Lunes, 20 de noviembre de 2017

El corazón de Palomo Linares

No aguantó el atragantón. Con lo que él había pasado. Yo no sé los toros que habrán caído a los pies de Sebastián Palomo Linares, pero un número importante. La vida se le enganchó en esta última faena y Palomo se quedó en la historia de los libros ya para siempre. Con su media sonrisa entre inocentona y ficticia y los aficionados siempre ya recordando esencialmente su amor propio y su honradez delante de los toros.

 Yo le entrevisté con brevedad en los 80 y me pareció un tipo muy desconfiado y uraño.

 No le fue bien fuera de los ruedos a este coletudo de Linares, originario de aquella Oportunidad que los Hermanos Lozano se inventaron para encontrar nuevos valores que engrasaran su maquinaria taurina. Los Lozano eran expertos en mimar a los toreros llevándoles por caminos menos espinosos que ya los toros tenían lo suyo. Y como se sabe (o no) en esta historia de lo taurino, justamente el toro es siempre lo más moldeable o engañable, díganlo como quieran. Fue la diana del fraude más socorrida. Y como el público en aquellas épocas lo tragaba todo, pues en esas maniobras orquestales en la oscuridad los Lozano no tenían parangón. Listos taurinos, inteligentes promotores, lúcidos ejecutores de la maquinaria promocional taurina. Emilio Romero y su “Pueblo” fue su más servil órgano de propaganda. Me refiero a aquel montaje que se tejió en el 69 entre Los Lozano, El Cordobés, Palomo y el diario madrileño. Eralotes  regordíos sucumbieron ante los “maestros” en plazas portátiles de media hispania rural. Aquella que Machado llamaría “de charanga y pandereta”. Una vergüenza.

 Lo de Madrid y el rabo de Palomo con aquel torete de Atanasio da para una tesis doctoral en la que no voy a entrar. Sólo dejar constancia que me apena profundamente el hecho de que un torero de tan vasta proyección popular, versus dineraria, haya muerto como lo ha hecho Palomo. Arruinado, solo y envuelto en unos truculentos nubarrones familiares. Es una pena que su talento en los ruedos no tuviera, al menos en parte, cierta continuidad fuera de ellos.

En la imagen, Palomo Linares en sus comienzos