Lunes, 21 de mayo de 2018

2.685 parados, perdón, habitantes menos.

Como todos los años, llega el momento del repaso a las cifras de población del que ya pasó, 2016 en este caso, con un resultado muy parecido a lo ocurrido desde hace ya demasiado tiempo. En realidad la provincia de Salamanca ha vivido un engañoso crecimiento de población desde los años 80, tras las grandes oleadas migratorias anteriores. Pero mucha gente, joven en su inmensa mayoría, se ha seguido marchando de la provincia, a veces no tanto como para reducir la población global, y otras compensada por la llegada de gente de fuera atraídos no se sabe exactamente por qué.

Pero con la crisis la realidad se nos presentó clara y cristalina, no sólo somos cada vez menos, también más viejos por mucho que la atracción de estudiantes universitarios maquille la realidad en las calles de la capital. Pasearse por la provincia revela la situación dramática en toda su cruda realidad. Y como alguien denunciaba, a pesar de los numerosos estudios, que algunos geógrafos capitalinos hace muchos años que ya pusieron sobre la mesa, y de la atención de los partidos de izquierda sobre este problema, seguidos de más o menos elaborados supuestos planes de desarrollo provincial o iniciativas, aquí estamos sin afrontar de verdad esa realidad.

Hay quien se vanagloria frenéticamente de la evolución del paro registrado en las Oficinas de Empleo en el precario mundo laboral salmantino, cuando este se reduce. Claro que estos voceras de la mentira nunca relacionan el descenso de la población, los jóvenes (el futuro) que se marchan, con ese hecho. Por si no se han fijado, la Población Activa salmantina actual es una de las más bajas de la serie histórica, lo cual debería dar que pensar.

Estos datos que indican que perdemos población cada año, suele aparecer junto a otros que alertan de la dependencia total y absoluta que tenemos del resto de España para, por ejemplo, garantizar las pensiones de nuestros conciudadanos más mayores, cada vez más e incluso por encima de la media nacional. Somos una provincia muy subvencionada, en especial por otras regiones más ricas como, por ejemplo, Cataluña. Vamos, que tenemos un futuro espectacular, digno de los políticos que ponemos al frente de la toma de decisiones.

Si algo queda claro después de la reinstauración de la democracia, de esa teórica capacidad de los ciudadanos para elegir su destino, es que llevamos demasiados años equivocándonos. A pesar de la repetida mentira de que los electores nunca se equivocan. Es justo reconocer que sólo el PSOE cuando ha tenido alguna capacidad de decisión al menos ha intentado iniciativas más o menos novedosas para cambiar las cosas, enseguida cercenadas. Y si pensamos en alguien que de verdad haya hecho algo por la provincia desde un cargo de máxima responsabilidad, con un mínimo sentido de futuro, apenas me viene a la mente el nombre de Jesús Caldera.

Pero aquí siempre se ha apostado por las políticas “desarrollistas” de la derecha, que se resumen muy bien en lo que ocurre hoy en una zona de nuestra provincia: destruir miles de encinas centenarias, balneario incluido, para agujerear grandes extensiones de terreno con una mina (radiactiva) durante 10 años, y la riqueza que genere se irá fuera incluso de España (dicen que a Australia, lo que todavía está por ver). Y después, ¿qué? Por lo visto, no hemos aprendido nada de nuestra propia historia reciente. Supongo que ahora miles de salmantinos confiaran en Mañueco como posible presidente de la Junta de Castilla y León, sí ese mismo que vota en contra de iniciativas que al menos intentan mejorar algo la calidad de vida de los que quedan.

Por cierto y ya que hablamos del PP, ¿porque un tercio de los votantes españoles se empeñan en mantener contra viento y marea a un partido para el que la corrupción parece su estado natural de actuación? ¿Todavía hay tantos españoles que piensan que la corrupción en la mejor manera de gobernar a pesar de que la realidad demuestran el desastre que nos están dejando? Y eso que me olvido de quienes por acción u omisión siguen permitiendo esas cosas, sean marcas blancas o abstencionistas.