Martes, 24 de octubre de 2017

Retrato de  A. P. Alencart

El notable pintor José Carralero, Premio Castilla y León de las Artes, explica el proceso del retrato que hizo del poeta peruano-salmantino
Carrelero ultimando el retrato de Alencart (Foto de Macarena Ruiz)

Cuando recibí el libro La órbita poética de A. P. Alencart, editado por Hebel y Betania, de Chile y España, respectivamente, confieso que me causó gran sorpresa “descubrir” el retrato de la portada. Con sorpresa, porque fue realizado en un fin de semana de hace más de un año, y no había vuelto a verlo. El cuadro, como el poema, tiene que reposar y posteriormente el propio autor dejarse sorprender, porque cuando lo realiza es, a veces, presa de una burbuja de ebriedad, careciendo de distancia temporal para evaluar la obra propia. Más, habiéndose realizado “de golpe”, como en este caso.

 

En cuanto al género del retrato en pintura, defiendo que todo retrato debe atender al mejor resultado como obra de arte, a la vez de penetrar en el parecido del personaje representado, más allá de su fisonomía externa, traspasando la piel hacia el logro de la biografía del personaje, ¿el alma?

 

Los retratos que hago de amigos, por razones de afecto y mayor conocimiento del personaje, me suelen surgir con ejecución más espontánea y directa.

 

¿Cómo surgió el retrato de Alfredo? La amistad entre Alfredo y yo, es de absoluta hermandad. Tiempo hacía que yo quería “decapitarle” con la esperanza de que, llegado el momento, me cogiese inspirado y en estado de buena disposición mental y afectiva. El momento llegó y a eso que llamamos “la musa”, sentí que me acompañaba, estando presta a llevarme de la mano, a la vez de la buena colaboración del modelo, quien posó entregándose en presencia física y concentración con plena disposición y fe.

 

-Ponte, Alfredo

¿Cómo?                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                            -En principio, con naturalidad y de postura que te sea habitual. Mírame a los ojos, cabeza ligeramente inclinada. Así me vale. Toma consciencia de la postura y mirada, como punto de retorno de cada vez que te muevas. Arranquemos.  

 

 

 Portada de 'La órbita de A. P. Alencart'

 

En un bloc hago unas ligeras líneas como esquema general de aproximación, síntesis, con la intención de ir concibiendo y fijando en mi mente -antes que en el lienzo- la plantilla global, o contenedor estructural de su cabeza, para lograr un inicio más espontáneo.  Así, coloco el lienzo y sin dibujo previo me lanzo a la mancha, cargado de concentración tensa; al encuentro desde la pintura con el personaje que tenía delante.

 

Desde la mancha general ya tenía la sensación de que la cabeza de Alfredo quería emerger; fue apareciendo, estaba ahí. Un momento de feliz inspiración en que la razón apuntala a la emoción para que esta vaya por delante y permita sentir, por ejemplo, que unas simples manchas oscuras digan de la mirada exclusiva, única e irrepetible, ventana que emerge desde el interior del personaje, de Alfredo. La cabeza se va inundando de pinceladas rotas y superpuestas en su ejecución y color, intentando que en el recorrido espacial desde el lienzo al ojo del espectador se conviertan en carne y sangre. 

 

Eché las cartas y me salieron los ases a la primera, por lo que dos sesiones bastaron para darlo por concluido. No siempre me ocurre así, y tengo que insistir hasta que la mancha empieza a resucitar y respirar.

 

Esta vez hubo suerte y buen filin entre pintor y modelo. El conocimiento y afecto mutuo nos ayudó. 

 

Como digo al principio del texto, no volví a ver el cuadro hasta redescubrirlo tras dejarlo reposar, contemplándolo en la reproducción de la portada del amplio, denso e importante ensayo de Jaime García Maffla sobre La órbita poética de A. P. Alencart, y con ilustraciones de Miguel Elías, gran dibujante y también amigo que colabora en este libro a festejar por todos.

 

 Alencart, Jacqueline y Carralero, con el retrato (Foto de Macarena Ruiz)