Viernes, 22 de septiembre de 2017

Se multiplican los Ivanes

Era mayo de 2001. España, decían nuestros gobernantes, era un país rico, mejor dicho, riquísimo. Para que ningún español dudara de su mensaje, se gastaban verdaderas fortunas en elecciones, las obras públicas no acababan nunca, los ayuntamientos invitaban a grandes festejos para celebrar las cosas más absurdas que puedan celebrarse, se multiplicaba por muchos el número de cargos en todos los ministerios, se creaban servicios que solo servían para colocar amigos y afines al partido, los bancos, siempre que el cliente no fuera solvente ni se vislumbrara la posibilidad de que podía serlo, además de concederle un préstamo para el piso, le habilitaban otro para los muebles, se pactaban altas jubilaciones anticipadas, se pagaban millonarias indemnizaciones a los más privilegiados, se les organizaba excursiones a los pensionistas para que no se aburrieran, viajes a cuatro perras, etc, etc, etc. Pero en medio de tanta abundancia, de tantas serenatas de gaita y tamboril para callar voces, de tanta generosidad, para otro medio, tuve que escribir, sin más invento que el nombre del protagonista, las siguientes líneas:

Mi querido Iván: Tú a mí no me conoces, pero yo a ti sí. Fue el domingo, por casualidad, en la iglesia donde hacías la Primera Comunión con otros niños y niñas.

     Todo parecía normal, niños muy guapos, padres orgullosos, invitados sonrientes, pero nada más comulgar el sacerdote os invitó a pedirle algo a Dios y tus compañeros, papel en mano, desfilaron para pedirle saber ser siempre buenos cristianos, coherentes con sus compromisos, tolerantes con los demás, solidarios, defensores de la justicia, de la verdad... ¡Qué sé yo! Esas cosas que empezamos a exigiros los mayores cuando dejamos de practicarlas. Y de pronto surgiste tú, tranquilo, sin miedo, te olvidaste de cuanto te habían escrito y dijiste sencillamente: “Yo le pido trabajo para mi padre”. Y el silencio se impuso a las palabras.

     No sé si aquello fue un ruego, una orden o una súplica, pero sí sé que nunca una oración me había dolido tanto, porque cuando alguien recurre a Dios es porque los hombres le han defraudado, y nueve años me parecen muy pocos para sentirse tan hombre entre tantos derechos. Y pensé en los sindicatos, presumiendo de defender a los trabajadores, y pensé en los grandes empresarios, obteniendo ventajas para crear empleo, y pensé en tantos y tantos políticos cobrando un sueldo importante para arreglarnos la vida, y pensé en tantas familias afectadas por este problema, en tantas cosas a medias de hacer, sin resolver, y no entiendo que en una iglesia de Ávila un niño tenga que pedirle a Dios trabajo para su padre y nadie se pregunte qué hay de cierto entre tantos derechos, entre tanto progreso.

     Han pasado 16 años. Dicen nuestros gobernantes que estamos saliendo de la crisis a pasos agigantados, de esa crisis que solo veía venir Iván. Estamos en el mes de mayo. Muchos de nuestros niños hacen, en estos días,  su primera comunión. Seguramente no habrá ninguno que en un arranque de espontaneidad le pida a Dios lo que le pidió él, pero son muchos más los Ivanes que tienen razones para hacerlo, porque el número de padres que han perdido su empleo, diga lo que diga doña Fátima Ibáñez, que la buena mujer no parece pensar mucho, ha crecido y no tiene visos de dejar de crecer. ¿Sabrán nuestros gobernantes los estragos que estas situaciones causan en nuestros niños, en esos niños que dicen querer proteger? Seguro que no, porque si en 2001 no se enteraban de que estaban provocando la crisis, y ahora ven que estamos saliendo de ella, es que solo quieren enterarse de lo que dicen sus estadísticas.