco Segovia, Max Aub, Arturo Souto, entre muchos otros,  llevaron a cabo gran parte de su creación literaria en México.

Merece mención especial el apellido Díez Canedo, por Enrique, ensayista y crítico, y Joaquín Díez Canedo, fundador de una editorial, Joaquín Mortiz, imprescindible para entender la literatura mexicana del siglo XX. Joaquín Díez Canedo Flores, su hijo, es uno de los principales editores del México de hoy.

Todos ellos, y tantos otros que tuvieron que dejar su tierra, su gente, hicieron suyo México, construyeron de nuevo la vida, como pudieron, haciendo suya la ciudad en la medida de lo posible.

Los bares españoles cobraron una nueva vida en los cafés mexicanos, se reencarnaron, literalmente, por ejemplo en los cafés de chinos de la calle de Dolores y lugares aledaños. Dice Juan Rejano que los españoles llenaron los cafés mexicanos de ruido y humo.

Pero no solo los bares; lugares como el Mercado de San Juan, en pleno centro de la ciudad de México, se volvieron sucursales de cualquier mercado madrileño o barcelonés. En calles como López, o en colonias como la Vicente Guerrero, la c y la z se pronunciaron como nunca. Y se siguieron pronunciando. Y se siguen pronunciando, claro, aunque el tiempo sea implacable.

Para muchos, esa c y esa z, o ese acento catalán, o asturiano, o vasco, eran los únicos rescoldos de esa patria que el fascismo les había arrebatado. Sin embargo, estos miles de refugiados, a partir del dolor de haber perdido la patria, o de solo tenerla en su palabra, en sus palabras, la reconstruyeron en el afecto de la tierra de acogida; por eso, en México, casi cinco siglos después de Cortés, un nuevo mestizaje se iba fraguando, incluyente, sin violencia.

Y así, hasta hoy, cuando este gachupín chilango, este charro de dos orillas, regresa al Ateneo que le abrió sus puertas al llegar a México.

La vida es un círculo que se cierra y abre constantemente… para nunca cerrarse del todo.

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