Lunes, 20 de noviembre de 2017

Mi nuevo deporte

Decía José Bergamín que la constancia de la veleta es cambiar y yo, alérgico a la obligación de coherencia que parece haberse impuesto como valor megalítico en nuestros días, presumo de serlo. Soy una veleta, sí, convencida de que luchar contra el viento es librar una batalla perdida. Soy una veleta segura de que lo verdaderamente peligroso es seguir pensando a los 65 lo mismo que a los 18, el viernes lo mismo que el martes.

 

Como buena veleta he jugado a las chapas, a las canicas, al escondite y, como buen insurrecto, me he inventado mis propios juegos, algunos radicalmente reñidos con el sentido común. Jugué y amé el fútbol, coleccioné cromos, me pasé lunes enteros en el colegio hablando de la jornada del domingo. Pero también veía el tenis y quise ganar a Sampras en Wimbledon y Roland Garros. Y me encantaba el ciclismo, aquellas largas jornadas pirenaicas o alpinas que recorría desde mi silla, ideando estrategias. Eso sí, nada me hubiera gustado más que haber sido un buen opuesto al volleyball y rematar con violencia cada pelota colocada por encima de la red. Para separarme del conjunto me dio por el baloncesto, deporte del que aún sigo haciendo proselitismo. Y para separarme aún más, y no por lujo o postureo, aprendí por mi cuenta a jugar al golf queriendo imitar a Sergio García, al que empecé a seguir dieciocho años antes de que este abril ganara el Masters.

 

Y ahora me gusta el snooker. Lo confirmé el pasado lunes, en la última sesión de la final del Campeonato del Mundo que enfrentaba a John Higgins y Mark Selby, a la postre campeón. En este juego de origen británico quince bolas rojas deben ser embocadas en combinación con otras tantas de colores, de diferente valor. Los jugadores han de manejar con astucia sus opciones logrando un equilibrio perfecto entre el ataque y la defensa. Aunque sin la carga estratégica del ajedrez, el Snooker exige ir varias jugadas por delante, valorar la relación riesgo-recompensa. También ser preciso a la hora de ejecutar los lanzamientos, tener nervios templados y un brazo firme para embocar bolas que tienen que recorrer varios pies de distancia.

 

Me gusta la componente estética de esta variante del billar, que parte de la armonía de la disposición inicial de las bolas sobre el tapete, pero también de los diferentes efectos que adquiere la bola blanca hasta llegar a su colocación ideal. Y por encima de todas estas características, disfruto con la lucha psicológica que libran los oponentes, quienes esperan su turno sentados en su rincón. Me encantan las partidas que se prolongan varias horas y que demandan, además de tino y sangre fría, una resistencia más propia de un fondista.

 

Me gusta el snooker, no me preocupa decirlo en voz alta y ya busco una mesa para comprobar que tampoco tengo el talento necesario –ni la paciencia– para dominarlo.