Lunes, 20 de noviembre de 2017

SOMOS DEMASIADO IMPACIENTES

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En cierta ocasión, cuando San Alfonso María de Ligorio era obispo, una señora lo insultó cuando salía de la catedral. Ella lo acusó de ser responsable del hambre que estaban pasando las personas en ese lugar. Alfonso la bendijo, pero el sacristán que lo acompañaba fue menos suave y la empujó. El obispo lo regañó: “la pobre, ella y otros como ella, merecen compasión; estas palabras no vienen de su corazón, sino de su estómago”.

 Es cierto; muchas palabras, pensamientos y acciones no provienen de un frío cálculo cerebral, sino del corazón, del estómago, de tantas y tantas circunstancias que le hacen a la persona decir lo que no quiere.

   Tanto el que quiere cambiar, dejar de hacer y hablar lo que hace y dice, como el que está herido por una palabra o una conducta no apropiada de un ser humano, necesitan mucha paciencia. La paciencia cristiana no es seguridad, ni resignación. Nace de la esperanza. “Tenemos presente ante nuestro Dios y Padre…la paciencia de sufrir que les da la esperanza en Jesucristo nuestro Señor” (1Tes 1.3).

   La paciencia es necesaria en todos los tiempos y lugares, pero sobre todo en este mundo agitado y frenético en el que vivimos. De la paciencia que se habla en el Nuevo Testamento es aguante activo, entereza, perseverancia, resistencia activa, saber “Plantar la cara a la adversidad”  (U. Falkenroth). En la adversidad y en la prueba es donde necesitamos ejercitar la paciencia. “La dificultad produce paciencia; la paciencia, calidad; la calidad, esperanza; y esa esperanza no defrauda, porque el amor que Dios nos tiene inunda nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,3-5).

Se necesita mucho amor a Dios a los otros para cumplir la voluntad de Dios y conseguir lo prometido y para relacionarnos con los demás.

 Todos necesitamos practicar la paciencia. Somos demasiado “impacientes”. No nos gusta esperar. Queremos las cosas ya mismo. No entendemos la paciencia que tiene el padre de todos con los malvados. Queremos separar el trigo de la cizaña, antes de conocerlos; juzgamos y condenamos, en vez de ofrecer comprensión y perdón; estamos cansados y decepcionados, porque nuestros esfuerzos son inútiles y no encuentran resultados rápidos y palpables.

Necesitamos tener paciencia y saber que, muchas realidades que nos molestan, no sólo provienen del corazón del estómago de los otros, sino de nuestro corazón, cerebro, estómago y todo nuestro ser, que se parece más al del sacristán que al de San Alfonso María de Ligorio.

“Nada te turbe, nada te espante,

todo se pasa, Dios no se muda;

la paciencia todo lo alcanza;

quien a Dios tiene nada le falta.

Sólo Dios basta (Santa Teresa de Jesús).