Domingo, 23 de julio de 2017

Contrastes

El centro de San José es uno de los más feos del mundo. Cuesta trabajo encontrar armonía en sus calles, belleza en los edificios, hitos del pasado incrustados en propuestas de futuro. El tráfico es caótico y los viejos autobuses  que intergran el transporte público compiten en la generación de gases y de ruido. Pasear por sus calles es una aventura real porque apenas si hay una peatonal, las aceras son muy estrechas y las plazas no abundan. Los aguaceros, que comienzan en esta época del año y que se extienden hasta bien entrado octubre, tapan los frecuentes baches de la calzada haciendo todo aun más penoso. La llegada desde el aeropuerto, en un país cuya economía depende en gran medida del turismo, es una tortura de casi dos horas para un trayecto de apenas 18 kms, algo que penan también quienes viven en ciudades populosas del conurbado como Alajuela, Heredia o Cartago y se desplazan al centro capitalino diariamente. ¿Importa?

 

A pie de calle apenas si se puede percibir la maravilla que supone el paisaje de las montañas que contornan el valle central donde está situada la ciudad, salvo cuando se está en un piso de alguno de los pocos edificios altos. El hurto de la visión de la naturaleza, que hace del país uno de los que tienen mayor biodiversidad del mundo, es otro factor que pareciera conspirar contra la imagen de San José. Pero existe la posibilidad de otras miradas. Por ejemplo, Costa Rica tiene al 95% de sus ya casi cinco millones de habitantes cubiertos por seguro de salud, el 100% de la población entre los siete y los 12 años está escolarizada como lo está el 50% de quienes tienen entre 18 y 22 años. Su gobierno es elegido democráticamente de manera ininterrumpida desde 1949, fecha en la que se abolió el ejército, y el presidente actual, Luis Guillermo Solís, quien prohibió por decreto que su foto presidiera lugares públicos, viaja estos días a España en un vuelo en clase turista para realizar una visita oficial. ¿Interesa?

 

El observador a menudo tiene que contrastar numerosos datos que la realidad le ofrece constantemente. Sopesar su significado dándole sentido, no solo para entender lo que sucede sino incluso para comprenderse así mismo. No ceja de comparar lo que le acontece en su fuero más íntimo con lo que sucede afuera. La fealdad dictada por una determinada estética, la comodidad definida por cierto tipo de racionalidad, los datos de diferentes indicadores que intentan medir variables sociales básicas, el comportamiento de la máxima autoridad política, apenas si son imágenes fugaces que recibe en una sola jornada. Su tino es el responsable de establecer lo que importa frente a lo irrelevante. Realizar, finalmente, un juicio moral que enmarque lo que acontece, sopesando aquello que debe ser puesto en solfa o, simplemente, relegado al olvido. Son los contrastes del día a día, las contradicciones de lo complejo. Un arco iris donde a veces los colores se difuminan sin avisarnos de su mengua.