Jueves, 27 de julio de 2017

Fardos

Todo se vuelve símbolo.

            En varias ocasiones, a lo largo de estos últimos meses, hemos contemplado por televisión esas lancinantes mareas humanas, en el paso ceutí del Tarajal, con mujeres apiñadas y empujándose, soportando en sus espaldas fardos imposibles de mercancías, para ganarse la vida de ese modo.

            Y, al ser arreadas, de modo indigno, como mero ganado, las prisas, el peso de los fardos y la falta de espacio, más las vallas metálicas como obstáculos, hacen que algunas terminen cayendo y siendo aplastadas, hasta terminar muriendo en algún caso, por los demás cuerpos, que tratan de salir a salvo del embudo.

            Todo un símbolo, también, del mundo en que vivimos. De esa lucha despiadada por la vida, de ese individualismo feroz, de esa falta de apoyo mutuo, de esa moral del sálvese quien pueda, que tantas desgracias trae.

            Y tales imágenes, tan desgraciadas, se contraponen en mí a otras que contemplo día a día, en el primero momento de la mañana. Al tiempo que voy al archivo histórico a investigar, los padres y las madres, los abuelos y abuelas llevan a sus niños y niñas al colegio, los acompañan para que se instruyan en esos ámbitos civilizadores que son los centros educativos.

            Y, entre tales adultos, observo también a mujeres posiblemente marroquíes, cubiertas con sus velos, que llevan a sus niños y niñas a ese mismo colegio. Estos niños y niñas llevan a sus espaldas unas pequeñas mochilas, con muy escaso peso, decoradas con iconos de la cultura de masas de nuestro mundo (‘spiderman’, el hombre araña y otros por el estilo). Dentro de tales mochilas, llevarán cuadernos y lápices para escribir y rotuladores para dibujar y libros para leer…, esto es, un hermoso fardo para acceder a la cultura y a una vida digna.

Y cada mañana, al contemplar esta imagen integradora y civilizadora, siento íntimamente que tales fardos son los que necesitamos, para edificar un mundo más humanizado y más digno para todos. Pues los otros, con esas escenas tan dolorosas, pisotean la dignidad de todos.

Todo se vuelve símbolo.

Cuántos fardos y fardos hemos de soportar, en ocasiones sin percibir que cargamos con ellos. Como, por ejemplo, esa concesión, para mantenerse en el poder, de una cantidad millonaria otorgada a una comunidad autónoma, que así tiene saneada su fiscalidad –según sus mismos negociadores indican– por dos o tres lustros, y que hemos de pagar todos, y que han de pagar, por ejemplo, los recortes en educación, que se sitúan en un nivel de hace veinte años, debido a lo cual, por mucho que las palabras cacareen otros mensajes, vamos para atrás y nuestros niños, adolescentes y jóvenes pierden oportunidades y recursos, que tendrían que estar destinados a ellos.

            Todo se vuelve símbolo. El de los fardos es muy de nuestro tiempo. Con cuántos de ellos cargamos, aunque nos pasen desapercibidos. Aunque miremos (otro mal moral de nuestra época) sistemáticamente para ora parte.