Miércoles, 26 de abril de 2017

Donde la ciudad termina

Definir los confines a veces resulta una tarea ímproba. Ocurre cuando lo que se define contiene significados difusos que vienen enmarcados, a su vez, por disciplinas que subrayan aspectos diferenciados. El derecho administrativo, por ejemplo, es muy tajante a la hora de establecer los contornos de un determinado sujeto sobre el que ejerce su jurisdicción, mientras que la sociología, por otra parte, al establecer relaciones más complejas, donde la subjetividad puede jugar un papel relevante, impide llevar a cabo categorizaciones estrictas. La ficción no contribuye a clarificar el embrollo y, en ese sentido, viene a mi memoria la novela del controvertido Michel Houellebecq El mapa y el territorio, donde las cosas que suceden a Jed Martin me enredan aún más. Una de las últimas películas del añorado Fernando Fernán Gómez, En la ciudad sin límites, plantea el dilema sin que su desarrollo parisino contribuya a esclarecer la confusión que me acucia.

 

Hace siglos, muchas ciudades tenían su perímetro perfectamente dibujado gracias a las murallas que marcaban con exactitud, y de forma conminatoria, su espacio. Cierto que ello no impedía que extramuros se construyeran poblados que, adosados a la ciudadela, terminaran configurando un continuo, algo que ya entonces contribuyó a plantear el problema de los límites. De hecho eso es sustancial con la naturaleza urbana, como hace años me contaba una amiga que, procedente de un medio rural andaluz, se había pasado toda la tarde de un domingo buscando llegar al campo, donde terminara Madrid. Una cuestión que, para alguien como yo que había vivido su infancia en un barrio que coloquialmente denominábamos “el término”, no tenía la mínima trascendencia. Cierto que ello aducía a que era el lugar donde concluían unas líneas de tranvías o, posiblemente, a que el cartel viario localizado en el Alto de la Carretera de Extremadura rezaba sin lugar a dudas: MADRID. Allí, tenía claro, comenzaba la ciudad, pero no era tan evidente que acabara.

 

Para ayudar a entender esa complicación, hoy se adjetivizan las ciudades y se dice del gran Buenos Aires, o se utiliza la jerga administrativa para referirse al área metropolitana, o la geografía para hablar del conurbano, o la sociología en clave de redes. La ciencia política incorpora los términos de distrito federal o de municipalidad. Todas tienen interés en circunscribir con precisión una determinada realidad que se califica como urbana, donde se incluye el viejo término de suburbio y el más reciente de urbanización. Mis pensamientos me enredan la visión que tengo desde un autobús lejos del centro en una mañana festiva transitando por calles vacías, preámbulos de carreteras que enlazan polígonos industriales desvencijados alternando con centros fabriles nuevos y suelo edificable para oficinas. Hay sucios bloques de pisos de diferentes alturas y edades de construcción. Gente que sube y baja. Son de raíz árabe y africana, alguno asiático. Mi oficio me lleva a pensar por la intención de su voto el domingo próximo. ¿Abstencionistas activos o pasivos? Ahí sé, entonces, que estoy donde la ciudad termina.