Viernes, 22 de septiembre de 2017

Libros

Tenía una sorna rápida e inteligente, aunque nunca supo leer ni escribir. Sabía de la vida. Había vivido en el centro siempre y durante mucho tiempo tuvo una de esas tiendas antiguas en que el escaparate era la calle. Se veía más de dentro para afuera. Y en absoluto era necesario mostrar la mercancía al exterior. Quien quería lo que ella vendía, simplemente entraba y decía: “¿Hay alguien?”. Ella salía de la trastienda, que era su casa, probablemente con el delantal puesto pues estaría haciendo la comida. Era cuando no había horario ni calendario, y cuando venía el cliente, tal vez de otro pueblo, era siempre con motivo fundado de que allí iba a encontrar lo que quería. También porque sus pretensiones eran modestas. Nadie venía a pedir lo que hubiera visto en anuncio alguno, ni a buscar marcas refinadas de nada… Bueno, marcas tal vez sí, porque eran pocas. Eran los tiempos de sota, caballo y rey…

En esa concentrada vida urbana de un entorno rural, la calle principal era el lugar del paseo, donde todos lucían sus mejores galas, mucho más si era fiesta, y entonces fiestas había muchas. Ella, en los días que le tocara, organizaba la partida con sus amigas y parientes, muchas de ellas viudas, como ella misma. Y disfrutaban todas al ver pasar a la gente, sobre todo a la hora de la salida del cine, en que se paraba la partida para mirar quién pasaba y con quién. No digo que faltaran algunas maledicencias, porque uno mismo, como niño pequeño que rondaba por ahí era testigo de ese entretenimiento venial y mundano, fascinado por la variedad del mundo que aparecía por esa vidriera en la que se concentraba el panorama leve de lo que aún no me parecía un pueblo pequeño.

Con frecuencia, a la hora de comer, como era costumbre en esos tiempos, entraba un viajante a la tienda. “¿Quién es?”, decía ella por detrás de una amplia cortina donde tenía su hogar. No era requerimiento de identificación, sino parte del rito cotidiano. Si era alguien local o de sus entornos, que conociera las reglas no escritas, contestaba con una fórmula ancestral, que procedía de más allá del medievo: “Criados vuestros”. “Ahora voy”, replicaba ella. Todo esto en la lengua del lugar, que era la única que se hablaba en estas escenas. Pero el viajante, ni conocía las costumbres, ni los códigos sociales, ni siquiera la mayoría de las veces hablaba el mismo idioma, y pretendía que los demás se adaptaran a él. Como muchas veces se trataba de comprarle la mercancía al mejor precio, esa adaptación, aunque era obligada, parecía natural. Y allí ella desplegaba su habilidad negociadora, sin que su limitado conocimiento de la lengua del vendedor le supusiera dificultades graves para su propósito.

Un día el que entró era una especie de misionero en tierra extraña, y cuando se le preguntó quién era, éste respondió ni más ni menos que “un vendedor de libros”. Ya se ha adelantado que nuestra entrañable protagonista nunca leyó un libro en su vida, aunque tampoco le hizo falta, como ocurría sin duda a la mayor parte de sus compañeras de partida. De ahí que contestara, sin el más ligero asomo de ironía: “¡Ya tenemos!”. Lo cual debía ser verdad, porque alguno había en alguna pequeña estantería. Con lo que el frustrado visitante -muy leído, aunque pasmado-, se dio la media vuelta y salió a la calle sin saber qué contestar.