Viernes, 28 de julio de 2017

Madurar para el amor, la educación cristiana 

 

Hablé ayer de pastoral para el amor, en la línea del evangelio de Juan. En ese contexto, aprovechando un pequeño curso que acabo de ofrecera los profesores de religión de Palma de Mallorca (5-6 mayo 2017, cf. http://www.cesag.org/estudios/formacion-profesorado-religion-secundaria/), quiero comentar, criticar y reformular el lema del medallón más famoso de la historia de la educación hispana.

Se trata de la leyenda del medallón central de la Universidad de Salamanca (esculpido el año 1520), en torno al busto de los reyes patronos (Isabel y Fernando) con sus signos (yugo y flechas). La leyenda consta de dos frases, escritas en griego:

‒ Hoi basileis tê enkiklopaideia (los reyes para le enciclopledia, es decir, para la enseñanza universal, para la universidad)

‒ Autê tois basileusin (ésta, es decir, la enciclopedia, para los reyes). La universidad anterior (fundada hace 800 años: 1218) se situaba en un contexto eclesial (en el patio de la catedral)... Este nueva Universidad quiere ponerse al servicio de los reyes, sus patronos.

Eso supone que la Universidad (es decir la gran paideia o educación) está al servicio de la Corona (y por su parte la Corona al servicio de la enseñanza). Pues bien, en contra de eso, conforme a una visión cristiana y/o humanista de la vida, debemos responden que la Universidad o Paideia no está al servicio de los reyes (o sus equivalentes: patronos, gobernadores, mecenas capitalistas), sino de la madurez de las personas y el amor mutuo de todos:

‒ Aquellos reyes “católicos” quisieron proteger a la Universidad o Enciclopedia (enseñanza general, en el sentido de paideia, educación), no sólo con dinero, sino con su mismo prestigio real, pero no lo hicieron por altruismo, sino con el fin de que la Universidad de apoyara.

‒ En esa línea, la Universidad/Enciclopedia debería ponerse al servicio los reyes, promocionando a la Corona, sobre todo con el estudio del Derecho Civil y Eclesiástico (y formando buenos administradores reales). Ciertamente había más facultades (medicina, ciencias, teología…), pero subordinadas al Derecho, es decir, a la unión del conocimiento y de poder.

Ciertamente, los tiempos de ese medallón (1520) con su doble lema han cambiado, pero la estructura de fondo de la educación al servicio del poder ha pervivido hasta tiempos muy recientes, y sigue dominando todavía. Así, poniendo un ejemplo, podemos decir que han cambiado muchas cosas, tanto en un plano religioso como político, pero continúa vivo el debate sobre las asignaturas que han de estar dedicadas a la educación social (para la Ciudadanía, para la Ética o la comunión religiosa).

Pues bien, en contra de toda manipulación, al servicio del poder, la educación en sí no puede estar al servicio de otra cosa, ni de los reyes (que a principios del siglo XVI eran Isabel y Fernando), ni de una religión determinada, ni de un sistema económico… sino de la libertad de cada uno y de la vida, de la igualdad y comunión humana.

Siguiendo en esa línea, he de añadir que la finalidad de la educación no es tampoco la Iglesia en sí, ni siquiera el cristianismo, ni la religión en general, sino la vida en concordia (=amor) entre hombres y mujeres, entre pueblos y pueblos, es decir, la convivencia al servicio de la nueva humanidad en amor, como indica con toda claridad el Evangelio
(he tomado el tema de mi libro Jesús educador, Khaf, Madrid 2017).

1. Educar para el “amor” (para la madurez de la vida)

La educación ha de estar dirigida ante todo al amor, en el sentido radical de la palabra. No sólo para la co-existencia y con-versación en general, sino para que los hombres puedan dialogar y vincularse, en el sentido que esa palabra ha tomado en el evangelio, donde Jesús habla de amar a Dios y al prójimo.

En esa línea se debe insistir no sólo en la exigencia de la educación afectiva, desde la perspectiva del hombre y la mujer (diferencia y complementariedad sexual), de los padres y los hijos, de los hermanos y amigos…, sino en la del amor social, en línea de justicia y misericordia, de igualdad y fraternidad. No se trata de crear escuelas separadas para cultivar valores afectivos, pero, en un sentido extenso, todas las escuelas han de hallarse abiertas a la maduración amorosa, en línea personal y social.

La verdadera educación ha de capacitar al hombre o mujer para la madurez personal, la convivencia y el trabajo. Sólo en esa línea podremos abrir nuevos caminos de humanidad, superando el riesgo de destrucción en que nos encontramos (año 2017). Ciertamente, hay que educar para la excelencia (ser mejores) y para la competencia (crear personas capaces de insertarse en un contexto social conflictivo). Pero más que el triunfo de algunos importa la comunión de todos, a fin de caminar juntos, compartiendo trabajos, afectos y tareas. :

‒ No se trata de educar para el poder, con escuelas para dirigentes políticos, sociales o económicos, en contra de lo que parecen suponer incluso algunos cristianos, que siguen creando escuelas caras para formar “líderes” capaces de dirigir a los demás, y transformar de esa manera, desde arriba, al resto de los ciudadanos. Esa finalidad, por valiosa que sea en otro plano, va en contra del ideal expreso de Jesús, que no quería líderes sociales o políticos, sino servidores de todos (Mc 10, 35-45).

‒Tampoco de trata de educar para la obediencia, a fin de que las masas se sometan a las directrices superiores de una casta o clase superior de gobernantes. Algunos se han atrevido a decir, sobre todo en el siglo XIX y principios del XX, que sería mejor “no educar”, mantener ignorantes a las masas para que no puedan alzarse en contra del poder establecido. Pero esa actitud se opone al mensaje de Jesús, que no quiere el sometimiento o sumisión de unos a otros, sino la comunión de todos.

En sentido estricto, la escuela cristiana ha de educar para el amor y el servicio mutuo, no sólo para que caminemos juntos, unos al lado de los otros, colaborando en la marcha (en el trabajo realizado), sino para que compartamos el fruto de trabajo. Esta enseñanza sólo es posible allí donde, por encima de la posesión de bienes materiales, se valora y disfruta la comunicación de las personas: Que los bienes sean un medio de encuentro y comunión, sabiendo que lo más valioso para un hombre o mujer es otro ser humano.

Eso significa que los trabajos y los bienes conseguidos importan y valen en la medida en que pueden crear y crean espacios de comunicación y vida compartida. Éste fue y sigue siendo el descubrimiento fundamental de la “escuela” de Jesús, tal como se expresa, por ejemplo, en las multiplicaciones (Mc 6, 35-44 y 8, 1-12 par.), por las que descubrimos que los panes y los peces sólo valen de verdad allí donde se comparten.

El centro y meta de la educación cristiana consiste en “formar” hombres y mujeres en salud, para que, trabajando unos al servicio de los otros, puedan compartir de esa manera vida y bienes. Ciertamente, ha crecido en los últimos siglos el impulso a la propiedad particular, propia de una cultura posesiva, donde cada uno se siente valorado (asegurado) por aquello que tiene, en contra de una cultura anterior de grupo o tribu donde la propiedad particular era secundaria, pues no garantizaba la vida de los individuos, ya que cada uno dependía esencialmente del grupo o tribu, de forma que ninguna otra riqueza podía asegurar la vida de los individuos.

Educar para ser personas

Han pasado los siglos, han crecido las desigualdades y la misma educación se ha puesto al servicio del poder de algunos, con las consecuencias bien conocidas del capitalismo divinizado de la actualidad. Pues bien, en contra de ese duro realismo capitalista (centrado en Dios Mamona: Mt 6, 24), Jesús ha destacado el valor divino de la comunicación, educando a los hombres para coexistir, cohabita, conversar, de forma que la vida sea esencialmente convivencia:

‒ Co-existir, que sean otros. Ésta es la primera finalidad: Educar para el respeto mutuo, cada grupo en su propio espacio, sin que algunos (los más fuertes) ocupen el espacio de los otros, de forma que pueda surgir una co-existencia pacífica, un mosaico de razas o castas, culturas y religiones, como mundos separados, espacios “estancos”, sin penetrar unos en otros. Ciertamente, la coexistencia tiene mucho valor, frente al afán de conquista que ha dominado y sigue dominando nuestro mundo.

Se trata de no invadir a los demás, de permitir que otros sean diferentes, cada uno en su espacio, renunciando al dominio de unos sobre otros. En esta línea parecían moverse aquellos judeo-cristianos, que optaron por la existencia de grupos distintos en la misma Iglesia: unos de origen judío, otros, gentil, sin mezclarse en las celebraciones. Pero la mayoría de los cristianos descubrieron pronto que esa experiencia resultaba a la larga, insostenible, no sólo por la movilidad de los grupos y el deseo de comunicarse unos con otros, sino por impulso de evangelio.

‒ Co- habitar, ser unos en otros. Se trata no sólo de existir unos al lado de otros, sino de “habitar con”, compartiendo espacios y tiempos de vida (de oración, de comidas…). Ésta fue la experiencia y lenguaje de Pablo, tal como se expresó en las cartas de su escuela (Colosenses, Efesios), donde se multiplican las “palabras-con”, que muestran la vinculación de los creyentes, que han sido co-vivificados por Cristo (Ef 2, 5), siendo co-partícipes, co-corporales (Ef 3, 6), formando así una koinonía o communio, fundada no sólo en la participación de unos mismos dones y tareas, sino en la comunión integral de unos en otros y con otros. Se trata, pues, de crear una casa común para habitar, una tierra de todos, sabiendo, al mismo tiempo, que cada uno es casa y vida para el otro, de manera que todos forman (formamos) un cuerpo (cf. 1 Cor 13; Rom 12).

‒ Con-versar, ser dialogando. Educar para el diálogo. Cohabitamos y creamos un cuerpo no por simple participación de bienes y comida, sino de un modo especial por el lenguaje, que es nuestra riqueza máxima, de manera que podamos comunicarnos, de un modo directo, no sólo por la conversación de los cuerpos, sino por la comunicación de la vida personal, a través de la palabra en la que somos y habitamos. En esa línea, el primer elemento de la educación es el conocimiento y cultivo real de la palabra. Educarse es dialogar, escuchar y hablar, pues en el principio era y sigue siendo la palabra (cf. Jn 1, 1), de forma que la revelación suprema de Dios ha venido a expresarse en la encarnación de la palabra, no sólo en el hombre Jesús (Jn 1, 14), sino en cada uno de los hombres y mujeres. Sin un buen aprendizaje y uso de la palabra, sin una educación para el diálogo la humanidad acabará destruyéndose a sí misma.