Jueves, 19 de octubre de 2017
Alba de Tormes al día

Un cardenal de Macotera habla de Santa Teresa

Un sermón en la octava de santa Teresa en Alba de Tormes del cardenal Miguel García Cuesta

Retrato del cardenal Miguel García Cuesta

Ya lo había recordado en el 2015 dentro de las páginas del libro de fiestas de Macotera, agosto 2015 (pp. 38-57), porque no se suele aducir en su biografía un famoso sermón del todavía sacerdote Miguel García Cuesta, luego obispo de Jaca-Huesca (1848-1851) y cardenal arzobispo de Santiago de Compostela (1851-1873), y que pronunció siendo todavía rector del Seminario conciliar y catedrático de griego de la universidad de Salamanca.

Dicho sermón tuvo el honor de ser publicado a imprenta en un folleto, junto a otro de ánimas predicado en la capilla del cementerio de Salamanca (2.11.1842). Fueron dos sermones en el mismo año y apenas a distancia de un mes uno de otro. Esta rara pieza bibliográfica la hemos hallado en la biblioteca de los Carmelitas Descalzos de Salamanca. Nos interesa sobre todo el sermón teresiano por las implicaciones afectivas e históricas que tiene, junto con ser una muestra de oratoria sacra albense que nos ha llegado en su integridad, lo que ocurre muy pocas veces. Esta es la ficha bibliográfica:

“Panegírico de Santa Teresa de Jesús, predicado en la iglesia de las Carmelitas Descalzas de Alba, donde se venera su sagrado cuerpo, el día 16 de octubre de 1842, en presencia del Ilmo. Sr. Obispo de esta diócesis. Por el Dr. D. Miguel García Cuesta, rector del Seminario conciliar y catedrático de lengua griega de la Universidad de Salamanca”. Se publica a expensas de un devoto de la Santa con licencia del mismo Prelado.  Salamanca, Imprenta Nueva de D. Bernardo Martín, 1843, 29 p., 28 cm. 

Veamos las circunstancias históricas de este sermón para hacer una lectura correcta del mismo.

Ocasión y lugar del sermón teresiano

Tuvo lugar el sermón en la fecha del 16 de octubre de 1842, en Alba de Tormes, en medio de las fiestas teresianas. Aquel año el 16 de octubre era domingo después de la fiesta de santa Teresa, lo que en Alba se suele llamar desde tiempo inmemorial “Domingo de las mozas”, y era el día más frecuentado de todo el novenario con una afluencia inusual de gente de todo el contorno.

No es aventurado decir que en aquella ocasión la presencia macoterana fue especial con asistencia de familia, amigos y devotos del pueblo que no quisieron dejar solo a este hijo que comenzaba a descollar en la capital salmantina con luz propia. Recordar que habría también una presencia significativa de clero, pero no así de frailes carmelitas descalzos, que habían sido suprimidos en el 1836 y abandonado el convento albense, ahora en manos municipales y dedicado a otros usos. Sí estarían algunos carmelitas exclaustrados que hacían de capellanes de la iglesia del sepulcro teresiano y otros que estaban colocados de párrocos en pueblos vecinos.

El sermón, como era habitual, tuvo lugar en la mañana, seguramente dentro de la misa solemne del día que, como se dice en portada, se desarrolla en la iglesia de las Madres Carmelitas. Y además, podemos asegurar otro detalle de efecto visible no menos significativo, y es que fue pronunciado desde el famoso púlpito en madera, todavía existente, situado en la pared derecha del crucero de la iglesia, de forma que todos podían oír la palabra grave del predicador y, además, seguir con la vista todos aquellos efectos gestuales que conllevaba la oratoria sagrada antigua. No cabe duda, el sermón era el acto más importante de la fiesta del día. Y en aquella ocasión, además de tratarse de un personaje conocido y querido en Salamanca, Alba y Macotera, se trató –como se dice en casos parecidos- de “un sermón de campanillas”. 

Era obispo entonces de Salamanca y allí estaba presente por haber venido para el pontifical y procesión de la fiesta del día anterior, Don Agustín Lorenzo Varela, precisamente el que le promocionó dentro de la diócesis y llegaría a verlo todavía nombrado obispo un año antes de morir (1849).

Naturalmente, el orador hace referencia a la presencia de las monjas carmelitas que asisten desde el coro al sermón: “vosotras, hijas de Teresa, herederas de su espíritu, que buscáis la justicia y seguís al Señor… mirad a la roca de donde habéis sido cortadas para formar el templo vivo de Dios” (p. 25). Muchos de los oyentes no lo sabían, sí los macoteranos presentes, y es el detalle de que dentro de la clausura asistían emcionadas al sermón 4 monjas carmelitas paisanas del orador, naturales de Macotera, bien conocidas de él, porque una de ellas era prima carnal suya: Teresa de la Santísima Trinidad (Losada García); las otras eran Ana Rafaela del Corazón de María (Hernández Martín), Beatriz de la Purificación (Sánchez Blázquez), Ana María de la Presentación (Hernández Martín). Un caso excepcional en el monasterio: 4 religiosas originarias del mismo pueblo y de la misma edad, con la particularidad de que todas ellas, las cuatro, habían profesado en el mismo día: 31 de enero de 1826, circunstancia festiva aquella en la que no debió faltar el joven sacerdote Miguel García Cuesta. Precisamente nos ha llegado una carta de la prima al interesado en la que le agradece la limosna hecha a su madre presente en las fiestas de la Santa y el haberle enviado la edición del sermón de la octava del año anterior: “Esta se dirige para decirte el consuelo que tuve, hace ocho días, de ver a mi madre toda vestida de tu balandrán. Me dijo que les favorecías a todos… Me dijo muchas cosas de ti, que son para alabar a Dios… Eso, primo mio: amar mucho a los pobres. Si no puedes mucho, dales un pedazo del corazón. Dios, que premia las obras de misericordia, te lo pagará… También te agradezco la atención que tuviste en darme los días de mi Santa. Dios te lo pague” (4.11.1843). Podemos imaginar que el cardenal Cuesta ha mantenido siempre una especial relación con esta comunidad carmelita albense (razones familiares y de amistad, devoción teresiana), aunque no nos hayan llegado muchos testimonios de la misma.

Contenido y alcance del sermón teresiano

El texto que tenemos impreso a nuestra disposición, no lo olvidemos, proviene de la oratoria sagrada y se configura conforme a unas leyes y exigencias del género. Ya el título nos avisa de que se trata de un “panegírico”, no de un sermón u homilía litúrgica, y que, por lo tanto, tiene una propia autonomía como pieza oratoria.

El orador sigue escrupulosamente las reglas del género y sus partes, pero también lo hace con libertad y espíritu, demostrando que conoce la obra literaria y doctrinal teresianas y, además, con algunos aciertos que me parecen más evidentes, aunque también haciendo concesiones a la retórica para que en oídos del oyente esta palabra no sólo conmueva sino que hasta sirva de deleite. El motivo central del panegírico tiene su lema o punto de partida en una frase paulina de la carta a los Galatas 2, 20 (vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí), que ciertamente es un texto central de la mística teresiana, de lo que debería ser bien consciente el predicador. Ha dado con ella en el clavo. Y así hace un recorrido por toda la autobiografía teresiana, desde la infancia hasta la madurez, cuando emprende la obra reformadora, para demostrar precisamente que se ha movido siempre desde la experiencia del amor a Cristo. Cita e incluye abundantes pasos teresianos, como el de la conversión y el de la transverberación, demostrando que se mueve con soltura dentro de los escritos teresianos. El sacerdote García Cuesta seguramente leía de forma asidua a santa Teresa en la edición última que se hizo en el siglo XVIII (Madrid  1793) recibida de su tío sacerdote o de algún otro eclesiástico, porque será a partir de 1844 cuando comenzarán a resurgir de nuevo en España el interés y la edición de las obras teresianas, un fenómeno de recuperación espiritual al que él debió asistir con mucho interés y agrado.

Uno de los aspectos más originales del panegírico es la invitación a los seglares a entrar en el mismo espíritu de amor a la Iglesia de santa Teresa, y esto desde su vocación cristiana laical (pp. 26-27), sacando así a la mística teresiana de los estrechos círculos clericales y conventuales. Por eso les emplaza: “¿os contentaréis con una admiración estéril de la santidad prodigiosa de Teresa? ¡A! no, que éste sería un error funesto. Dios sucita de cuando en cuando estos personajes extraordinarios no para hacer un vano alarde de su omnipotencia, sino para despertarnos con el ruido de sus virtudes de nuestro sueño fatal y llamarnos a nuestro deber” (p. 26) .

Y por si alguno no se encuentra en las tareas propias a su vocación de bautizado seglar, todavía apostilla más: “Yo no digo que hayáis de ser fundadores ni escritores, y mucho menos que hayáis de subir a esta cátedra del Espíritu Santo: pero lo que os anuncio a nombre de la Religión, mes que todo cristiano por solo este título debe interesarse por la gloria de Jesucristo; debe trabajar cuanto su posición y sus talentos lo permitan en extender su reino, y nadie está excusado, dice un autor piadoso, de esta especia de celo de pura voluntad que en la imposibilidad de derramarse fuera, se manifiesta por la voz de las lágrimas, de las fervorosas súplicas dirigidas al cielo para obtener la conversión de los pecadores” (pp. 28-29).

El sermón – a juzgar por el texto editado- no debió ser excesivamente largo de acuerdo a las exigencias del género, sino más bien moderado en duración, calculamos en torno a una media hora. Y debió ser seguido con mucha atención, aunque sólo sea por trazar con detalle el itinerario vital y espiritual de Teresa, porque –recurriendo a su modestia- afrima expresamente al comienzo no querer hacer un elogio sino más bien un paseo por sus virtudes “en la pintura que voy a hacer de su corazón, sin omitir como no ha omitido ella al escribir su vida, sus pequeñas faltas, porque todo sirve para nuestra instrucción…” (p. 7).

Una devoción teresiana desde  la tierra de Alba

Aunque el texto había sido preparado escrupulosamente y con mucha información, el orado no puede por menos de recurrir a la vena sentimental de la devoción teresiana, teniendo en cuenta el auditorio que le escucha y las propias experiencias personales que había tenido desde su infancia peregrinando anualmente con su familia y pueblo natal a Alba de Tormes en las fiestas de octubre. Este sermón público y solemne fue para él como el reencuentro con una tradición viva que había aprendido desde niño y seguía vigente, y que el mismo ahora lo podía corroborar con su palabra autorizada. Por eso, todos los oyentes y, especialmente, los macoteranos, aquel día se sintieron implicados y emocionados con estas palabras finales del futuro cardenal: “Gran Santa, que segura ya de tu inmortalidad vives en la región de la paz y de la bienaventuranza, no olvides a tus hijos que gimen todavía en el lugar del destierro. Tú eres la Patrona, la natural Protectora de esta comarca y de esta Diócesis. El Señor ha dispuesto que tus sagradas reliquias, tu cuerpo, tu corazón reposasen en este templo para nuestra edificación y consuelo. Haz pues que penetre hasta lo más íntimo de nuestros corazones esa voz que hoy nos diriges a todos desde aquella sagrada urna en medio de su enérgico silencio” (p.29). Seguro que el asentimiento de todos fue general a esta invocación final del sacerdote predicador; y así se sintieron conmovidos y bien representados en las palabras  conclusivas de aquel paisano sacerdote que el futuro inmediato llamaría a tareas muy importantes dentro de la Iglesia española del siglo XIX.

Creo que merece la pena el analizar y valorar este sermón que a estas alturas tiene un doble valor: el de demostrar la devoción personal de cardenal García Cuesta hacia santa Teresa, como también el testimoniar la pervivencia de una tradición teresiana en la tierra de Alba desde la fecha de la beatificación de santa Teresa (1614) y en donde la villa de Macotera ya entonces y todavía hoy tiene una parte importante.