Miércoles, 22 de noviembre de 2017

Las migraciones, otra vez

Es curioso o escandaloso, pero lo cierto es que desde hace un tiempo prácticamente ya no hay inmigración ni pateras ni amontonamiento en las cosas africanas ni muertos en el mediterráneo. Dejó de ser noticia y deja de ser realidad. El Mediterráneo está limpio y en calma. De nuevo todos tranquilos.

Por eso, adrede y con intención, escribo hoy estas palabras, al menos para no colaborar en el olvido de la angustia y de la huida de cientos de miles de africanos que siguen subiendo forzosamente hacia el norte buscando pan y dignidad.

Las migraciones, a veces pacíficas y a veces violentas, cubren buena parte de la historia de la humanidad. Los dos últimos siglos han sido siglos de migraciones masivas. Irlandeses que huían del hambre embarcando de mala manera hacia Estados Unidos,  españoles que hacían lo mismo emigrando a “las Américas” primero (de Canarias salían cada año docenas de “veleros fantasma” cubriendo de náufragos el océano hasta Venezuela) y después a media Europa (los de más edad recordamos las durísimas condiciones de los emigrantes españoles hace sesenta años), ciudadanos del caído y desmembrado imperio austrohúngaro cubriendo media Europa de emigrantes forzados desde Macedonia hasta Hungría, judíos que huían de las represiones de los zares y después de las persecuciones nazis, los clásicos emigrantes chinos que organizarían sus espacios de defensa en las grandes ciudades americanas con sus “barrios chinos”, los italianos que huyen de la pobreza y pueblan media Argentina y parte de Estados Unidos…  y así por todo el mundo en estos doscientos años.

Y así hasta esta misma mañana. Y las naciones desarrolladas han desarrollado su poderosa maquinaria de inteligencia y han llegado a una conclusión unánime: prohibir. Y a levantar vallas y muros, a cerrar puertas y extender alambradas, a poner alarmas y tapar ventanas, pero sin ver más allá ni mover apenas ficha para buscar soluciones que eliminen a medio plazo las principales causas de la estampida: el hambre y una sociedad en paz. Son los dos campos en los que el llamado Norte rico debiera trabajar sobre todo, en la economía y en la política, para hacer posible una paz social en la que toda persona pueda vivir con dignidad.

Pero no, desde Calais hasta San Diego pasando por Ceuta, fronteras protegidas y vigiladas, policía de retención y persecución, centros de reinserción o de internamiento temporal, plazas por miles en las cárceles para los “sin papeles” y cosas así. Y a nivel de estados, muy poco más. Totalmente insuficiente. Los más de doscientos proyectos de desarrollo humano que una organización como Manos Unidas pone en marcha cada año en África - y otras muchas ONGs hacen lo mismo - rebaja eficazmente en miles el número de los que necesitan emigrar para poder vivir. Es el buen camino, aunque sea lento. Y mientras tanto los Estados que controlan el mundo invirtiendo tiempo y dinero para prohibir, prácticamente sólo para prohibir. Pero, oiga, ¿no estaba prohibido prohibir desde mayo de 1968? Pues si es así, ¡a buscar en este caso otras soluciones más eficaces y más humanas!

En casi todos los niveles de la vida lo más caro y lo menos eficaz es prohibir.

Y luego está lo de ser noticia de primera página o pasar a ni figurar siquiera en la zona de sucesos. Es difícil explicarlo, pero lo cierto es que encaja con la consternación o indiferencia por la que pasa el ciudadano. Y no se sabe qué es antes, si el abandono de los hechos por los informadores a causa de lo que sea o si es el desinterés de la ciudadanía lo que lleva a la falta de noticias porque al fin y al cabo es el público el que manda. En cualquier caso el hecho de la explotación de imágenes y acontecimientos y la naturalidad con la que al poco tiempo todo se olvida son una injusticia y una falta de humanidad difícil de explicar a estas alturas de la historia. Pero ahí están.

Y no sé qué causa más desconcierto, si los lamentos colectivos y casi convulsivos ante aquel niño muerto en la playa de Cos o la despreocupación también colectiva y rotunda ante tantos niños y jóvenes adultos y algún anciano incluso en las playas de casi todos los días. Si hay alguien que pida cuentas por esto, quizás nos las pida un día por las dos cosas. Estoy seguro de que hay Alguien y estoy casi seguro de que nos las pedirá y me parece bastante probable que lo haga por las dos. Si Yavé se desmelenó ante la injusticia que sufrían los hebreos en tierra extraña, cómo estará ahora Dios ante semejantes y mayores injusticias…

Un espacio de silencio, que subrayo con puntos de suspensión, …………………… ……………………………………………… ante cientos de miles de personas con nombre y rostro, con hambre y pánico, con esperanza y con pesar que en estos momentos atraviesan las fronteras y alambradas del mundo buscando un espacio donde poder sobrevivir con dignidad. Con mucho afecto, con todo el respeto del mundo y con el deseo de que puedan llegar en paz adonde van… ¡va por ellos!