Domingo, 23 de julio de 2017

Victoria Andrada, madre

A mis hermanos Manolo y Victoria

Antes que asciendan nubes y palomas hacia tus ojos y te acoja el frío feliz de los inviernos que no vuelven, quiero quedarme en tu alma a descansar. Charlar contigo es disolver el tiempo en una crema de melancolía que impregna lo que flota en torno a mí: fotografías que dibuja el viento, sonidos cristalinos de un desván donde aún vigila el cielo la bondad somnífera de las salamanquesas que a ti, no obstante, tanto te asustaban. Siguen bajando ratas luminosas por los peldaños audaces del silencio que había en la cámara.

Hablas muy despacio y en tu susurro débil veo los cántaros arracimados junto a la cocina, el pan crujiendo en la azul penumbra de la despensa donde se abrigaban las mariposas al morirse el día. En la bodega ardía tu resplandor de madre antigua bendiciendo el agua secreta de los vasos bautismales. Te desdibujas, pero luego vuelves con tu memoria intacta a consagrar la luz del patio donde fructifican los gorriones de mi soledad. Tanto dolor para soñar despierto con tus pisadas limpias, diamantinas, correteando en la humedad violeta de aquellas tardes cálidas de abril que tú encendías con tu voz de almendra.

Vuelo hacia entonces, madre, y los racimos de la felicidad que deshojaba la parra de mi miedo vespertino muestran la fe de la alta claridad que antaño desviaban las avispas zigzagueando como astronautas frágiles en la galaxia de mi corazón. Tú estabas siempre allí como un sol grande dando sentido y forma a los veranos que sigo custodiando en mis entrañas. Me sigues abrazando como entonces, quizá con menos fuerza y menos ímpetu; pero sí, en cambio, con la profundidad que abraza el viento el fondo de una nube.

Tu amor me invade y sigue traspasándome. Por eso bebo ahora, en este instante, en la profundidad dorada y suave de la ternura que arde en tus palabras cuando me llamas hijo, y te respondo desde muy lejos, desde el laberinto celeste donde vuelan como nubes perdidas sobre un cielo inmarcesible las horas sin final de aquel misterio que tú a diario, entonces, edificabas dando sentido y forma al viejo patio donde aún vigila intacta mi niñez, esa que tú cuidaste tanto, madre. Nunca puedo olvidarte, aunque esté lejos. Los ruiseñores de tu voz me llaman. En este día tú eres el blanco armario recóndito y sereno, siempre exacto, donde subyace azul todo mi amor.