Lunes, 26 de junio de 2017

Niña cofrade

Adiós a la Semana Santa. Este año, para mí, ha sido muy especial porque gracias al buen tiempo la he podido disfrutar de cerca, y como a mí me gusta, buscándola y encontrándola en los lugares más inesperados y proporcionándome imágenes que difícilmente olvidaré. La más entrañable de todas es la que encabeza esta columna. Procesión de las 5 de la mañana a su regreso a San Esteban, los pasos detenidos a sus puertas para descansar y enfilar el momento de la despedida. Y allí, en ese preciso momento, cerca del mediodía, junto a la estatua de Francisco de Vitoria, observo cómo se levanta el faldón del paso de La Piedad y saca su cabeza un joven cofrade. Al  instante sale corriendo una niña pequeña que abraza con cariño al que supongo era su padre, quien le ofrece el rosario que lleva colgado a la cintura para que bese al crucifijo, y la niña  lo hace exteriorizando su alegría por la situación.

Me dejó pensando largo rato la imagen. Lo primero que me vino a la mente es que esa niña en muy poco tiempo vestiría el hábito de esa hermandad, y comprendí  lo importante del ambiente familiar en la formación de los niños. Esa niña no se asustó sino todo lo contrario al ver  a su padre vestido de un modo raro: seguro que ya le había visto cuando se lo probó en casa, seguro que su madre hasta le había dado alguna pequeña explicación. Y me ratifiqué en el sentido auténtico de las tradiciones: lo que se transmite de padres a hijos y estos a su vez a los que vengan más tarde. Las tradiciones no se inventan, nos preexisten y nosotros contribuimos a que no desaparezcan, porque vemos en ellas un sentido, una razón de ser, algo que nos ayuda a vivir. De ese vivero salen los verdaderos cofrades, no de los que se integran en ese mundo sin tener nada que ver con él,  atraídos por su brillantez o espectacularidad. Los primeros, llevan la hermandad en el alma, pues fue la de su abuelo y la de su padre, los segundos son unos advenedizos que ni siquiera saben por qué están allí.

Recuerdo una historia que me relató uno de los mejores capellanes de cofradías que he conocido, en este caso de una cofradía de abolengo y antigüedad. Un día, en la proximidad de la Semana Santa, llegó a la sacristía un joven que le manifestó su deseo de hacerse  miembro de la congregación. El cura, dialogante y abierto, le preguntó que por qué quería ser cofrade, a lo cual solo supo responderle que porque le gustaba la procesión y el hábito. Ante esa respuesta, pasó a indagar más en su motivación religiosa: ¿pero tú como cristiano habrás encontrado algo más para venir aquí? El chico no supo qué responderle, y extrañado le preguntó en qué parroquia había hecho la primera comunión, a lo que le respondió que no la había tomado. Más extrañado aún, se atrevió a preguntarle dónde le había bautizado: no me han bautizado, le dijo.

Cuento la historia por el mismo motivo que mi amigo sacerdote me la contó a mí: hoy esto es posible, ¿y por qué? Pues es evidente, porque la religiosidad popular ha sobrepasado el marco de la Iglesia para convertirse en un fenómeno de masas, cultural y artístico en sí mismo, más allá de su origen cristiano. Cuando la situación debería ser justamente la inversa: desde la fe y a partir de ella desembocamos en una cofradía y expresamos así  nuestro cristianismo. Tantos advenedizos que entran hoy en el mundo semanasantero no tienen ni idea de su origen y de su profundo sentido religioso, que es el que justifica una procesión, pues si no se transforma en teatro en la calle.

Hoy eché un vistazo a la prensa local y me encontré con la fotografía de un sacerdote presidiendo una procesión, ornamentado con su capa pluvial, ¡y tecleando un móvil tras un Cristo! El mismo diario en otra página fotografiaba a varios cofrades tras su paso con los móviles encendidos, lanzando destellos en la noche. Es un desquiciamiento, un esperpento, nada que ver con el cristianismo entendido rectamente. Una mezcolanza de cosas, un cacao mental que refleja un mundo caótico, que no sabe adónde va. ¿Saben esos cofrades qué es llevar a un Cristo o una Virgen sobre sus hombros, qué significa?, o simplemente es que “mola”, como dicen los pringados de ahora mismo. ¿Y cómo es posible que un sacerdote caiga en las mismas frivolidades?

Vuelvo a la imagen del comienzo. Quiero quedarme con ella y no perderla insensatamente  al mezclarla con tanto desvarío. La niña que acaricia el crucifijo. Su papá seguro que le está diciendo que bese a Jesús, que la quiere mucho. Así se inicia el itinerario cristiano, un itinerario largo, lleno de recovecos y apasionante, que no se improvisa. Esa niña será muy pronto cofrade, una buena cofrade. Y con ella continuará la tradición cristiana.

Marta FERREIRA