Sábado, 27 de mayo de 2017

Segundo acto

Cuando supe los resultados, respiré hondo. No era solo una elección presidencial en un país vecino, aunque muy importante, ni siquiera de la segunda potencia de la UE. Era más, mucho más. Si lo indeseable hubiese ocurrido, no es que hubiera accedido un partido de extrema derecho, con raíces fascistas, a la presidencia de la República, es que se habría puesto en inminente peligro el futuro de la UE, y eso son palabras mayores. Pero, gracias a la sensatez y el espíritu democrático de los franceses, la tragedia no se ha consumado y un liberal ocupará el máximo órgano representativo de Francia.

La inteligencia del diseño constitucional de nuestros vecinos, permite que la segunda vuelta en las elecciones deje  las cosas bien claras. Si echamos la vista a los resultados de la primera vuelta, el partido de Le Pen fue segundo, rozándole los talones a Macron. Así visto, el éxito que alcanzaron fue grande, con el peligro de sobredimensionarlo, y eso lo evita el segundo round, pues permite al elector decantarse por un vencedor, y aquí todo se ha puesto al trasluz: los demócratas han obtenido el 65% frente a los cuasifascistas que solo lograron apenas el 35. De la euforia de hace una semana, los lepenistas han pasado a la desolación y casi a la desesperación, al ver que la gran mayoría de los electores franceses no está dispuesta a que se pisen ciertas rayas: la salida de la UE y del euro, la xenofobia, el nacionalismo insolidario causante de tantos males.

¿Bajada del telón? En absoluto, entramos en el segundo acto, ni siquiera el tercero. Macron no tiene un partido que lo respalde y en un mes habrá elecciones legislativas. ¿Qué sucederá? ¿Se hundirán aún más los dos grandes partidos democráticos franceses, conservador y socialista, sobre todo este último, o los votantes les aplicarán respiración asistida, dándoles una nueva oportunidad? Macron no las tiene todas consigo. En realidad, si observamos con frialdad lo sucedido, su éxito se fundamenta en los graves errores de esos partidos: un pésimo candidato de los Republicanos (Francia no aguanta chorizos) y que pese a su impresentable imagen estuvo a punto de superar a Le Pen, y un candidato de los socialistas que solo satisfacía a sus militantes (¡ojo con España y con Pedro Sánchez, no se repita la misma operación!) pero que infundía todos los miedos a quienes debían votarle. De no caer en estos disparates, a estas horas Macron no sería presidente y su vida habría tomado otros vuelos, pero la política es el arte de las circunstancias y ya sabemos que los dioses ciegan a sus predilectos.

En cualquier caso, el apasionante escenario de la política francesa apunta a prefigurar un Parlamento mucho más dividido, con dos partidos significativos que hasta ahora no pintaban casi nada: el de Macron, porque no existía, y el de Le Pen porque su crecimiento relevante puede traerle réditos en forma de escaños hasta ahora inaccesibles. Y a ellos se une la extrema izquierda de Mélenchon, que tras el cante de su abstención en la segunda vuelta, veremos si alcanza las glorias a las que aspira. ¿Y los dos grandes partidos de siempre? Creo que los Republicanos, tras su desliz, recuperarán buena parte de su poder, y en cuanto a los socialistas, me cuesta pensar  que caigan más hondo aún en el abismo. Y a ese Parlamento tan dividido le corresponderá una Presidencia que deberá cohabitar, como ya lo hicieran en su día Mitterrand y Chirac, y no les fue nada mal, a Francia tampoco.

Triunfó, por tanto, la sensatez. Emmanuel Macron no es –como ignorantemente proclaman algunos- un neo-liberal sino un liberal reformista o socio-liberal, y presidirá con inteligencia la República francesa. En su discurso tras la victoria, tuvo la lucidez de plantear como reto la superación de la división entre los dos grandes segmentos del electorado. Eso exige medidas de profundo calado que no lleven a la desesperación a quienes en este momento son enemigos del sistema porque se sienten desamparados. Ojalá sea así, por el bien de Francia…y de Europa. Esperemos al tercer acto.

Marta FERREIRA