Lunes, 20 de noviembre de 2017

Razones por Tierra de Campos

29/abril/sábado

 

  Temprano acudo con mi hija Celeste a Medina de Rioseco. Desde allí partirá la Primera Marcha por el Desarrollo Sostenible de Tierra de Campos. Una forma sencilla de defender el patrimonio de esta comarca que se extiende por  las provincias de Palencia, León, Zamora y Valladolid. Una zona castigada por la despoblación, abandonada a su suerte desde hace muchos años, siglos incluso, y sin perspectivas de un futuro halagüeño. Su origen está, según Simón Guerra en su libro “Tierra de Ur”, en los Campus Gallaeciae (Campos Galaicos), primer topónimo documentado que alude a esta comarca. Posteriormente se le denominó Campos Góticos (Campi Gothici o Campi Gothorum), extensión de vital importancia para el Reino Visigodo, ya que aquí se asentó gran parte de esta población a finales del siglo V cuando fue expulsada del sur de la Galia por el expansionismo de los francos. Los visigodos se dispersaron después por otras partes de la antigua Hispania y se asentaron de forma más firme en Toledo, ciudad que convirtieron en la capital de su reino.

    Tierra de Campos es una comarca natural sin fronteras cerradas o marcadas por los mapas geográficos porque hay pueblos y tierras cercanas a lo que se considera “exclusivo” de la zona que también pudieran ser incluidos en esta comarca. El escritor terracampino leonés, Jesús Torbado, recorrió gran parte de la comarca a pie cuando contaba con 25 años y escribió el libro “Tierra mal bautizada”. En la primera edición de este trabajo publicado en Seix Barral, Torbado publicó un mapa de su recorrido que ha servido durante mucho tiempo como referente para enmarcar la zona con unas fronteras relativas, inseguras, para un contexto unificado y definitivo. En cualquier caso las características de Tierra de Campos son propias y muy definidas: relieve, suelo, paisaje, vegetación y clima son semejantes, o iguales, mezclándose en sus pueblos y ciudades lo mismo iglesias, castillos y palacios construidos en piedra con otros elementos en adobe, como casas, palomares o tapiales. Tierra inspiradora para pintores y poetas del XIX y el XX, tiene una orografía llana pero cargada de oteros y pequeños cerros, con caminos rectos rotos por muchas curvas. Su cielo, alto y luminoso, abierto, infinito, cielo al fin y al cabo, suele ser rácano para la lluvia. Sus ríos son cortos y poco caudalosos, como el Cea, el Valderaduey o el Sequillo. Sus márgenes albergan alamedas de sombran frescas para amortiguar veranos muy calurosos. Tiene enormes charcas y grandes lagunares como en Paredes de Nava, Villafáfila o Tamariz de Campos, donde se reúne una fauna extraordinaria, como la avutarda, gran ave de vuelo lento y pesado, desconfiada a la civilización, santo y seña especial de estos pagos. El águila, el halcón, el aguilucho o el milano conviven también con la perdiz roja y la paloma, o la liebre, escurridizo animal que encuentra en los encinares, pinares y viñas sus mejores perdederos ante el acoso frecuente del galgo corredor, espoleado por cazadores muy dados a esta afición en estas tierras de amplios horizontes.

   El inicio de la marcha se convocó en el Convento de San Francisco de Medina de Rioseco. Allí estaba en primera línea el lebrel Faruk de la Tata, del club El Rebeco de León, y residente en Cuenca de Campos, que recientemente se proclamó vencedor del 79 campeonato de España de galgos de campo, o sea, que ganó la Copa del Rey, lo que le acreditó como el mejor galgo de España ante 12000 personas en Osuna, Sevilla. Tres carreras y dos años necesitó este galgo negro, macho, para alzarse con el título que volvió a Castilla y León dos años después de que la galga Lagartija de la Maluca, del club Napoli de Zamora, se impusiera en la final celebrada en 2015 en Madrigal de las Altas Torres (Ávila).

     Gente de esta comarca, nacidos en estos pueblos de pan llevar, de trigo y cebada, de alfalfas y centenos, de avenas y garbanzos. Varios alcaldes de la zona, como Artemio Domínguez, el de Medina de Rioseco, punto de partida de la marcha, o Faustino González, Tinín, de Cuenca de Campos, lugar de llegada, entre otros ediles que dejaron patente lo importante que supone para esta comarca reivindicar el patrimonio, y más otros hechos y derechos olvidados, exigencias justas de estos pueblos, de los ganaderos y agricultores que dan vida y sentido a este entorno agrario, además de ser los principales cuidadores de un medio ambiente imprescindible en estos tiempos de humos y contaminaciones.

   Eso, y mucho más, es lo que se pidió, de manera directa y clara, con la lectura de un manifiesto ante el presidente de la Diputación de Valladolid,  gran defensor del mundo rural. Entre otros contenidos el manifiesto dijo: “Las casas se deshabitan, la vida se escapa de las calles. Sin embargo, y aunque muchos la han diagnosticado como mortal, tiene cura. El remedio es atrevernos a mirar la vida de otra manera…Este territorio, que guarda la memoria de lo que fuimos, también esconde, quizás como un secreto tesoro, su futuro…Se trata de abrir los ojos y descubrir que vivir en Tierra de Campos es un privilegio, del que nosotros, los terracampinos, somos sus mejores guardianes, como lo hemos sido desde siglos. Sigamoslo siendo, seamos contagiadores de esa ilusión, creámonoslo. Repensemos, redescubramos, reinventemos nuestro mundo rural con proyectos generadores de riqueza, de fuentes de vida, y un solo objetivo: que los que se fueron regresen, que los que aún vuelven, que lo sigan haciendo, que los que nunca estuvieron, que vengan, que les gustará, que los que siguen viviendo encuentren razones para no dejar de hacerlo…Manifestamos nuestro deseo de seguir viviendo en esta tierra; declaramos nuestra inalterable voluntad de defender el patrimonio cultural, artístico e histórico heredado como seña de identidad y llave hacia nuestro futuro: decidimos hacer realidad la Fundación Tierra de Campos, para la que pedimos el necesario apoyo de la iniciativa privada como aval del resurgir de un territorio con muchas posibilidades generadoras de riqueza…Todo camino se empieza dando un primer paso. Es hora de empezar a andar este camino de ilusión y esperanza. Repoblemos Tierra de Campos”.

   Hacía frío y amenazaba lluvia. Pinteaba. 21 kilómetros por delante nos esperan, acompañados por Chambo, el border collie de mi hija que nos acompaña, y que como ejemplo de reivindicación se porta como una persona mayor a pesar de los ladridos desproporcionados que, sin venir a cuento, le lanza Faruk de la Tata.

  Antes de ponernos a caminar hecho una mirada a la iglesia del convento de San Francisco. Me impresiona su grandiosidad, su retablo y el esplendor de obras impagables, algunas de Juan de Juni. Pronto llega Víctor Caramanzana, presidente de la Cámara de Comercio, Industria y Servicios de Valladolid, que se imbrica en el proceso reivindicativo como terracampino que es y ejerce.

  Primeros pasos por la Rúa Mayor de Rioseco hasta llegar a la ensenada, donde doblamos para enfilar el Canal de Castilla, ramal de Tierra de Campos. Pájaros cantores nos acogen en las entradas de las arboledas que siguen el compás del agua. Negrillos, zarzamoras y juncos se mezclan con pinos y álamos plateados que se adornan con la luz tenue de un día apagado. El cielo está cubierto de nubes blancas y grises que se deslizan lentamente dejando escasos huecos por donde intenta penetrar la luz que llega de lo alto. El campo está verde, pero triste; es un verde muerto, verde sequía, verde poco bautizado. Hace meses que no llueve; no lo hizo en invierno y no lo ha hecho en lo que se lleva de primavera. El cereal está estresado, sequizo, pidiendo agua a gritos, aunque ya es tarde, ya es tarde para salvar algo. Y es que lo muerto no resucita. Nunca; al margen los milagros a los que yo me resisto a creer. La cosecha será un lamento. Como si fueran los años de la sequía, años posteriores a la Guerra Civil, años de hambre. Ahora no será igual, pero hacía muchas cosechas que se veía un campo tan desolador.

   Los mirlos, los jilgueros, los verderones, los carriceros y los ruiseñores, tan propios todos de este entorno, en lo alto de los árboles, mantienen un cruce de sinfonías que nos envuelven. Entonan un lenguaje amable de un lado a otro, anunciando nuestra presencia. Tengo la sensación de que hay momentos en que la vida es una maravilla. Es el caso. Mientras tanto, en el agua del canal la focha, el ánade y la garza real se sorprenden al vernos. Pero no se inquietan, están acostumbradas a ver el paso de hombres y mujeres, de sombras y luces.

   Mil trinos, mil sonidos, comunicación a raudales, lenguaje musical puro. El camino es recto, equilibrado. Llegamos a la esclusa número 7, donde se levanta una ruina: una vieja fábrica de harina con un pasado glorioso hoy convertida en escombro. Imagen patética, pero real, de parte de esta Tierra de Campos. La mayor obra de ingeniería de la Ilustración Española, parte de los siglos XVIII y XIX, una obra faraónica admirada en Europa, ahora convertida en harapos. Esclusas, presas, retenciones, dársenas,  fábricas de harina, batanes, pequeñas centrales hidroeléctricas, molinos, almacenes…todo convertido en derrota. Sólo en algún punto los canales recogen agua para llevarla a las tierras sedientas; el regadío como último recurso.

    Líneas de alta tensión pasan a lo alto, camino de no sé dónde. Chambo aprovecha la libertad que le hemos dado y se zambulle en un canal de riego. Llegamos a Tamariz entre alamedas. Nos recibe la torre herida de San Juan, a medio destruir, imagen cruel de un presente que se rinde al pasado. Ahora la torre es una ruina abierta por la mitad y que en su alto sirve como nido de cigüeñas. Conserva una hermosa portada renacentista que mira a la desolación. Tamariz tiene otra iglesia, la de San Pedro, que mantiene partes románicas del siglo XII, mientras el conjunto es del siglo XVII. En su plaza mayor damos cuenta de un bocadillo de chorizo de pueblo, de Cañizo de Campos, con pan “bregao” de Rioseco. Nos sabe a gloria. Once kilómetros dejamos atrás. Y diez nos quedan por delante. Al andar se hace camino si uno se repone.

   Cruzamos el Sequillo, pegado a Tamariz. Tierras y más tierras de cereal agonizante. Vista donde la cabeza se entromete con el corazón. Espacios despoblados. Un coche por la carretera de tarde en tarde. Pueblos en silencio. Soledad. Llegamos a Cuenca de Campos. Pueblo bien cuidado. A la entrada nos recibe un letrero donde se anuncian dos templos: la iglesia de Santa María del Castillo, del siglo XIV, considerada Bien de Interés Cultural y Monumento Histórico-Artístico, con mezcla de estilos gótico, mudéjar y barroco, y la de San Justo, del XVI, románico-mudéjar. En Cuenca de Campos nos espera también el convento de San Bernardino, que amenaza ruina total, desastre que puede evitarse si el alcalde, Tinín, empeñado en restaurarlo, consigue los apoyos necesarios de poder público. Esta marcha tenía por objetivo ese empeño. Una paella comunal nos recupera del esfuerzo andariego. Pero esto no ha terminado. Sólo es el comienzo.