Lunes, 18 de diciembre de 2017

Resurrección, Pan compartido


La experiencia de la pascua cristiana nos arraiga en lo más sencillo, en lo más humano: Juntarse y comer, agradeciendo la vida.

Por eso, las grandes "apariciones" pascuales (tanto en Lucas, como en Jn 21 y en el final canónico de Marcos: Mc 9-20) se realizan en un contexto de comida. Allí donde los discípulos se juntan para comer y "recuerdan" a Jesús saben que Él está presente, en medio de ellos.

De un modo consecuente, la primera “aparición” de Pascua es el Pan compartido, la afirmación de la Vida sobre la muerte,: comer para vivir y bendecir, para agradecer y compartir, en un mundo donde todo puede y debe volverse comida.

En este contexto, partiendo de Marcos, la tradición cristiana ha entendido el relato de la multiplicación de los panes como experiencia pascual.

-- Ese relato conserva, sin duda, un recuerdo histórico: Jesús ha compartido la comida a campo abierto, con discípulos y seguidores, con todos los que han venido a escucharle, en gesto de generosidad sorprendentes.

-- Rabinos y pretendientes mesiánicos buscaban y buscan otros signos (las aguas del Jordán se romperían, caerían las murallas de Jerusalén, aparecerían ejércitos angélicos, luchando a favor de los judíos...). De esa forma buscan otro tipo de Resurrección

-- Pero lo propio de Jesús ha sido el pan multiplicado, generoso, abierto a todos sobre el campo que es de todos. Así lo ha entendida, de diversas formas, la tradición del evangelio de Marcos (y desde Marcos toda la tradición cristiana).

Allí donde se comparte el pan (partido, entregado...), allí donde se celebra la fiesta de la vida con vino o con otra bebida que vincula a los hermanos... allí se puede afirmar que está Jesús resucitado.

No creemos en la resurrección de la vida (en la vida eterna) si no compartimos en amor el pan, en familia, en comunidad, de forma universal.

-- Eso significa que no puede haber Domingo de Resurrección sin jueves santo, sin la eucaristía del amor fraterno, con el servicio mutuo, con el pan concreto compartido en amor.

-- No hay experiencia de resurrección sin volver a los signos esenciales de la vida, que se expresa en forma de comida física y de fraternidad concreta, comunión gratuita.

En este contexto podemos hablar de las "multiplicaciones" de Jesús como relatos pascuales...Jesús se muestra a los hermanos donde ellos dan gracias, donde bendicen en pan, donde se abrazan y se abren a la esperanza de una vida para siempre

1. Primera multiplicación: bendición de Dios, doce cestos (Mc 6, 30-44).

Jesús ha enviado a sus discípulos, dándoles poder de anunciar la conversión y de curar a los enfermos (6, 6-13). Mientras ellos van y realizan su misión, el evangelio cuenta el banquete de Herodes con el asesinato del Bautista (6, 14-39): es comida de poder y envidia, de intrigas familiares y muerte del profeta. Vuelven los discípulos y Jesús les invita a descansar de un modo privado, solamente a los del grupo.

Van así a un lugar desierto, es decir, apartado, llevando provisiones para ellos. Pero cuando salen de la barca, al otro lado del mar (tema estudiado en el motivo precedente), descubren que les ha precedido la muchedumbre. Son muchos los que vienen, los que están necesitados de pan y de palabra (6, 30-33).

Llegada la tarde, los discípulos quieren enviarlos a casa, diciendo que el lugar es desierto: ¡que vayan, que compren la comida! Quieren convertir el evangelio es palabra vacía que ilumina un instante la vida de los hombres, para dejarlos luego vacíos, cada uno con su dinero, separados unos de los otros (6, 35-36). Jesús, en cambio, dice a los discípulos:¡dadles vosotros de comer! Aquí empieza la experiencia de la pascua; aquí brota el signo de Jesús, convertido en principio de pan que se comparte, que se ofrece y multiplica en el desierto (6,37).

Jesús dijo a sus discípulos: ¿Cuántos panes tenéis?
Id, mirad.
Y ellos, cerciorándose, le dijeron: Cinco panes y dos peces.
Y les mandó que se reclinaran todos,
en grupos de comida, sobre la verde hierba.
Y se sentaron en círculos de cien y de cincuenta.
Y tomando los cinco panes y los dos peces, mirando al Cielo,
bendijo y partió los panes y se los dio a sus discípulos,
para que ellos los repartieran
y partió también los peces para todos (Mc 6, 38-42).

Jesús bendice los panes y peces de la iglesia (de los discípulos), los parte y se les ofrece a la muchedumbre, por medio de los discípulos (6, 41-42). Son los panes de la comida escatológica, del banquete final a que aludían los profetas de Israel (cf Is 25, 6-8); son los peces de la pesca abundante que el mismo Jesús ha prometido a sus discípulos en 1, 16-20.

La experiencia pascual viene expresada por el conjunto de la escena. Está Jesús en los panes y peces bendecidos que sus discípulos (iglesia) reparten a la muchedumbre. Está Jesús en aquellos que vienen y comparten con gozo la comida, a pleno campo, formando la nueva comunidad escatológica.

Este es el signo de Jesús resucitado, el banquete abundante: ¡comieron todos y se hartaron! (6, 42). Él mismo es quien bendice y preside esta comida en la que quedan doce cestos sobrantes que aluden al conjunto de pueblo israelita (6, 43): es como si Jesús quisiera indicar que su pan bendecido, partido, compartido es signo de Dios para todas las tribus del pueblo escogido.

En este contexto, Jesús resucitado es el que parte y bendice el pan de la iglesia (de los discípulos), en gesto abundante de comida compartida; está de un modo invisible pero real allí donde la comunidad se reúne y, habiendo ofrecido la palabra, comparte el pan con la muchedumbre que se acerca, con deseo de escuchar y de vivir.

Segunda multiplicación: acción de gracias, siete cestos (8,1-10).

Después de la primera multiplicación, dentro de la lógica israelita del relato, hallamos la discusión de los fariseos y escribas judíos que critican a Jesús porque destruye las normas de pureza: lavarse ritualmente las manos, no tomar alimentos manchados... Jesús les responde y critica apelando a la pureza de corazón que vincula a todos los humanos, haciéndoles capaces de sentarse en torno a una misma mesa (7, 1-23).

Viene después la escena de la mujer sirofenia, pagana, que tiene a su hija enferma (7, 24-30). En un primer momento, Jesús no quiere ayudarla, pues su pan es comida para los hijos (las ovejas perdidas de la casa de Israel), no para los perros de la gentilidad (7, 27); de esa forma se mantiene y mantiene su gesto anterior en los límites de las doce tribus de Israel (como indicaba el signo de los doce cestos sobrantes).

Jesús defiende la ortodoxia israelita, pero la mujer le hace cambiar, al presentarle su necesidad y al decirle que también los perros comen de las migajas que caen de la mesa de los hijos (7, 28). Pues bien, Jesús se deja convencer, acepta el argumento y ofrece el pan de la curación (de la mesa del reino) a la hija de la madre pagana que es signo de todos los gentiles (7, 29-30). A partir de aquí, el signo de los panes tienen que cambiar de sentido, debe expandirse. Lógicamente, con su estilo habitual de profundizaciones y repeticiones, Mc introduce una nueva escena de multiplicación (8, 1-10).

Jesus dijo a sus discípulos
- Tengo piedad de este pueblo, pues llevan tres días conmigo,
y no tienen qué comer, y si les mando en ayunas a sus casas
desfallecerán en el camino, y algunos de ellos han venido de muy lejos.
Y le respondieron los discípulos:
- ¿De dónde se podrían sacar panes
para saciar a tantos, aquí en el desierto?
Y Jesús les preguntó: ¿Cuántos panes tenéis?
Le contestaron: ¡Siete!... (Mc 8, 2-6)

El texto sigue después de una forma semejante a la ya vista en 6, 30-44. Aquí no han hecho falta introducciones. Jesús mismo ha mirado, ha descubierto a la muchedumbre necesitada y ha sentido compasión de ella. También ahora ha ofrecido su pan, por medio de la iglesia. Estamos en contexto pascual. Así lo indican y lo confirman una serie de signos que destacaremos:

Jesús resucitado se expresa también aquí por medio del signo de los panes, es decir, de la comida compartida, en gesto de misión universal. Ciertamente, está Jesús en la palabra, como ha desarrollado la tradición cristiana, partiendo del mismo Mc 4 y especialmente de Pablo. Pues bien, Jesús se encuentra también vinculado de un modo muy íntimo al pan, es decir, a la comida generosa, gratuita (eucaristía es gratuidad) de los creyentes, en gesto que se abre a los gentiles.

Así lo ha visto el mismo Mc cuando en el texto siguiente identifica implícitamente el signo que le piden los fariseos (¡signo del cielo que él no puede conceder!) con el pan que la iglesia lleva en su barca. Esta es la comida verdadera, pan sin levadura de hipocresía o imposición (de los fariseos o de Herodes: 8, 14-16), pan cuyo valor se ha expresado en las dos multiplicaciones.

Resurrección y eucaristía (14, 22-26).

Los dos signos anteriores encuentran su pleno sentido pascual en la escena que suele llamarse de institución de la eucaristía. Se trata, sin duda, de una escena con fondo histórico: parece que Jesús ha dejado a sus discípulos el signo pleno de su vida en el pan y vino bendecidos de la última cena. Pero aquí o queremos destacar ese nivel sino el nivel de pascua, es decir, de resurrección.

Y mientras comían, tomando el pan, bendiciendo, lo partió y se lo dio diciendo:
- Tomad, esto es mi cuerpo.
Y tomando el cáliz, dando gracias, se lo dio y bebieron todos y les ldijo:
- Esto es la sangre de mi alianza, derramada por muchos.
En verdad os digo: no beberé más del fruto de la vid
hasta el día aquel en que lo beba nuevo en el reino de Dios (Mc 14, 22-25).

La escena y palabras de la institución eucarística reciben todo su sentido desde el trasfondo de la resurrección de Jesús, reinterpretada, como aquí estamos haciendo, a partir de la experiencia histórica y pascual de las multiplicaciones, es decir, del pan compartido. Todo eso ha de entenderse a partir de la muerte real de Jesús, de su entrega en la cruz.

- Hay un plano de historia. Al final de su vida, en gesto que culmina su camino anterior, Jesús puede identificarse y se identifica con el pan y vino compartidos por la comunidad. La comida común, ese es su signo.
- Hay un plano de muerte. El gesto de la cena se recuerda como anticipo de la pasión de Jesús: él es pan vino entregado, derramado, por los hombres. Su muerte en cruz ratifica y verifica el gesto de su donación salvadora.
- Hay recuerdo y actualización de las multiplicaciones. El gesto de la última cena resulta incomprensible si lo separamos de los signos anteriores, del pan compartido con todos los hombres, en gesto de gozo, de solidaridad y comunión abierta a todos los humanos, judíos (doce cestos) y gentiles (siete cestos).
- Hay una anticipación del reino. Por eso, con la libación y ofrenda del vino, Jesús promete a los suyos que la próxima copa la tomarán en el reino de los cielos (14, 25).

En pan compartido es, según esto, una expresión privilegiada de pascua. Mejor dicho, es la experiencia de la pascua. Por eso es normal que Mc no haya podido narrar ninguna aparición concreta del Señor resucitado, pues una presencia real separada de la eucaristía (de las multiplicaciones a campo abierto y de la cena familiar de los discípulos) sería algo imperfecto, mentiroso.