Domingo, 24 de septiembre de 2017

La indiferencia

“...puede ser que no sea el pesimismo, que es una forma de vida, sino la paz de la indiferencia, que tiene la palidez de la muerte"
VERGÍLIO FERREIRA

El descubrimiento y denuncia pública de algunos casos concretos de estafas (más bien engaños masivos) realizadas por falsos enfermos graves, que mendigaban en las redes sociales ayuda para intentar la curación de sus ficticias enfermedades, ha regalado el último y más espléndido argumento (que tal vez ni necesitaban), a los insolidarios crónicos, a quienes jamás aportaron ayuda alguna a causas humanitarias de necesidad. Este último argumento, tan injustamente generalizador como cómodamente recurrente para el insolidario, y que ha hecho descender la ya raquítica obtención de ayuda humanitaria procedente de particulares, ha sido reeditado ahora con el descubrimiento de esos execrables falsos enfermos, pero es un argumento recurrente que ha venido existiendo desde siempre en el razonamiento (es un decir) de los pasivos mirones del sufrimiento ajeno, en forma de ‘sospechas’ sobre el destino de lo recaudado en cualquier acto solidario, en forma de bulos, rumores y medias verdades (siempre tomadas como absolutamente ciertas) sobre el destino final de los fondos u objetos obtenidos para cooperación humanitaria, o por el bochornoso espectáculo de políticos descubiertos apropiándose, una instancia más de la corrupción, de dinero público destinado a cooperación y ayuda humanitaria, como, por ejemplo, sucedió  recientemente en Valencia con algunos cargos autonómicos.

La insolidaridad, referida sobre todo a la negativa de dar ayuda humanitaria  y ejercer la indiferencia hacia el sufrimiento ajeno, en su idiota inconsciencia es capaz de vestirse de complejas explicaciones, a cual más chabacana, que van desde la invención de moralidades exclusivas –yo, mí, me, conmigo y mi circunstancia que es, claro, lo que me atañe directamente-, pasando por la rastrera e intolerable distinción geográfica -y parcelación emocional- del sufrimiento humano –ayuda sólo a los del propio país en detrimento de otros, como hacen las organizaciones fascistas, cual si el hambre, la desprotección, el frío o la agónica angustia de la desesperanza tuviesen patria-, hasta argumentar, en un vuelo verbal que la estupidez debía hacer suyo, que la ayuda solidaria humanitaria es perjudicial porque obstaculizaría el camino hacia una realidad donde no sería necesaria.

La indiferencia hacia la angustia humana se nutre principalmente de la incapacidad para mirarse desde fuera. El desprecio por el sufrimiento del semejante se alimenta de la ceguera para verse a uno mismo con distancia y conocer con perspectiva el lugar que uno ocupa en el mundo. El desdén hacia las lágrimas del mendigo se fragua en el narcisismo moral de la quejumbre y se asienta en la viscosa sordera de la huida. La insolidaridad humana, que es una instancia del egoísmo y el más detestable rostro del individualismo centrípeto, busca en la indiscutible mezquindad del mundo su justificación y cree encontrar en la mediocridad generalizada del pensamiento egoísta de las masas su argumento mejor. La indiferencia hacia quien sufre es la indiferencia hacia lo que nos conforma como seres humanos: ser en comunidad, sernos en sociedad, reconocernos en grupo... pronunciarnos en mundo. La insolidaridad humana y el desprecio al que sufre construye el camino a los guetos, alumbra el insulto del racismo, abona las vergüenzas de la exclusión y la injusticia y mantiene como una baba en la Tierra el aleve escupitajo de la desigualdad. La insolidaridad humana pudre lo más profundo de lo que somos, nos abarata y nos signa para siempre con la marca del deshonor, nos lastra con la carga innoble de la indignidad y nos condena a vivir avergonzadamente mirados por un espejo que nos insulta cada mañana en medio de un nosotros tan insignificante como inútil. Debería dar miedo.