Lunes, 20 de noviembre de 2017

San Pedro de Pascua: Vidente, Convertido, Amigo

No hablo aquí del Pedro pre-pascual, a quien Jesús llamó Piedra (¿duro, vacilante, como guijarro del camino), Satanás (tentador, contrario a los pensamientos de Dios) y Negador, anunciando que le negaría (como hizo) por tres veces.

Aquí presento más bien a San Pedro Pascual (Pedro de la Pascua), el apóstol de Jesús (no el santo mercedario de ese nombre, martirizado en Granada el año 1300). Ciertamente, la Iglesia no es Pedro, sino Jesús. Pero Pedro es importante en el principio y en la historia de la Iglesia, y así quiero presentar sus tres notas más características, en el principio de la iglesia, y también en el momento actual, fijándome de un modo especial en el Papa francisco, a quien veo también (quiero ver) como el vidente, convertido y amigo.

1. Pedro es, ante todo, un "vidente", alguien que ha visto a Jesús, como dice Pablo en 1 Cor 15. Aprendió a verle de un modo distinto, en pasión interior de "afirmación", más allá de una pura "mindfulness", en transparencia radical.

2. Pedro es además un convertido: alguien que aprende a pensar de un modo distinto, en la línea de una fuerte meta-noia, de una transformación del pensamiento y de la vida. Pedro se ha dejado "dar la vuelta", como un calcetín a quien el mismo Dios pone al derecho, pata que así sea y viva al servicio de los otros, desde el Cristo.

3. Pedro es finalmente el amigo. no un amigo más en el montón, sino el amigo a quien Jesús confía una tarea y testimonio de amistad que, en lenguaje antiguo se llama cuidar a las ovejas y en lenguaje evangélico amarlas, amar a los demás, sino más oficio ni ejercicio que ese.

Videntes, convertidos, amigos... Eso hemos de ser los cristianos. En esa línea quiero retomar la experiencia pascual de Pedro, que supo ver, convertirse y amar.

Imagen 1, de Frère Yves, Jesús "lava" a Pedro, le convierte
Imagen 2,de Duccio, Jesús llama a Pedro Amigo en la barca pascual

  1. PEDRO, EL VIDENTE.

La tradición cristina ha sabido (y no se ha esforzado en ocultarlo, sino todo lo contrario), que los Doce abandonaron de algún modo a Jesús, cuando éste fue juzgado y condenado, a pesar de que habían sellado con él su compromiso en una cena de solidaridad. Parece seguro que Simón le negó de un modo especial, no por simple miedo (que también pudo tenerlo), sino por discrepancias de fondo sobre su mesianismo, porque «se dejaba» juzgar y matar, en vez tomar el poder y defenderse (cf. Mc 14 y paralelos).

Jesús murió abandonado, sin que sacerdotes y soldados juzgaran necesario crucificar a Simón/Pedro y a los otros miembros de su grupo, con algunos «bandidos», reos comunes o miembros de la resistencia, ajenos a su causa. Entre los seguidores de Jesús sólo unas mujeres parecen haberle acompañado hasta el final (cf. Mc 15, 40-47 y paralelos), aunque no pudieran sepultarle según rito. Lógicamente, la historia mesiánica de Simón podía haber terminado ahí.

Pero la amistad de Simón hacia Jesús (y de Jesús hacia Simón) fue más poderosa que las razones religiosas y sociales, que estaban de parte del Sumo Sacerdote (aliado en este caso a los romanos). El amor superó a la lógica y Simón descubrió la «verdad» de Jesús crucificado.

En este contexto se entiende la confesión fundacional de la iglesia cuando afirma que Simón “vio” a Jesús tras su muerte. Al situarse ante el conjunto del mensaje y de la vida de Jesús, a quien él había amado y negado, Simón descubrió su verdad y le vio de forma nueva (cf. 1 Cor 15, 5 y Lucas 23, 34). Esta “visión” pascual de Simón no fue una alucinación estéril, como son la mayoría de las visiones de muertos, ni una aparición espectacular (de apariciones espectaculares está llena la historia), sino el descubrimiento de una presencia personal, la revelación del Dios Abba-Padre que se manifiesta por un crucificado.

Esta fue la experiencia de Simón, que vio (=encontró) a Dios en su amigo crucificado, descubriendo con sorpresa emocionada que, a pesar de que él le había traicionado, Jesús le seguía ofreciendo, de parte de Dios, la tarea del Reino (la tarea de su vida), como lo había hecho en los años anteriores. Fue una experiencia más honda, que Simón asumió y expandió, compartiéndola con otros, que tuvieron también una semejante, para recrear y expandir la buena nueva o evangelio de la gracia de Dios. Simón se dejó enriquecer por la experiencia de la mujeres y con ellas (por ellas) supo ver a Jesús resucitado.

2. PEDRO, EL CONVERTIDO

Pasados quizá cincuenta años, el evangelio de Lucas recrea la experiencia pascual de Simón, a quien no presenta como Pedro/Roca (a diferencia de Mt 16, 16-19), cimiento y escriba primero de la iglesia, sino como el primer convertido, que confirma a sus hermanos

Simón, Simón, Satanás ha conseguido zarandearos como a trigo;
pero yo he rogado por ti, para que tu fe no falte;
y tú, una vez que retornes, confirma a tus hermanos (Lc 22, 31).

Esta palabra, vinculada a la triple negación (Lc 22, 34), evoca, sin duda, la experiencia pascual en la que Pedro aparece como promotor y garante de un nuevo encuentro de los discípulos con Jesús crucificado. La experiencia pascual de Pedro aparece así como una conversión o transformación personal (debe superar el escándalo de la cruz y el "pecado" de las negaciones) y se expande en su labor fortalecimiento eclesial (debe animar y mantener la fe de los hermanos).

Pedro, el convertido, ha realizado bien su tarea, retomando el camino de Jesús, para compartirlo con el resto de la Iglesia. De esa forma, el evangelio de Lucas le integra en la tarea de todos los discípulos (entre los que deben contarse las mujeres) que aparecen como destinatarios de la experiencia pascual y encargados de la misión cristiana (Lc 24).

En la segunda parte de su obra (Hechos), Lucas ha trazado la primera historia teológica de la iglesia, destacando la tarea básica de fundación, animación y mediación de Pedro (Hech 1-11) hasta el «Concilio de Jerusalén» (Hech 15), donde actúa como medianero entre Santiago y Pablo, garantizando la unidad de la iglesia, de una forma que resulta en algún sentido paralela a la señalada por Mateo (Mt 16, 17-19), aunque la palabra final la tenga Santiago (como es lógico desde la perspectiva de la iglesia de Jerusalén).

3. PEDRO, EL AMIGO

Hacia el año 100 d. C., el evangelio de Juan presenta a Pedro como garante de una misión universal que se funda en la pascua de Jesús y lleva a los creyentes desde el Mar de Galilea a todos los pueblos de la tierra, en compañía del Discípulo amado (Jn 21).

En el comienzo del relato (Jn 21) está Simón Pedro que dice voy a pescar, encabezando un grupo de Siete discípulos (no Doce), con Tomás, Natanael, los zebedeos (Santiago y Juan) y otros dos cuyos nombres no se dicen (Jn 21, 2). Uno de ellos, a quien la tradición posterior identificará con Juan Zebedeo, es el Discípulo amado. El tiempo de los Doce testigos de las tribus de Israel ha terminado, y también el de Santiago de Jerusalén. Estamos en el tiempo de los Siete (entre ellos Pedro y el Discípulo amado).

Subieron a la barca y esa noche no pescaron nada. Amanecía y estaba Jesús a la orilla, pero los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo:«¡Muchachos! ¿Tenéis algo de comer?». Respondieron: «¡No!». Él les dijo: «¡Echad la red a la derecha de la barca y encontrareis!». La echaron y no podían arrastrarla por la cantidad de peces. Entonces, el Discípulo al que Jesús amaba dice a Pedro: «¡Es el Señor!». Y Simón Pedro, oyendo es el Señor, se ciñó el vestido y se lanzó al mar (Jn 21, 3-7).

Pedro ha dirigido la faena, pero no conoce aún a Jesús, no le distingue en la noche, de manera que parece incapaz de discernir lo que está haciendo (la verdad de la pascua). Por el contrario, el Discípulo amado ha conocido a Jesús en la noche y sabe lo que pasa y se lo dice a Pedro, compartiendo de esa forma su experiencia con los compañeros de la barca.

Pedro dirige la faena (en la línea de lo que podrá hacer luego el Papa de Roma), pero depende de los otros y especialmente del Discípulo amado, y no sólo de Jesús que espera en la orilla, recibiendo los peces que traen los discípulos y ofreciéndoles el pan y el pez del Reino. Pues bien, la pascua de Pedro es una experiencia de amor:

Después que comieron, Jesús dijo: «Simón, hijo de Juan ¿me amas más que estos?». Le dijo «¡Sí, Señor! Tú sabes que te quiero». Le dijo: «¡Apacienta mis corderos!». Por segunda vez le dijo: «Simón, hijo de Juan ¿me amas?». Le dijo: «¡Sí, Señor! Tu sabes que te quiero». Le dijo: «¡Apacienta mis ovejas!». Por tercera vez le dijo: «Simón, hijo de Juan ¿me quieres?». Se entristeció Pedro, porque por tercera vez le había dicho ¿me quieres? Y le dijo: «¡Señor! Tú lo sabes todo, sabes que te quiero». Y le dijo:«¡Apacienta mis ovejas!» (Jn 21, 15-17).

Hasta ahora Pedro había sido pescador, esto es, misionero (cf. Mc 1, 16-20). Pues bien, ahora aparece como animador-pastor-amigo de la comunidad reunida en torno a Jesús. La tradición israelita habla de los pastores bandidos (desde Ez 34 hasta las Visiones o Sueños de 1 Henoc 83-90 y el mismo Jn 10, 7-13). Pues bien, en contra de eso, Jesús quiere que Pedro sea pastor-amigo, sin más autoridad o poder que la del amor. Ésta es su experiencia de pascua.

La experiencia de pascua aparece así como principio del ministerio cristiano de Pedro y de aquellos que le sigue. Por eso, Jesús le empieza preguntando ¿me quieres? No hay más aprendizaje cristiano que el amor. No hay más experiencia pascual que amar a Jesús y acompañar en amor a los demás.

Pedro ha negado tres veces, ha tenido miedo (como los pastores que ven al lobo en Jn 10, 12) y ha dejado a Cristo, olvidando su palabra y compromiso (cf. Jn 18, 15-18 par), en una historia tejida de traición y negaciones. Pues bien, Jesús le pregunta por tres veces ¿me quieres?, para confiarle después una tarea: la tarea del amor, que es la tarea de pascua. Al llegar aquí, la función de Pedro se identifica con la del Discípulo Amado, es decir, con la función de las mujeres de la pascua. Quien ama como Jesús sabe que Jesús ha resucitado.